Autor: Tusell, Javier. 
   Autosatisfacción y prepotencia     
 
 Diario 16.    15/09/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Diario 16/15 septiembre-83

OPINION

JAVIER TUSELL

Autosatisfacción y prepotencia

El historiador analiza el comportamiento de los socialistas en el poder y el concepto de pluralidad. «El

señor vicepresidente del Gobierno -dice Tusell, particularizando su reflexión- debiera pensar

seriamente si no se le puede acusar de franquismo objetivo.»

Recientemente he releído un libro excelente, que hace algunos años publicó el sociólogo, largo tiempo

emigrado en América, Juan Marsal, bajo el título «Pensar bajo el franquismo». Se trata de una serie de

conversaciones con un grupo de intelectuales españoles que empezaron a escribir en las revistas juveniles

de la Falange, y que con el paso del tiempo se convirtieron en enemigos acérrimos del régimen. He

recordado entonces lo que dice Marsal sobre esta generación: olvidaron y superaron el franquismo (o si se

quiere, el falangismo, porque eran más falangistas que franquistas), pero permanecieron en lo que Marsal

llama el «franquismo objetivo». Es decir, no llegaron a aprender nunca un requisito fundamental de la

mentalidad liberal y democrática, que es la de ser conscientes de la «superioridad de lo plural». Lo fácil,

viene a decir Marsal, es pasar de una concepción unitaria a otra que lo sea también, aunque de otro signo.

Me temo que esto le puede suceder, y de hecho le sucede, a una parte de la clase gobernante socialista.

Por supuesto, aunque hay entre ellos algún ex falangista (recuerdo a un ministro que en otros tiempos

estuvo a punto de acogotarme cuando, humilde de mi, me manifestaba contra el SEU), esta afirmación no

es válida para todos, ni mucho menos. Pero constituye, desde luego, un peligro que ya puede denunciarse.

Y es explicable que así sea. Supongo que no es desvelar ningún secreto, pero quizá conviene recordar que

nunca ha habido en la historia de España un Gobierno democráticamente elegido que haya tenido tanto

poder, legítimamente adquirido en las urnas, como el que en el momento actual está al frente de los

destinos de la nación, Y nunca, además, ha existido una clase dirigente que colectivamente esté más

satisfecha de su misión histórica, cuasi mística y supuestamente destinada a perpetuarse largo tiempo.

Nada de esto pasaba en etapas anteriores.

Para una generación que estuvimos en la oposición cuando existía el general Franco, esta actitud no nos

mueve primariamente a la indignación, sino, más bien, a una irrefrenable ironía.

Ya está empezando a durar demasiado, y buena prueba de ello es el descenso de popularidad del

Gobierno que se registra en la última encuesta que publica «Cambio 16». Pero, sobre todo, en aquéllos en

los que se mantiene, dentro de la clase dirigente, la autosatisfacción y la prepotencia, ésta puede adquirir

rasgos patológicos. Para nosotros, el socialismo y los socialistas son «el otro», alguien con el que siempre

habrá que contar, aunque siempre vayamos a divergir en puntos importantes. Para los socialistas que

siguen yendo bajo palio a sus Ministerios, esa conciencia de pluralidad, que es la antítesis del franquismo

objetivo, no existe. Por eso las críticas se reciben como producto de una extraña corrupción y no de una

lógica discrepancia. Nada más estremecedor que el artículo de hace unos días de Juan Tomás de Salas

desvelando que en círculos gubernamentales anda pidiéndose la cabeza de un director de periódico.

También sería triste que cien años de honradez y firmeza, los de Julián Besteiro y Fernando de los Ríos,

concluyeran en cuatro de autosatisfacción y prepotencia.

Otra señal de alarma ha iluminado su piloto rojo con la manifestación por la libertad de Chile. Por

supuesto, ha habido a este respecto una falta, inútil además, de coincidencia de pluralidad. Hay millones

de españoles que desean la libertad de Chile, sin por ello adorar a «san» Salvador Allende, ni desear el

socialismo para nadie y, menos aún, el lamentablemente confuso más que revolucionario que él

protagonizó. Pretender monopolizar esa noble protesta es puro «franquismo objetivo» y, además, un

propósito inútil, que se vuelve contra quien lo practica, entre otras cosas, porque acaba con gritos contra

la OTAN.

Pero hay otra muestra más de ese «franquismo objetivo». Madariaga decía que una característica del

español era un peculiar apego a la libertad, que consiste en desearla total para uno y para los suyos y no

tener en cuenta la libertad de los demás. Quien practicó el ejercicio de esa libertad hasta el máximo y

durante el máximo tiempo fue, desde luego, un general que se llamaba Francisco Franco. Más valiera

quitarlo de muchas cabezas donde sus modos perduran, al mismo tiempo que sus estatuas de los

pedestales. No era necesario aludir más que a la libertad de los chilenos en la manifestación, pero

enumerar la larga ristra de dictaduras militares y no hacer ni siquiera una parca mención de Cuba y

Nicaragua, es testimoniar el más puro «franquismo objetivo»: la libertad es algo para uso único de los

afines.

El señor vicepresidente del Gobierno debiera pensar seriamente si no se le puede acusar de franquismo

objetivo. Don Alfonso Guerra es juzgado, a veces, por las derechas como un monstruo de todas las

maldades. Es demasiado para un histrión que cumple puntualmente su papel, a veces con el resultado de

una risa homérica, de esa que a uno le libra de la adrenalina y que es recomendada por los médicos como

higiene. Pero esa condición no evita que ahora haya que decir que es, lisa y llanamente, una indecencia

apoderarse de un sentimiento noble, como es reclamar la libertad para un pueblo y juzgar que los

hispanoamericanos se dividen en dos clases, los que tienen derecho a la libertad y los que no.

 

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