Autor: Castro Zafra, Antonio. 
 La nueva Iglesia. Entrevista al cardenal Tarancón, arzobispo de madrid. 
 "Perdemos número y ganamos calidad"     
 
 Arriba.    02/10/1977.  Páginas: 4. Párrafos: 44. 

la nueva IGLESIA

UN ser distinto y extraño, eso es *la nueva Iglesia* que comienza a existir

entre nosotros, fatigosamente.

Todo es diferente en ella, y hasta ios rasgos de! Dios que ahora nos ofrece han

perdido aquella tradicional dureza y severidad para esbozar un perfil bondadoso.

Los anatemas han sido bloqueados, las excomuniones retiradas del uso y una

especie de desarme cívico comienza a imponerse sobre la legión de sacerdotes,

religiosos, monjas y prelados que constituyen la antigua •milicia de Cristo». Ya

no hay *apartheid» religioso y todos los hombres son iguales.

La serie que comenzamos ahora—y cuyo prólogo fue ta entrevista a monseñor

Estepa— es una laboriosa expedición al centro mismo de esa nueva Iglesia en

España. Como en el caso de( eurocomunismo también es licito preguntarse aquí si

esa nueva Iglesia no es una estrategia, un puro montaje táctico y por lo mismo

provisional.

Nos proponemos abordar los líderes de esa nueva Iglesia durante varias semanas.

Y qué nuestros lectores juzguen su autenticidad.

Ha nacido una nueva sociedad

El cambio cultural de nuestra época ha producido un nuevo hombre

¿Quién tiene valor hoy para ponerse a hablar de patrimonio eclesiástico ?

Urge descifrar los nuevos signos de la comunicación

La conflrctividad entre la Iglesia y el Estado era cotidiana

Entrevisto al cardenal Tarancón, arzobispo de Madrid

PERDEMOS NUMERO Y GANAMOS CALIDAD

ES nuestra moneda fuerte en la bolsa internacional de valores religiosos: su

nombre aparece entre los seis primeros «papabili» que figuran en lista para

suceder a Pablo VI. Tiene fama de hombre valiente, y probablemente lo es: no se

explica de otro modo su presencia imperturbable en nuestras calles cuando

abundaban los gritos, las pancartas y tas pintadas —«¡Jaraneen, al paredón!»— y

el teléfono y el correo •tamborileaban insultos y amenazas de anónimos y

fanáticos. Pero por encima de todo él es un hombre creyente y piadoso.

Simbolizó la libertad de la Iglesia frente al Estado —él llegó a ser todos los

curas y todos los creyentes del país— y estimuló la naciente democracia. Se dice

que desafió al Vaticano, que proponía un juego político neutral en apariencia,

«a la italiana», porque mantuvo cuidadosamente al margen dé esa pugna electoral

los valores religiosos que simbolizaba. (Jamás había sucedido algo semejante en

España.) Hace más de treinta años que es obispo, y últimamente preside. —con

reelección—la Conferencia Episcopal, pero esta larga brega con clérigos y

poderosos no le ha hecho perder el sentido de las cosas: aun es ingenuo y

sencillo, y su conversación carece de recovecos. (Esto es un disparate a niveles

de autoridad, porque, efectivamente, no resulta difícil obtener del cardenal una

opinión sincera sobre cualquier tema, y ese juicio, a poco que se resuma,

adquiere todos los derechos a título llamativo de primera plana. En

consecuencia, las entrevistas sólo son autorizadas cuando remontan altas

barreras de ganatías.) El cardenal arzobispo de Madrid cree en los hombres.

—Pero sólo hablaremos del Sínodo de (os Obispos los recelos iniciales son

inevitables si «e tiene en cuenta que hace pocas semanas el cardenal padeció (as

tarascadas de sus propias declaraciones hechas 6 la buena de Oíos; pero se trata

de una defensa breve que es sustituida rápidamente por la cordialidad.)

—Parecía que el Sínodo de Jos Obispos, al ser creado por Pabló VI. era la

respuesta a Jas peticiones de tina Curia Romana menos poderosa: el Sínodo sería

el contrapeso al «apparat vaticano». Pero no ha sido asi. da modo que abundan

los juicios negativos sobre esta Asamblea de obispos.

—A ciertos niveles, tal vez. Pero soy testigo del Juerte impacto que produce eJ

Sínodo «obre los episcopados de todo «1 mundo. Hay que tener en cuenta que el

Sínodo no es un instrumento operativo —como la Caria Romana— y que su carácter

es consultivo if orientador. No puede tablar se, pues, de contrapeso. S Sínodo «

una consecuencia de la colegialidad —el Papa gobierna con los obispos— y una

manifestación y realización de eüa: trata de recoger la visión que tienen las

iglesias focales sobra diversos temas. Así es importante en cuanto que refleja

la opinión de la Iglesia universa] sobre wt asunto, este año la educación en Ja

fe. Pero, cuidado, soto es «Heaz» si sus conclusiones son recogidas *» un

documento pontificio o de la Curia; porque de otro modo sus opiniones podrían

quedar en ei aire. Aunque el intercambio de Impresiones y el debate durante un

mes del problema de tumo ya es una toma de conciencia eficaz, que los

representantes de todos los episcopados del mundo, allí presentes, transmiten

luego a Jos obispos de su país,

—¿Qué influencia han tenido en el episcopado- español los Sínodos anteriores?

—Por ejemplo, la Comisión de Justicia y Paz en España ha estado utilizando el

material ideológico que se obtuvo durante et «ultimo» Sínodo, de 1974, sobre la

evangelización. Documentos de esta Comisión que parecían respuestas a

situaciones específicamente nuestras no eran más que las consecuencias de un

presupuesto ideológico construido por tos padres sinodales del 74. El propio

Papa recogió parte de esas «leas en una encíclica Evangelil-nuntiandi»J, y como

quiera que los informes examinados entonces Coincidían en que los intelectuales.

Jos jóvenes y los obreros se desinteresaba) por te Iglesia, el Sínodo que

celebraremos ahora ha seleccionado -la educación en la fe» comotivo de estudio y

debate, sobre todo en cuanto afecta a los jóvenes.

{Una cosa es el proposito y otra la burocracia: te Comisión Episcopal da

Misiones de España aún TÍO na publicado documento alguno sobre el Sínodo del 74.

Parece que proyecta un documento teológlco-pastoral para presentarlo a Ja

Conferencia Episcopal, de modo que Jo rubriquen todos fes obispos. Pero todavía,

nada.)

—Hoy se habla abiertamente de una nueva cultura, una nueva civilización y

también de una nueva Iglesía. Como ha dicho Pablo M, «nuestro tiempo tiene

necesidad de reemprender ta construcción de la Iglesia casi como si comenzara de

nuevo, desde cero, a regenerarse.. El nuevo ´Sínodo, al plantearse el tema de

´•la educación en )a fe», ¿parte de estos presupuestos?

—Sí. La cultura transforma la sicología del hombre, de modo que el cambio

cultural de nuestra época ha producido un nuevo nombre, cuyas ansiedades e

ilusiones-, sus- interrogan tes y curiosidades, incluso sus exigencias vitales,

no son las mismas del hombre que entraba en la vida hace cincuenta años. Ha

nacido, pues, una nueva sociedad. Y resulta- que —verdades de fe aparte— nuestra

teología y nuestro aparato ¿de educación en la fe estaba diseñado y hecho a Ja

medida de un ser humano que dejó de existir hace cincuenta años, que ya no

vive.- En- consecuencia, hay que. cambiar,- rápidamente, te- formulación y el

razonamiento. Puede, pues, hablarse, en este sentido, de una >*nueva Iglesia* en

cuanto a su presentación y encuentro con el hombre de hoy. Ha nacido una nueva

cultura, y la Iglesia tiene que comenzar desde abafo» humildemente, a encararse

con. ella cambiando sus fórmulas de expresión.

—En nuestro país, ¿hasta qué punto se percibe la llegada de la nueva cultura,

cómo se presenta y cuál es la actitud de la Iglesia española ante ella?

• La educación en la fe ayudará a las creyentes a digerir los cambios

sociopolíticos de nuestro país

• Hacia un matrimonio cristiano sin presión social

• Pablo VI está derrotado físicamente por la artrosis

—La nueva cultura ha coincidido en España con una nueve situación política que

hace más visible aún la novedad. Ante el cambio política-social operado aquí nos

damos cuenta, palpablemente, que ni siquiera ios argumentos que empleábamos

antes son utilizables ahora. Por ejemplo, ¿quién tiene valor hoy de ponerse a

hablar de «patrimonio eclesiástico»? Incluso razones que eran válidas antes no

pueden ser aducidas ahora. Todo aquel paisaje de Iglesia-sociedad perfecta, de

«brazo espiritual y brazo temporal», está completamente desfasado: nada dice

hoy. Tenemos, pues, urgencia en descifrar los nuevos signo» de comunicación, y

para ello el Sínodo tiene una importancia extraordinaria, ya que nos va a abrir

perspectivas y vocabularios nuevos.

(Enciende un cigarrillo y oigo a mí izquierda Jos sucesivos chasquidos de las

fotografías que saca Antonio. El cardenal también ha oído, y se detiene.

Poco.después, precisamente cuando va a coger el cigarrilIo que puso en el

cenicero, comienzan otra vez los disparos de la máquina. El cardenal abre los

brazos con humor: «¡Hombre, por favor! Que sepa todo el mundo que fumo, no me

importa en absoluto. Pero es que en cuanto acerco la mano al cigarrillo comienza

usted a darle al disparador. ¡Va a parecer que me paso el día con un cigarrillo

en la baca!» Silencio y, de nuevo, «click». «click». "Reímos.)

—¿Está preparada la Iglesia para el desafío que le plantea la nueva cultura? La

Impresión más generalizada es negativa en este aspecto. Porque, de una parte,

aparece gobernada por un Papa anciano y enfermo, y de otra,, ella misma —la

Iglesia— se desliza contemporáneamente por niveles de ato nía. vita!.

—No creo que honestamente pueda hablarse de atonía vital en todo el cuerpo de la

Iglesia: su vitalidad se manifiesta incluso por los mismos conflictos que la

propia iglesia genera. Hay datos sobre zonas en la Iglesia de una vitalidad

poderosa, aunque no es menos cierto que en otras ha: disminuido notablemente ef

ritmo. Por ejemplo, y durante el último Sínodo, me sorprendieron dos áreas

geográficas por su alta potencia: Hispanoamérica y África. -En ¿I continente

suramericano !a iglesia vive . los problemas que le plantea la justicia social

con una Intensidad brutal; allí ha nacido toda una corriente de pensamiento

católico que se presenta ahora como la «teología de la revolución» y la

«teoiogí? d> la liberación». En África, la Iglesia está a punto de conseguir una

especia de purificación de culturas, con el evangelio como factor de renovación,

no sólo para ese continente, sino para (as Iglesias tradicionales y antiguas de

Europa.

—´¿Puede hablarse de vitalidad en e! caso da España?

—Verá. Durante fos últimos anos la conlictividad entre la iglesia y el Estado en

nuestro país era frecuente t cotidiana. Se trataba de un proceso do

liberalización muy penoso por las tradiciones, las costumbres y consecuentemente

las ingerencias que se empeñaban en mantener tí Estado sobre la Iglesia. Bien,

todo eso quedó atrás. Entonces, la paz de ahora no es justo que sea interpretada

como atonía y debilitamiento, sino corrió tiempo de «ordenación; los signos de

la vida no se Identifican exclusivamente con los signos de conflicto. Para que

tengan donde elegir, les ofrezco dos opiníones sobre la Iglesia española:

pesimista, porque perdemos números, y optimista, porque nuestros grupos

cristianos adquieren mayor sensibilidad. Naturalmente, me interesa el según* do

aspecto, el de la sensibilidad, más tfae el primero, el de los números.

—Sin embargo, (a Iglesia ha mima? do. literalmente, los números, y me parece que

España ha caminado al frente de ia procesión >fe! triunfalismo, también en lo

eclesiástico, por supuesto.

—En España, hasta ahora, no hemos tenido comunidad cristiana, sino nasa. Nuestro

catolicismo era masivo: así estaba concebida y estructurada la Iglesia en

nuestro pais. Las parroquias, por ejemplo, respondían a divisiones

territoriales. cuya función era llenar templos los domingos. Sólo cuando una

parroquia se llenaba pensábamos en orear otra. Pero en esas Iglesias llenas

hasta abarrotar nadie se conocía: aquella era una asamblea de extraños. Ahora

tratarnos de crear comunidades, es decir, asambleas de gentes que tienen

trabajos comunes o preocupaciones comunes. De modo que perdemos número, pero se

profundiza y gana calidad, hasta el punto de que hay que agradecer esa pérdida,

porque así podemos conocer y hablar a los que se quedan.

—La palabra «comunidad" es muy genérica hoy, incluso en ambientes creyentes. Se

habla de ´•comunidades cristianas, de base, etcétera»,

—Esas «comunidades* distintas de la parroquial han surgido para Henar el vacío

de una fafta de conocimiento y de comunión en las iglesias. Hay varias docenas

de días, y su misión es crear la comunidad, despertar vínculos y nacer madurar

en la fe. Todas estas «comunidades* —distintas de la comunidad parroquial— deben

ser catequistas, educar en ía fe, porque su trabajo está -en tune ion de

incorporar creyentes a la comunidad. Aunque algunas de días sean todavía

círculos cerrados, grupos exclusivos; espero que superarán ese ostracismo.

Lo que más sorprende del cardenal Tarancón es su vivacidad. Una mirada redonda y

atenta, directa y amplia, que pregunta más que responde, que busca en nosotros

el efecto de sus palabras y del cuidado y del cariño que pone BTI atendernos. No

hay aquí ni rastro de soberbia o rigidez, y se advierte que hasta una pregunta

Imbécil, si la hiciéramos, iba a ser recibida y contestada con la misma

sensibilidad que Jas otras. hay, en cambio, una atmósfera de servicio y ayuda

hasta el limite de 4o .funcional.)

—Por ejemplo, y a propósito de España, previsiblemente, ¿qué repercusiones puede

tener un Sínodo —corno el que se abre el próximo viernes— dedicado a (a

«educación en la fe»?

—Una educación en ta fe, esto es, una catcquesis adecuada, ayudará.a los

creyentes a digerir ios cambios

socio-políticos de nuestro país. Porque, evidentemente, el cambio social ´y

político de España ha repercutido y repercutirá en lo religioso. Hace falta,

pues, que nuestros cristianos maduren en la fe para asimilar el nuevo proceso.

Está claro el papel de una catcquesis en nuestro país: ayudar a encamar las

novedades socio-políticas que afectan a lo religioso, porque crean una auténtica

problemática cristiana.

Esto es nías importante de lo que parece a primera vista. Por ejemplo, una nueva

legislación sobre le matrimonio, en la que se incluyera el divorcio: el creyente

debe saber distinguir entre matrimonio civil y sacramento, y por supuesto debe

comprender que otros pueden recurrir al divorcio, algo que él —si ha recibido el

sacramento del ´matrimonio— tiene formalmente vetado.

—A propósito, estos días se han publicado unas normas muy severas sobre el

matrimonio. En adelante parece que casarse por la Iglesia va a ser más difícil

que casarse ahora por to civil.

—Lo único que pretenden esas normas es que los contrayentes se den cuenta de que

quieren casarse. Ss trata de que el matrimonio católico se .contraiga de manera

consciente y responsable, y no por presión social. Estas instrucciones las

extenderemos a otros sacramentos, y me parece que cada vez es más perceptible el

cambio que se produce en la Comunión: dos años de catecumenado convierten poco a

poco aquella antigua fiesta en un acto más transcendente y personal.

—Pero, curas aparte, ¿dispone el arzobispo de Madrid de gentes dispuestas para

esta tarea?

—Verá, hasta hace un par de años yo estaba persuadido de que la juventud se

alejaba de la Iglesia irreparablemente. Sueno, pues tengo que decirle que de

entonces acá he cambiado de opinión, porque cada vez son más numerosos los

grupos de jóvenes que se presentan en las parroquias para que les sean

encomendadas tareas responsables con su fe: los jóvenes tienen ansia de algo

nuevo, y esto no es, en modo alguno, un tópico. I Es verdad! Pudimos comprobarlo

durante la visita de Sos monjes- de Tahizé a Madrid. Como arzobispo de Madrid

quedé fuertemente impresionado durante una reciente asamblea con varios

centenares de jóvenes catequistas diocesanos, ante el interés con que exponían

sus experiencias y sus propósitos y proyectos; me pidieron incluso la creación

de una escuela diocesana que forme técnicos para ayudarles. Mire, esto no es

triunfalismo. Es algo distinto y nuevo.

(Varios círculos .invisibles protegen al cardenal ´arzobispo de ¡Madrid y

defienden su tiempo de trabajo y descanso contra la curiosidad impertinente, las

solicitudes inadecuadas y aún las entrevistas periodísticas: una media de veinte

peticiones semanales rechazadas sistemáticamente. Oe modo que, a unos ciertos

niveles y como sucede entre ios hombres revestidos de autoridad, el cardenal

está en manos de sus colaboradores íntimos a la hora de saber qué sucede

realmente fuera. Su personalidad remontó ya sobradamente el ojo del huracán de

las polémicas, que quedan atrás atacando ahora, sucesivamente, esos personajes

de la penumbra que son sus colaboradores.)

—De un tiempo a esta parte sólo se alude al Papa a propósito de la dimisión o la

enfermedad, para barajar luego nombres de sucesores. ¿Va a dimitir Pablo VI?

¿Hubo fiestas de jubileo por ios ochenta años que cumplió el 26 el Papa?

—No hubo fiestas de jubileo por los ochenta, aunque las hubo cuando Pío XII y

Juan XXIII. Pero hoy ochenta años no inspiran ya aquella «venerable»

respetabilidad antigua; al contrario, estimulan las invitaciones al retiro de

una forma apremiante. Nosotros tampoco hemos querido organizar aquí nada, en

Madrid. Prefiero que pase tranquila esta fecha: no me hubiera extrañado —de

tener que organizar algún acto— que la gente, en vez de gritar «¡Viva el Papa!»,

dijese «Dimite». Porque todo está muy cambiado

es otro mundo, y dejémonos de nostalgias.

—Pero la pregunta sigue en pie. ¿Dimite Pablo VI? Por Jo pronto, el cardenal

arzobispo de Madrid, que acaba de cumplir los setenta años, ya puede hacerse una

Idea exacta del panorama: a la vuelta de cinco años tendrá que dimitir como

arzobispo, y para 1987 le estará prohibido participar en cónclaves para elegir

un Papa. Esto, a pesar de que represente diez años menos de los que tiene. Sin

embargo, i¿debe dimitir e! autor de esas leyes de topes de edad para obispos,

arzobispos y cardenales, e! Papa Montini?

—Pablo VI tiene la cabeza muy bien, pero está derrotado físicamente por al

artrosis, y esto influye sicológicamente sobre él, estimulando su mentalidad de

anciano. Tomar decisiones graves a los ochenta artos y con esa ´mentalidad

cuesta mucho, quizá demasiado. Son abuelos, que se guían sobre todo por razones

afectivas y por el miedo a herir si hacen esto, o a que pase aquello si hacen lo

otro. Es muy difícil —quiero repetirlo— tomar decisiones importantes a los

ochenta años. Además, el Papa tiene una cabeza prodigiosamente lúcida: he estado

recientemente con él sentado a una mesa y con otro par de colaboradores durante

dos horas examinando cuestiones complicadas. Pues bien, no ha dado la menor

muestra de cansancio, y, sobre todo, hacía unas síntesis maestras de lo que allí

se decía; su capacidad de síntesis es asombrosa. Pero, sobre todo, su cargo es

excepcional y único: ¿debe entonces someterse a la ley general que decretó para

el resto de los cargos eclesiásticos? A mi juicio, el cargo de Papa no tendría

que estar incluido en esa ley. Por último, creo que es más difícil elegir un

Papa cuando se tienen ochenta años, que ser Papa con esa edad. Me explicaré:

continuar una obra empezada cuando se era más joven y ya marcha al llegar a los

ochenta años es más sencillo que captar qué clase de personalidad necesita la

Iglesia futura para ser gobernada cuando se tienen ochenta años a la hora de

rellenar la papeleta del voto. Lo voy a repetir otra vez: es muy difícil adoptar

decisiones importantes cuando se han cumplido los ochenta años.

Antonio CASTRO ZAFRA

 

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