Autor: Castro Zafra, Antonio. 
 La nueva Iglesia. Entrevista con el Padre Arrupe. Prepósito general de la Compañía de Jesús. 
 El religioso ya no es un extranjero ni un forastero     
 
 Ya.    20/11/1977.  Páginas: 5. Párrafos: 68. 

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la nueva IGLESIA

UN ser distinto y extraño, eso es "la nueva Iglesia* que comienza existir entre

nosotros, fatigosametne. Todo es diferente en ella, y hasta los rasgos del Dios

que ahora nos ofrece han perdido aquella tradicional dureza y severidad para

esbozar un per fil bondadoso. Los anatemas han sido bloqueados, las excomuniones

retiradas del uso y una espede de desarme cívico comienza a Imponerse sobre la

legión de sacerdotes, religiosos, monjas y prelados, que constituyen la antigua

«milicia de Cristo*. Ya no hay «apartheld» religioso y todos los hombres son

iguales.

Esta serie es una laboriosa expedición al centro mismo de esa nueva Iglesia en

España. Como en el caso del eurocomunismo, también es lícito preguntarse aquí si

esa nueva Iglesia no es una estrategia, un puro montaje táctico y por lo mismo

provisional.

Nos proponemos abordar a ios líderes de esa nueva iglesia durante varias

semanas. V que nuestros lectores juzguen su autenticidad.

ENTREVISTA CON EL PADRE ARRUPE PREPÓSITO GENERAL DE LA COMPAÑÍA DE JESUS

Este es el Gran Capitán de aquellas legendarias legiones reclutadas por Ignacio

de Loyola, AMDG, para mayor gloria de Dios: al servio de la Iglesia y del Papa.

No hay un muro que proteja ni un arma que defienda comparable a la custodia y

protección que ellos despliegan en tomo al Papa. Confiesan tradíctonalmente a

los Pontífices y dirigen sus ejercicios espirituales, redactan la mayoría de sus

encíclicas y asesoran técnicamente sus decisiones más importantes: todo Papa

sabe que dispone siempre de un lesuita experto en cualquier tema y en cualquier

momento. Tal vez por esto sea Imposible encontrar una orden religiosa más

atacada y más calumniada—«jesuítico» llegó a pasar a

¡os diccionarios de la lengua castellana como sinónimo de hipócrita—, pero

ninguna la aventaja en fidelidad al Papa: ellos son los «kamikaze». los «boinas

verdes», los «cascos de cuero»

del sucesor de Pedro. Están en todas partes, pero gracias a la visión profetice

de su líder, que decreta cada siglo una «nueva orientación, desembarcan en las

tierras vírgenes del apostolado una

generación antes: primero fue la defensa de la ortodoxia; luego, la penetración

misionero; más tarde se les ordenaba conquistar fas ciencias, y ahora, el

«cambio de mentalidad» ordena solidaridadreal con los pobres. Y éste es su

líder, Pedro Arrope, setenta años.

EL RELIGIOSO YA NO NI UN FORASTERO

ES UN EXTRAÑO EN LA DIÓCESIS

ENTREVISTA CON EL PADRE ARRUPE

EL CRISTIANO DEBE COLABORAR HONRADAMENTE Y AL DESCUBIERTO CON EL MARXISMO CUANDO

LO EXUA EL BIEN COMÚN

• LIQUIDACIÓN DEL «GlBRALTAR> DÉLOS CONVENTOS PARA LOS OBISPOS

• TRATAMOS DE COLABORAR EN TODA LA LINEA CON LOS OBISPOS ESPAÑOLES

• PROCEDEMOS DE LA CLASE MEDIA, PERO VAMOS

IMPARABLEMENTE HAGA LA CLASE POBRE

¿QUE OPINA USTED DE LOS JESUÍTAS QUE SE AFINCARON HACE AÑOS ENTRE LOS POBRES Y

SUS CHABOLAS?

• BUSCAMOS NUEVAS FORMAS DE COLABORACIÓN CON LOS POBRES Y CON LOS OBREROS EN

ESPAÑA

• ES IMPOSIBLE QUE PROMOCIONEMOS LA JUSTICIA SI NOS ¡DENTIFICAMOS CON LOS RICOS

• TRAEMOS UNA SOLIDARIDAD EFECTIVA Y CORPORATIVA CON LOS POBRES

EL temo que abordamos en primer lugar es radicalmente nuevo y

revolucionario en las relaciones religiosos obispos. Hasta ahora y desde siempre

en la historia de la Iglesia, los conventos y las casas; religiosas permanecían

al margen de la soberanía episcopal; eran una especie de gibraltares» en cada

diócesis. La norma era que el obispo mandaba en todos —clero diocesano,

canónigos, feligreses— menos en los frailes v las monias sometidos

exclusivamente a las órdenes de sus superiores. Semejante autonomía contaba con

una largo y dura historia de defensa hasta la muerte de la inmunidad del

religioso ante el obispo. Pues bien, he aquí que de repente los religiosos

deponen su actitud, se hacen cargo de las parroquias, cooperan con el clero

diocesano en los planes de trábalo que preparan . los obispos; son. en

definitiva, un hombro más que se arrima y ayuda allí donde diga el obispo.

—Todo esto no ha sucedido así, de repente. La experiencia viene de atrás, y si

hubiese que señalar una fecha para el «cambio de mentalidad» sería preciso

situarla en el Vaticano II. Allí fue abordado el tema en todas sus perspectivas,

y el nuevo talante de cooperación que ya existía, aunque no se hubiese

generalizado— aparece reflelado en varios documentos deí Concilio. Bajo la luz

del Vaticano II, el religioso es contemplado como alguien que toma parte en el

cuidado de las almas y en la realización de las obras de apostolado balo la

autoridad de los obispos.

—Hay, por lo mismo, un sftio, un espacio, en la diócesis para el religioso.

—Siempre lo hubo para su misión .específica. Ahora se sitúa normalmente el nuevo

puesto para e! religioso, que ya no es ni extraño ni forastero al trabajo de la

diócesis. Antes, para el obispo, eran casi una especie de «ciudadanos Inútiles

de la patria terrestre»,

—¿Se va entonces hacia una unificación, una identificación religioso - sacerdote

diocesano? ¿Pierde sentido la vocación típicamente religiosa en función de un

mayor servicio a las diócesis?

—Absolutamente, no. El religioso responde a una vocación concreta y específica

para vivir con más profundidad y radicalidad el Evangelio. Sin embargo, la

identidad particular del religioso no debe ser definida ni primaria ni

principalmente en términos de «funciones». Los religiosos no son religiosos

simplemente por aquello que hacen, aunque este elemento tenga importancia. Ni

tampoco pueden ser definidos satisfactoriamente como gentes que circulan en un

plano más elevado de perfección. La vida religiosa está fundamentada sobre el

ejemplo y la palabra del ´Señor, como recuerda el Vaticano II. Y es, por lo

tanto, una forma particular de vivir la fe con un estilo permanente y dinámico.

En resumen, el religioso vive una cmetanofa» en el sentido más profundo, esto

es, una disponibilidad libre y total para seguir a Cristo, para arriesgar todo

por El. Quiero concretarlo más aún: la vida religiosa es un SI a la invitación

del Maestro que siente el cristiano en lo más profundo de su existencia.

—Por lo que usted dice parece que hay que situar ahí la clave de la vida

religiosa, en una interioridad y no en una proyección apostólica.

—Para un religioso, la actividad pastoral no constituye su primera razón de ser.

Su primera razón de ser se apoya sobre una opción de fe: la fe es el centro

mismo de toda su posición y de toda su actividad. Lo vida religioso Integra

plegaria y acción en una unidad orgánica y vital, como expresión existencia) del

gran mandato del Señor, y alcanza por lo mismo, simultáneamente, a Dios y ai

prójimo. Es ahí, «n el empeño por vivir esta experiencia de fe y por conseguir

la perfección de la caridad, donde reside esencialmente la contribución

específica que dan a la Iglesia los religiosos.

—La inserción del religioso en las obras apostólicas que dirige el obispo,

¿responde entonces a una lógica, a un desarrollo del concepto de vida religiosa?

—Evidentemente. Este espíritu religioso de fe que se expresa en el amor, si bien

está proyectado sobre el Pueblo de Dios en su conjunto, se concreta y especifica

en el interior de las iglesias locales, de las diócesis. El Vaticano II ha

recordado a este propósito cómo en la Iglesia particular —guiada por su obispo

al que ayuda el presbiterio— está verdaderamente presente y operante la iglesia

una, santa, católica y apostólica.

—No acabo de ver, sin embargo, la distinción entre religioso y sacerdote, en el

plano diocesano ae trabajo.

—El religioso tiene una característica distinta, específica. Ei es testimonio de

la fe en el sentido que unifica su actividad y su servicio apostólico. Lleva el

Evangelio para que exista en medio del mundo: consecuentemente, su actividad

pastorial no constituye su primera razón de ser, aunque está vitalmente unida a

su existencia. Pero, además, en cuanto que pertenece a un Instituto —que él

representa allí, «in loco»— en su proyección típica, y ese Instituto rebasa los

límites de lo iglesia local, tiene también una responsabilidad universal. Se lo

explicaré de otra forma: los religiosos tienen una responsabilidad directa e

Inmediata sobre la iglesia local en ¡a que trabajan, pero están envueltos al

mismo tiempo en la responsabilidad de plantar la Iglesia universal.

—¿Hasta qué punto colaboran (os jesuítas con los obispos en los diócesis en que

tienen casas?

—Hasta donde les es materialmente posible. Naturalmente, cada uno tiene misiones

específicas como religioso. Pero nuestra voluntad de colaboración es

absolutamente clara y concreta.

—Por ejemplo, España. ¿Está usted satisfecho de la colaboración jesuitas-obispos

en nuestro país?

—Sí. Estamos tratando de cola borar en toda la línea viendo dónde están las

mayores necesidades para servir allí. Honradamente, creo que se hace cuanto es

posible, y debo decirle que estoy muy satisfecho de esa colaboración. En España

estamos buscando, además, nuevas formas de colaboración con los pobres, con los

obreros. Recuerdo las escuelas profesionales, los centros teológicos que tratan

de irradiar, como los de Comillas y Layóla, una proyección que no es

discriminada y clerical exclusivamente; el de fe y secularidad para abordar las

cuestiones humanas. Creo que trabajamos bien en España.

—Otra cuestión no menos importante es el acercamiento de tos religiosos de

diferentes órdenes entre ellos. Por una especie de, permítame, «orgullo :de

familia» la colaboración y el trato entre las diferentes familias religiosas era

difícil. El trabajo en lugares comunes de las respectivas diócesis, parroquias o

campañas concretas de apostolado, ha facilitado poderosamente ese acercamiento.

Recuerdo a este propósito que, para muchos, usted está considerado como un

hombre que une, y abundan los ejemplos. Por citar uno, aún vibra por ahí lo

profunda conmoción que sacudió los ambientes eclesiásticos cuando, al ser

elegido usted prepósito general de lo Compañía y tener noticias de ciertas

tensiones con el Opus Dei invitó inmediatamente al padre Escrivá a reunirse y

juntos liquidaron los roces. Probablemente, en esa hermandad se entienda mejor

el nuevo talante religioso.

—Yo también lo creo así.

(Pocos conceptos se non devoluado tanto, a nivel religioso, como el de la

pobreza. A lo largo de la historia, legiones de intérpretes buscaron argumentos

—inverosímiles a veces— para conciliar riqueza y pobreza.

Sin embargo, la Iglesia tiene la obligación de predicar las bienaventuranzas.

Suceda lo que suceda, permanece el hecho de que cuando un religioso se une de

por vida a un instituto mediante los votos —entre ellos, el de pobreza— asegura

al mismo tiempo su futuro. Cuando caiga enfermo o desemboque en la vejez, tendrá

asegurada una retirada honorable, una habitación soleada donde poder calentar el

frío de sus huesos, sin la menor preocupación en adelante por «el pan nuestro de

cada día» (tal y como los pobres entienden la palabra «pan»). Por to demás, esto

es justo para quienes destrozaron sus vidas al servicio de un ideal evangélico,

de un Instituto. Lo que no evita que aparezcan matices inquietantes cuando se

piensa que. sin pertenecer a • Institutos, los pobres; sin votos son pobres

siempre.

Sobre este panorama, la apelación del padre Arrape a la solidaridad con los

pobres, ¿supone una renovación sincera? De otra parte, los jesuítas admiran la

santidad del padre Arrape y aplauden sin regateos sus intuiciones, pero algunos

no ocultan a veces cierto desasosiego al ver que las consignas que íes envía no

se cumplen en toda su extensión.)

—La pobreza ha sido muchas veces un tópico. Cuando usted aborda ahora esta

«solidaridad con los pobres», ¿qué pide exactamente a los jesuítas?

—Una nueva manera de ser. Un cambio de mentalidad. Una transformación de nuestro

ser, que haga posible nuestro nuevo obrar.

—O sea, que regresamos a un esquema, a un planteamiento de clases sociales. Ir

hacia una, abandonando otra.

—Es evidente que existen las clases sociales. Parees igualmente claro que, en

general, y por lo que se refiere a los miembros de nuestro Instituto, nuestro

ser puede decirse que está definido, fenometiológicamente al menos, en

estructuras sociales propias, no de la clase de los pobres, sino de la clase

media en una estructura social capitalista. Sobre esta perspectiva, la

solidaridad con los pobres implica una experiencia de pobreza indispensable.

Quiero insistir en el clasismo social todavía: es cierto que como sacerdotes,

como jesuítas, con la gracia de Dios, debemos ponernos por fuera y por encima de

toda interpretación clasista o partidista en cuanto ello significa la aceptación

de un antagonismo maniqueo o marxista, o el abandono de nuestra misión da llevar

a todos a Cristo. Pero no será fácil superar los condicionamientos de clase a

que —quizá inconscientemente— estamos sometidos. Para librarnos de ello es

«conditio sine qua non» detectarlos dentro de nosotros, primero.

—Hay casos en que ciertos jesuitas, en contra, al parecer, de la opinión

generalizada del resto de sus compañeros, eligieron afincarse entre los pobres.

La situación ha perdido fuerza ahora, pero de todos modos, ¿cómo se explica y

justifican estos hechos?

—Creo que nuestra indispensable forma cultura] y nuestro encuadramiento

institucional tienden a poner de relieve el valor de lo establecido, en

oposición a cualquier orden nuevo, y a fortalecer el orden frente a la

convulsión que comporta cualquier nueva distribución. Contra estas dos

tendencias han intentado reaccionar muchos sacerdotes y laicos, y naturalmente

algunos jesuítas, movidos todos ellos —sin la menor duda —por ideales de

innegable cuño evangélico, haciendo suya la causa del pueblo. El primer

resultado ha sido, en general, crear tensiones y conflictos dentro de la

Iglesia, muchas veces inevitables y fecundos. Pero otras veces, ¿por qué no

decirlo?, esas tensiones y conflictos fueron equivocados y contraproducentes,

porque introdujeron en la Iglesia el espíritu, e incluso la lucha de clases,

atentando con ello a dos notas esenciales de la propia Iglesia: su unidad y su

universalidad.

—¿Cuál es la raíz de la pobreza religiosa?

—Cristo. La pobreza religiosa llama al seguimiento de Cristo pobre.

ENTREVISTA CON EL PADRE ARRUFE

hoy más especialmente, a seguir a un Cristo que trabaja en Nazaret, que en su

vida pública se identifica con los pobres, que simpatiza cordialmente con ellos,

y que sale al paso de sus necesidades. De un Cristo, en fin, generoso en ponerse

al servicio de los pobres.

—De modo que hay que elegir: o los .ricos o los pobres.

—No lo plantearía yo así: Véalo de esta manera: es absolutamente imposible que

la Compañía pueda promover eficazmente, en todas partes, la justicia y la

dignidad humana, si la mejor parte de su apostolado se identifica con los ricos

y con los poderosos, o se asienta sobre la seguridad de la propiedad, de la

ciencia o del poder.

—O sea, que se exige esta solidaridad con los pobres, y ese nuevo espíritu de

pobreza a todos los jesuítas y a todos los niveles. Que no se trata, digamos, de

una solidaridad «afectiva».

—No. Absolutamente, no. Una solidaridad «afectiva» con los pobres se limitaría a

una vida religiosa frugal y en dependencia con los superiores. Para éstos

cualquier compromiso ulterior con los pobres no sería «negocio» de todos los

jesuítas. No. Nos planteamos una solidaridad efectiva y activa. Más aún.

corporativa: todos y cada uno y la misma Compañía. Para huir de

radicalizaciones, Je diré que lo que la Compañía tiene a la vista es una

solidaridad corporativa con los pobres, suficientemente general para

caracterizar la Compañía, cada provincia, la mayoría de las comunidades, obras y

miembros. No es posible descender más a casos concretos: el número de jesuítas

que la abracen, la forma y aun el modo, es materia de discernimiento local, que

ratificaría yo luego. Pero en todo momento esta solidaridad efectiva con los

pobres ha de ser suficientemente masiva para hacerla corporativa y

característica de la Compañía.

—Un ejemplo de lo que va a suponer para los jesuítas esta consigna de

solidaridad con los pobres. Díganos uno.

—Por ejemplo, será necesaria la experiencia de vivir con los pobres. Todos los

jesuítas, al menos por un tiempo, deberán pasar esta experiencia, necesaria,´

que les ayude a superar los límites que provienen del propio origen social. Esta

experiencia será auténtica, y no ilusoria, por lo que estará perfectamente

estudiada. Esta radicalidad debe ser tal que exija la inserción en la cultura

humana de la región donde se debe ejercitar el apostolado, de modo que los

hombres puedan entender la propia fe y ésta informe su vida y su cultura.

—Parece usted muy ilusionado con este proyecto.

—Es para estarlo. Sabemos que la Compañía, pare responder a la» graves demandas

del apostolado «de nuestro tiempo, tiene que modificar la práctica de la

pobreza. Y la hemos modificado.

—Todavía sobre el papel, ¿no le parece? No va a ser fácil, ni mucho ´ menos, un

giro de ciento ochenta grados, como usted exige.

—Mire, ningún priucipio de hermenéutica, o de exégesis legítima, justifica que

continuemos como antes

—«busines as usual», como dicen en Estados Unidos— contentos con un apostolado

uniforme. Se ha dado una nueva orientación, y lo que se necesita ahora es coraje

y perseveranica, pero también realismo. La compañía sigue siendo un cuerpo

masivo, una fuerza imponente de veintiocho mil hombres dedicados a muchos

apostolados: es imposible retirarlos brusca e instantáneamente de sus formas de

vida. Muchos de estos hombres, por su edad y temperamento, encontrarán enormes

dificuitades en incorporarse hacia la nueva ruta. Pero hacia ahí vamos.

(Hoy, exactamente hoy lunes, 14 de noviembre, cuando transcribo las notas de mi

conversación romana con el padre Arrupe, cumple él setenta años. Nació en

Bilbao, hijo del director de la «Gaceta de Nortes, cursó medicina en Madrid,

hacia 1927, para Ingresar luego en la Compañía. Estudió y trabajó en Bélgica,

Holanda, Estados Unidos —donde tiene su primera experiencia con el Tercer Mundo,

al conocer a los «espaldas mojadas»— y Japón. Allí estaba aquella mañana de

agosto de 1945, cuando estallaba sobre Hiroshima la primera bomba A; era maestro

de novicios, en una casa a tiro de piedra del círculo mortal de la

radiactividad: Transformó el noviciado en hospital de urgencia. Intentando

luchar contra lo imposible y sin reserva alguna. Aquel sol de fuego que arrasó

decenas de miles de vidas, y la ciudad, le hizo comprender «que cambiaba el

mundo, que nacía una era nueva a la que yo debería asistir como testigo». Y,

finalmente, ahí está.)

—Es inevitable una pregunta: ¿Qué piensa usted del eurocomunismo? Su

intervención en el aula sinodal, a propósito del «marxismo y la catcquesis» ha

producido una fuerte impresión, si se tiene en cuenta que Italia parece

hipnotizada estos días por una idea fija: la conciliación entre cristianismo y

marxismo.

—Era una laguna. En el Sínodo no se había beblado aún del marxismo y me paresía

importante traer el discurso a este tema.

—Pero el eurocomunismo asegura, últimamente, que no es ateo; que marxismo y

ateísmo no son términos idénticos.

—Mire; si dicen eso, hablan de otro comunismo distinto del que conocemos. El

comunismo que conocemos, y ese que diqsn que existe en la fórmula eurocomunista,

nada tienen que ver. Entonces, que vengan y que nos lo expliquen, que lo

demuestren. Luego, ya veremos.

—A su juicio, ¿cuáles son ios elementos más típicos del marxismo que es preciso

tener en cuenta a la hora de abordarlo?

—El primero, su existencia. Es imposible Ignorar el marxismo, y a partir de

cierto nivel de desarrollo intelectual, no es posible dejar de referirse a él

expresamente. Otra actitud carece de sentido. De ahí que sea necesario tratar

con toda seriedad y rigor una serie de temas que van, desde las relaciones, del

hombre con Dios —que ia mayoría de los marxistes creen que es una proyección

Ilusoria sin más fundamento que la actual .miseria social— hasta el tema de la

esperanza de la salvación, terrestre si se quiere, que el marxismo coloca en una

clase de hombres, el proletariado, y los cristianos, en Cristo. El marxismo

viaja con una contradicción Interna total, ya que en algunos aspectos tiende a

exaltar al hombre mientras que en otros los minusvalora exageradamente. En

definitiva, y como dije en el Sínodo, estamos frente a una perspectiva que

coloca el centro de la historia en alguien que no es Cristo, sin que ese alguien

—a diferencia de Cristo, hijo de Dios— tenga titulo válido para constituirse en

•centro de la historia. De modo que para el cristianismo la muerte y

resurrección de Cristo, y no una revolución; es el centro de la historia y el

destino de cada hombre. De modo que el creyente, desde una actitud ralista, no

verá en ninguna realización de tipo social la perfección de su destino, pero

tampoco despreciará ningún esfuerzo de progreso social.

—El diario vaticano «L´Osserva tore Romano» ha recogido los puntos esenciales de

su intervención en el Sínodo, en primera página, en el espacio reservado o los

comentarios, digamos, de «alta inspiración». En medio de la polémica sobre

eurocomunismo y ateísmo, sus ideas suavizan los termines radicales del cardenal

-Benelli, y parece que señalan un rumbo para el futuro diálogo.

—He tratado, como siempre, da servir a la Iglesia, de ayudar al discernimiento.

Se lo resumiré en pocas palabras. Es preciso hacer capaces, a los cristianos, de

reconocer sin dificultad lo bueno que hay en el marxismo, que ha hecho presa en

una importante parte de la humanidad; pero, al mismo tiempo, es preciso que

sepan detectar con claridad y franqueza lo que en ese movimiento nos desviaría

de Cristo. El cristiano tiene que sentirse libre y no acobardado ante el

marxismo: debe ser capaz de una colaboración honrada y al descubierto, con el

marxismo, en la medida y límites que lo exija el bien común, pero no menos capaz

de criticar y distanciarse donde lo requiera la conciencia cristiana.

—¿Está usted satisfecho del Si nodo 77?

—Sí. En relacón con los otros —y he asistido a los cinco—, el que acabamos de

celebrar ha supuesto un progreso, un adelanto. El próximo será mejor.

—¿Cómo es usted, y lo parece siempre, tan optimista?

—Digamos que tengo un realismo optimista. Mire, Dios quiere que todos los

hombres se salven.

Estamos, pues, seguros de la ayuda de Dios.

—Necesito hacerle una foto en color, y aquí no hay luz.

—Pues vamonos a la calle.

Y allí, en la puerta de la Casa General de la Compañía, este Papa Negro —el

hombre al que se le llegó a atribuir más poder «silencioso» y secreto que a

nadie en el mundo—• se queda mansamente inmóvil ^y quieto, mientras preparo unas

fotos en mi máquina. Y ríe como un niño, cuando Je grito;. «Sonría, padre, que

esto es para España.» Más tarde, volvería a encontrármelo cuando cruzaba la

plaza de San Pedro, camino del Vaticano, absolutamente desapercibido. No es

posible dar en Roma con un testimonio más sencillo, y alegre, de servicio a la

Iglesia.

Antonio CASTRO ZAFRA

(Roma, noviembre de 1977)

 

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