Autor: Miret Magdalena, Enrique. 
   La Iglesia: de la coacción a la libertad     
 
 El País.    28/12/1977.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

EL PAÍS, miércoles 28 de diciembre de 1977

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

La Iglesia: de la coacción a la libertad

E. MIRET MAGDALENA

Vocal del Instituto de Técnicas Sociales

Nuestros obispos están demasiado temerosos. Durante casi dos siglos han

monopolizado prácticamente todas nuestras Constituciones, y ahora no se hacen a

una situación de libertad sin más concesiones, privilegios o favores para el

catolicisimo.

Unas veces se apela a la tradíción hístorica otras a la mayoría católica´. Sé,

quiere que figure, al menos, en´ nuestra nueva Ley fundamentar´ esté hecho —

histórico o sociológico— y se proceda en consecuencia a la hora de redáctar este

documento constitucional dél país. La Iglesia católica rió sóló quieré ser

«madre y máestra de los fieles, sino pretende que éstá funcion de algún modo

qúede todavía reconocida a la hora de pergeñar nuestra convivéncíá democrática.

El péso de nuestras antiliberales constituciones pólíticas, que empezaron én la

nonnata de 1808 impuesta por ´Napoleón, se nota todavía.Allí se decía;´ «La

religión católica, apostólica y romana, en España y"en todas las posesiones

españolas, será la religión del Rey y dé la nación, y no se permitirá ninguna

otra.» Afirmación de intolerancia que —de un modo o de otro— siguió en la de

1812, y en el Concordato a 1851 que gobernó a la sociedad española hasta el

advenimiento de nuestra II República en 1931.

Ahora se escandaliza nuestro episcopado dé que se proclame laico el Estado,

cuando en los países católicos de Europa como Bélgica, Luxemburgo o Francia, es

ésta la éstructura aceptada por creyentes y no creyentes, como la mejor y la más

práctica para convivir los ciudadanos y poder expansionar libremente el

Evangelio.

Y pretenden que una declaración clara de no cónfésionalidad es ya una toma de

postura beligerante, cuando en nuestra sociédad el hervor de las dos Españas

enfrentadas civilmente por motivos religiosos ha pasado definitivamente, y

nadié -salvo minúsculos grupos de la. extrema derecha o izquierda— pretende

resucitar esa triste época, propia de bárbaras intoleranciás, de un, lado o de

otro

Debían meditar nuestros obispos que no sólo ha pasado la época de la coacción

por ellos ejercida hasta ahora sobre los españoles, sino la de su influencia

oficial en politica Y que -igual que sus colegas norteamericanos— debían aceptar

una Constitución en que ni para bien ni para, mal se mencionase la religión, que

es cosa de las conciencias y nó del tráfago terreno. O tornar ejemplo de los

católicos que establecieron el estado ,de Maryland, el único que sancionó la más

absoluta libertad de conciencia en 1649, quince años después de desembarcar en

tierras ultramarinas. Bancroft —el historiador protestante— pone esta

experiencia como modelo: «Maryland —dice— fue la morada de la felicidad y la

libertad», porque no pretendió .ninguna ventaja ni social ni cultural ni

política para los católicos que la fundaron y gobernaron.

No debía pedir nuestro episcopado ni,protección o consideración, especial, ni

acuerdos específicos, ni nada que recuerde de lejos la situación de

confesionalidad explícita que hubo hasta el presente; ni tampoco la

confesionalidad encubierta que supone esta influencia que en nombre de la

mayoría católica, o del edicente derecho natural, pretende, ejercer a la hora de

estructurar la convivencia ciudadana.

El cardenal Gibbons —el más importante prelado americano del pasado siglo— dijo

en 1897: «Si tuviese el privilegio de.modificar la Constitución de Estados

Unidos —esa Constitución ejem: plar que proclama que el Congreso no dictará

ninguna ley ni a favor ni en contra de la religión—, no tacharía ni alteraría ni

un párrafo, ni una línea o palabra de este excelente instrumento.»

Nuestro consenso popular en pocos años ha superado-ya definitivamente la época

del ultramontano católico Veuillot, a quien se atribuye esta afirmación que

inspiró tantas actitudes en nuestro país durante el nacional-catolicismo de la

Edad Moderna: «Si somos minoría, exigimos la libertad de. acuerdo con nuestros

principios; y si somos mayoría, os la rehusamos al seguir los nuestros.» O

aquella otra

de lord Macaulay, que todavía esgrimen nuestros integristas: «Estoy en la

verdad, y tú estás.en el error.

Por eso cuando tú eres más fuerte, me debes tolerar» porque es tu deber tolerar

la verdad. Y cuando soy más fuerte le debo perseguir, porque mi deber es

extirpar el error.»

Ni tampoco podemos propugnar o tolerar la canonización del, oportunismo -de

aquella famosíi: teoría de la tesis rígida y la hipótesis tolerante— que hoy

practican todavía algunos partidos políticos sin saber el mal que hacen para el

futuro de nuestra sociedad al aceptar el juego. de la diplomacia o de la presión

eclesiástica en algo que debe ser decidido de tejas abajo. Postura que también

quedaba récogida en la cáustica frase que los parisienses del siglo pasado

atribuían, al nuncio: «La tesis es cuando el nuncio dice que. hay que quemar a

los judíos; y la hipótesis, cuando cena con el señor Rotschild.»

¿Por qué no hemos de aceptar qué nuestra forma de estructurar el Estado sea

«laica, democrática y social», como decidieron los parlamentarios franceses en

1958 durante la plena influencia del católico De Gaulle?

La católica Francia votó por ello, y llevaba ya medio siglo de experiencia de

esta actitud neutral,´sin que los obispos católicos se ofendiesen lo más mínimo

por ello. Y nada hicieron cincuenta años después por rectificar la soberana

decisión constitucional de 1905 —que la declaró por primera vez República laica—

pudiendo Intentarlo con éxito seguro durante este régimen posterior, que Íes

miraba con excelentes ojos.

La Iglesia española no ha aprendido todavía que el Evangelió.p^edica para sus

seguidores el uso de los medios «pobres»; y nunca propugna la utilización de ]i

fuerza, el poder ola influencia, ni Siquiera la de>la mayoría sociológica.

Mayoría que, por otro lado´, no es tan clara y aunque lo fuera; no debía valerse

de su razón numérica para discriminar entre los grupos creyentes o no del país,

dejándose impresionar por.su importancia, porque eso seria atender equivocada y

antidemocráticamente a criterios masivos de pura cantidad.

¿Es que a los católicos no nos basta la libertad para todos? ¿Por qué pretender

otra vez el «sí, pero» que ha marcado toda nuestra intolerante historia moderna,

estropeando con el inciso la generosidad de una verdadera postura abierta?

Hasta el cardenal Cerejeira daba ejemplo cuando en 1940. aceptó Un Concordato

entre la Iglesia y el Estado que era para aquellos tiempos bien poco frecuente,

por la mucha mayor liberalidad que el nuestro de 1953. Y sin.embargo, se

congratulaba de este amplio acuerdo,diciendo: «Lo que la Iglesia pierde en

protección oficial, lo gana en libertad virginal de acción; y desligada de todo

compromiso hacia el poder político, su voz adquiere mayor autoridad ante las

conciencias: deja el campo libre al César, para ocuparse mejor de lo que

pertenece a Dios.»

 

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