Argucias vaticanas     
 
 Diario 16.    15/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Argucias vaticanas

Las conversaciones entre la Iglesia y el Estado español encaminadas a la

actualización del triunfalista Concordato de 1953 están, una vez más, en el

atolladero. La famosa "recta final" de la que hace más de cuatro años hablaron

dos negociadores tan comparables como el opusdeístico López Rodó, entonces

ministro de Asuntos Exteriores, y el astuto monseñor Casaroli está siendo

recorrida a paso de tortuga, si no al estilo del cangrejo, pues la meta parece

cada vez más lejana.

La Iglesia posconciliar y dialogante, que parecía haber comprendido tan bien la

lucha del pueblo español por su libertad y los esfuerzos para consolidar un

régimen democrático, ha endurecido repentinamente su posición aferrándose a su

situación secular de privilegio. Y al Hablar de Iglesia conviene aclarar que las

dificultades provienen no tanto de ios obispos. españoles, entre los que sólo

queda un puñado de nostálgicos del nacional-catoli-cismo, como de la retorcida

diplomacia vaticana que no se decide a prescindir ni de la tentación

constantiniana del poder temporal ni de las prácticas maquiavélicas que la han

conformado.

El mismo hecho de las negociaciones puede prestarse a equívocos. Dialogar

siempre es bueno, y para el Estado dialogar con la Iglesia española, que

representa una innegable fuerza espiritual y social de nuestra sociedad, es,

además, conveniente. Algo muy distinto hay que decir del Vaticano, que ni es una

potencia política convencional ni puede arrogarse ninguna representación de

nuestro pueblo. Sólo una discutible tradición, que convendría someter a

revisión, justifica qué temas que no pertenecen- al ámbito estricto de las

relaciones internacionales, sino que inciden en la vida diaria de los españoles,

se discutan y decidan con el mismo método que los problemas clásicos de la

política exterior. El solemne concepto de soberanía está muy erosionado, pero,

por el contrario, vivirnos una época en que se subraya la autonomía y las

posibilidades de autogobierno de todos los pueblos, Y no puede aceptarse que

cuestiones como la enseñanza, el matrimonio y tantas otras se diriman con las

fórmulas de la diplomacia secreta. Ni la moral ni el dogma puede servir como

pretextos para encubrir inveteradas posiciones de poder ni para escamotear a los

legítimos representantes de los españoles el tratamiento de sus propios asuntos.

A estas alturas nadie puede dudar de la superación del principió de la

confesionalidad del Estado ni de la teoría concordataria. Para que la Iglesia

cumpla su misión no necesita ningún privilegio. Sobran concordatos, acuerdos y

demás instrumentos de poder y basta con el sometimiento de la Iglesia a la

legislación común. No se trata, por supuesto, de mantener un añejo

anticlericalismo "comecuras", pero tampoco de perpetuar ningún tipo de

clericalismo disfrazado. Ya es hora de que el Vaticano demuestre con hechos que

se toma en serio el planteamiento evangélico y pastoral de su misión. El hecho

de qus- en este momento hombres de ideología democristiana ocupen aquí puestos

destacados´no puede justificar que se desaten, una vez más, las ambiciones

temporalistas de la´Curia.

Resulta, además, muy significativo que, según todos los indicios, sea el tema

del matrimonio y divorcio uno de los obstáculos que han provocado el presente

"impasse". Cuando parecía que la Iglesia había aceptado la necesidad de una

regulación civil y autónoma del derecho de familia, algún monseñor de la Curia

ha querido sacarse la espina del fracaso del referéndum italiano sobre el

divorcio, haciendo a los españoles pagar el pato. Los monseñores parecen

decididos a tropezar otra vez en la .misma piedra convirtiendo, de paso, a

nuestro país en el último reducto de esa indisolubilidad matrimonial tan

testarudamente mantenida. A esos resultados conduciría esa peregrina teoría

aderezada, claro está, con abundantes formalismos canónicos, según la cual el

Estado sólo podría disolver los matrimonios civiles.

A estos nuevos cultivadores del bizantinismo no les interesa entender que

durante cuarenta años contraer matrimonio canónico era, aquí, la única

alternativa viable para quienes no se prestaban a la humillación o la

marginación social. Para poco serviría el divorcio, si no sirve, en primer

lugar, para resolver las situaciones anómalas acumuladas en estos años y que

afectan a unos dos millones de españoles.

El pueblo español ha recobrado su soberanía y ningún patemalismo de sacristía va

a imponerle los criterios para organizar su vida. Venga en buena hora cualquier

magisterio moral o de ejcmplaridad, pero siempre que no caiga en el fariseísmo

de imponer las normas éticas con la coacción legal o política.

 

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