Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   El poso de la nada     
 
 Ya.    04/06/1982.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

LA QUINTA COLUMNA

El poso de la nada

CUANDO mucha literatura artificial de la transición se acumule en los vertederos que osaron disfrazarse

de jardines, los libros de José Luis Castillo-Puche salvarán nuestra memoria alucinada. Es un yeclano

genial, síntesis imposible de Azorín y Gabriel Miró, profeta intemporal desde aquel altiplano - Yecla y

Jumilla- que rezuma e impone la síntesis; es, sobre todo, un hombre tan cabal como su estilo, espejo de

lealtades creadoras. Guardo en mi archivo las cartas del hombre de Yecla como mi abuelo custodiaba en

el suyo las del hombre de Monóvar. Y me permito emprestarle para, mi descripción política de hoy -un

talud más en el despeñamiento irreversible de la UCD- los títulos sucesivos de su trilogía. Primero,

para los golpes de mano de 1977, El libro de las visiones y las apariciones. Segundo, para la emboscada

de 1980, ahora en su reedición. El amargo sabor de la retama. Tercero, para la primera reunión del Gran

Consejo en la tarde del miércoles, el libro que José Luís presentaba a la vez: Conocerás el poso de la

nada. Porque para la segunda sesión, que se retrasa desesperadamente en la Moncloa, ya no podre utilizar,

ni como metáfora irreverente, un titulo de Castillo Puche y tendré que acudir a un novelista inferior:

Truman Capote.

El poso de la nada. Esto fue la nueva sesión funeral del Centro tras el desastre andaluz. A la misma hora

se reunían en plana mayor los socialistas sin ceder ni por un momento al impulso de dedicar sus brindis al

sol; emplearon juiciosamente su tiempo en discutir los problemas de la España real, no en remirarse el

ombligo. Marcada ya su posición, que confirmo decisivamente el veredicto popular, Manuel Fraga

Iribarne navega ya en la singladura siguiente. Con el mismo reflejo morboso y cansino de los centristas,

los comunistas se obstinan en la ficción y redoblan su ofensiva preterconstitucional contra los dirigentes

de Televisión Española; con lo que lograrán que nos pongamos a investigar de una vez sobre las

manipulaciones, los entresijos y los cortocircuitos de los comunistas, reducidos a un insignificante

porcentaje de representación popular; en la mecánica de Televisión Española, donde conviene detectar,

incluso por vía parlamentaria, la situación y actividades de su acreditada base de submarinos. Jamás se ha

desbordado tanto cinismo durante la historia, tantas veces cínica, de la transición española.

Termina el Vicario de Cristo, hacedor de Historia, su heroico viaje de reconciliación a las tierras

británicas. Con decisión tardía y menor, pero encomiable, el Gobierno sitúa en Buenos Aires a un

subsecretario mientras la prensa ducal le acusa de doblegarse servilmente a las presiones anglosajonas. La

Justicia desautoriza a una Junta Electoral Central cuya metástasis partidista, encubierta por ropajes

académicos, convendrá desenmascarar ahora; y se reanuda fuera del tiempo, pero dentro del futuro, el

descabezado ballet del gusanito rojo y la manzana de la moderación. Pero volvamos al poso de la nada.

Descartó el Gran Consejo centrista la advertencia de Casona: prohibido suicidarse en primavera. Surcaron

la reunión, en el peristilo interior de la Moncloa, las ráfagas del miedo. Una jubilación en masa se cierne,

por segunda vez, sobre toda una clase política entrampada en una combinación de intereses que ya no

vale ni como red de circo. Leopoldo Calvo-Sotelo pretende llegar, a tirones, al primero de julio. Por

primera vez amenaza con marcharse, sin recordar que, según dictamina sin excepciones la historia de

España en el siglo XX, cuando un dirigente hace eso es que ya se ha ido. Ni en el cónclave ni en los

conciliábulos previos se apuntó una sola solución, un solo camino. Todo fue una vorágine de

preocupaciones personales. La doble escisión -el suarismo, los moderados- ya está en marcha, con los

liberales en la cuneta, sin sentido. Cunden a la vez los últimos navajeos; unos valencianos contra Suárez,

otros contra Mayor; los alicantinos, contra Gámir; los extremeños intercambian salvas envenenadas con el

propio Presidente. Esto se va. Mientras Marcelino Oreja salva, en solitario, el honor de la nación contra

las declaraciones traicioneras -no hay otra palabra- del presidente vasco; avanza agonizante la LOAPA

y esperamos, sentados en el poso de la nada, las reacciones a la sentencia del Consejo Supremo de

Justicia Militar.

Ricardo DE LA CIERVA

 

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