Autor: Unciti, Manuel de. 
 Revolución en la vida económica de la Iglesia (y IV). 
 La nómina mensual de los sacerdotes será la del salario mínimo     
 
 Ya.    17/11/1977.  Página: 20. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

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INFORMACIÓN RELIGIOSA

17-XI-77

Revolución en la vida económica de la Iglesia (y IV)

La nómina mensual de los sacerdotes será la del salarlo mínimo

En la actualidad, la Iglesia deEspaña cuenta con 25.800 sacerdotes diocesanos,

vinculados por una promesa de obediencia al ministerio que les asignen sus

respectivos obispos. No todos estol sacerdotes, sin embargo, trabajan en sus

diócesis de origen o en otras del país. .Unos mil trescientos están desplazados

para atender a otros ministerios de ámbito nacional o a otros trabajos

apostólicos no vinculados necesariamente a la autoridad diocesana. El nuevo

ordenamiento de la vida económica de la Iglesia ha de atender a la totalidad de

los sacerdotes diocesanos. A todos ha de garantizar el salarlo mínimo

interprofesional de 15.400 pesetas mensuales más dos extraordinarias de igual

cuantía. Para los sacerdofes entregados a un trabajo supradiocesano o ex-

tradiocesano, los obispos deberán arbitrar los modos prácticos de asegurarles un

tratamiento económico igual al percibido por los sacerdotes que trabajan en sus

diócesis, siempre y sólo en la hipótesis de que su actual ocupación no les

procure ese mínimo de ingresos. Piénsese, por ejemplo, en los consiliarios

nacionales de los movimientos apostólicos reglares *o en los que trabajan en los

distintos departamentos y secretariados de la Conferencia -Episcopal Española.

La nueva libertad que recupera la Iglesia española en materia

económica, al recibir del Estado la subvención anual en forma globallzada¡ va a

facilitar de raíz esta mínima justicia. Ayer no era posible y el actual director

general de Asuntos Eclesiásticos lo entendió al poco de ocupar su cargo. A su

gestión ge debe, en parte muy más que notable, el cumplimiento de la vieja

aspiración de la Iglesia española de disponer, según sus propios criterios

pastorales, del montante total de la subvención dada por el Estado.

DESEQUILIBRIOS INSOSTENIBLES

Porque lia situación anterior resultaba desfasada a todas luces y era fuente de

tremendas complicaciones. El presupuesto del Estado, en las especificaciones del

Ministerio de Justicia, contemplaba ta existencia de 36.696 piezas

eclesiásticas, es decir, puestos ministeriales ocupados por sacerdotes, bien

como párrocos y coadjutores, bien como canónigos, beneficiados de catedrales y

colegiatas, capellanes de cía-pillas reales capellanes de monasterios... En la

Iglesia española no exilian tantos sacerdotes diocesanos; pero el presupuesto se

atenía a datos muy antiguos y no había propósito alguno de reformarlo. Así

dichas las cosas, parece como si aprimera vista esta situación presupuestaria

resultara beneficiosa para la Iglesia: recibía más sueldos por piezas que los

requeridos para pagar a sus sacerdotes. La realidad era muy otra. Esta situación

favorecía, y mucho, a aquellas antiguas diócesis, que por razones diversas—a

comenzar por la razón de las emigraciones:—contaban oficialmente con muchas

"piezas eclesiásticias" asistidas ministerialmente por Ios sacerdotes asignados

a otras parroquias. Viejas diócesis con un número muy alto de parroquias, pero

con pueblos venidos a menos, prácticamente reducidos a unas cuantías familias

con miembros muy ancianos y sin mayor previsión de un futuro optimista. Estas

parroquias no podían contar ya con un sacerdote propio, exclusivo para su

servicio, sino que tenían que conformarse con la asistencia ministerial de algún

sacerdote de una parroquia de! mismo valle o de algún lugar más o menos cercano.

El presupuesto del Estado seguía "pagando" por estas parroquias que no tenían ya

sacerdote de -manera estable. Las diócesis recibían esos fondos en su

integridad. Acrecentaban con ellos la nómina de los sacerdotes que cuidaban de

dos, o de tresj o de siete parroquias a un mismo tiempo y destinaban el resto de

esas nóminas a otros menesteres y atenciones apostólicos.

Había sei diócesis que percibían has*» treinto y uno, veintiocho o veintitrés

millones de más que los necesarios para pagar las plenas eclesiásticas al

cubierto.

Pero ésta es sólo una de la* caras de la moneda. Otras diócesis, y de las más

importantes en cuanto a BU demografía, habían venido multiplicando el número de

sus parroquias para poder prestar los servicios necesarios a una población en

aumento y a unos barrios que parecía no van a tener límite;. .Muchísimos de

estos nuevos puestos de trabajo apostólico quedaban sin entrar un el

presupuesto. Y lo mismo ocurría con los cargos diocesanos, con los puestos

apostólicos no parroquiales... El desequilibrio era total, sin duda; y más

cuando, en los últimos años pasados, las autoridades respon-´ sables comenzaron

a distinguir entre diócesis adictas al poder y otrae menos disciplinadas a las

instancias gubernamentales. Las primeras, naturalmente, podían alcanzar los

favores de la Administración pública; las segundas veían rechazados todos sus

proyectos de puesta al día...

Sólo por dar solución a este lamentable estado de cosas, ha de eer más que bien

recibida la decisión de entregar a la Iglesia la subvención estatal de manera

globalizada. Lo sentirán, ciertamente, las diócesis que hasta hoy han salido

favorecid-is; pero la conciencia de solidaridad y fraternidad ha hecho ei

"milagro" de saber desprenderse de su condición favorecida en beneficio de las

diócesis con mayores urgencias. El Episcopado español, unánimemente, ha aceptado

el nuevo ordenamiento de la vida económica de la Iglesia. Es un gesto muy a

tener en cuenta. En la próxima asamblea plenaria se refrendará esta postura, sin

duda, alguna, «. juzgar por la comprensión y generosidad con que ha acogido los

estudios preliminares al respecto. Frente a la psicosis de "reino de taifas" de

ayer, condicionada por e] presupuesto, l?a nueva psicología de comunicación de,

bienes, posibilitada por la entrega global de la subvención.

Esta entrega globalizada no resuelve, como es fácil de entender, todos los

problemas del ordenamiento de la vida económica de la Iglesia. Queda, por

ejemplo, "el grueso problema de ]a atención a las no menos de doce mil personas

que, padres o hermanas, conviven con los sacerdotes. Queda el problema de una

más justa distribución de ciertos ingresos económicos, como pueden ser los

procurados por las visitas turísticas a las catedrales dé España. En la

actualidad, una buena parte de estos ingresos viene, a redondear la nómina de

los canónigos y de los beneficiados, cuando lo puesto en razón sería que

sirviera totalmente a la caja diocesana de compensación. No se ve con qué título

puede una mínima parte del clero —unos mil cuatrocientos sacerdotes—reclamar

para sí una fuerte porción de esos ingresos. La catedral es de la diócesis, no

del clero que la sirve. También habrá que ir .poniendo orden en el patrimonio de

las diócesis. No sería demasiado aventurado decir que ni siquiera se sabe a

ciencia cierta el total de este patrimonio diocesano y mucho menos aún el

afirmar que su explotación es rudimentaria y anacrónica bajo muchos aspectos...

Pero todo se andará. Y se andará ton el mejor buen espíritu. No faltarán voces

contrarias a todo este nuevo ordenamiento. En él interior de la Iglesia se

levantarán las voces de quienes Intenten aferrarse a situaciones históricas de

prepotencia clerical y de beneficios económicos. -En la vida social, el grito de

los que, sin confesarlo, desean una Iglesia sometida al Gobierno. Para estos

tales, • la entrega gobalizada anual de la subvención del Estado a la Iglesia

deja a ésta, en excesiva libertad y le hace perder conciencia de su sometimiento

económico al Estado. Otros, restauradores de viejos antirlericalismos, querrán

ganarse puntos ante las masas y clamarán, tal vez, contra toda subvención. Dirán

i)iie la Iglesia ha de arreglárselas como pueda. "El que quiera curas, que se

los pague", dirán, sin advertir que el Estado ha de hacer posibles los derechos

de los ciudadanos—y nía* cuando son mayoría «n un país—y que la Iglesia de

España pese a no ser una Iglesia con grandes posibilidades, está "ahorrando" a

la comunidad nacional, con sus hospicios, asilos, escuelas, colegios, seminarios

menores, etc.. muchísimos más millones que los que recibe en moneda ~ sonante y

constante. Porque lo que ahora va a recibir—no hay que perderlo de vista—no es

E´ Dorado: Es tan sólo el 0,05 por, 100 del presupuesto nacional del próximo

año. Con ello, la Iglesia podrá hacer poco más que sostener n los sacerdotes de

los católicos españoles en el nivel económico del, salario mínimo

Interprofesional. Ser cura en España e pertenecer con todo derecho, desde el

punto de vista económico, al más humilde proletariado.

Manuel DE ÜNCIT1

 

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