Autor: Martín Patino, José María. 
   Réquiem por un poder político de la Iglesia española     
 
 El País.    06/07/1977.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

EL PAÍS, miércoles 6 de julio de 1977

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

Réquiem por un poder político de la Iglesia española

JOSE MARÍA MARTIN PATINO, S.J.

Hay diversas formas, algunas muy sutiles, de mantener cautiva la fe cristiana en

la mazmorra de una ideología política o de un grupo social. Huelga decir que la

fe no está hecha para vivir en espacios oscuros ni amurallados. Puede y debe ser

cimiento de la planta del edificio, pero su función específica es la de hacer de

ventanal o balconada desde donde el creyente pueda otear horizontes cada vez más

amplios en la realidad cambiante de la Historia. Privar a la fe de está fuerza

penetrante equivale a asfixiarla o reducirla á un puro despojo histórico.

El deseo del Episcopado español de permanecer al margen de la lucha electoral no

es una nueva forma de intervención secular, como acaba de insinuar en estas

páginas el profesor Aranguren. Intenta, por el contrario, devolver a la fe su

capacidad de penetración en las realidades temporales.

Tendría gracia por otra parte que los católicos españoles asociaran el avance de

la izquierda política española, tal como parece revelarse en las últimas

elecciones, con una derrota de la Iglesia o, lo que sería igualmente grave, con

una deserción de sus propios frentes. Las opciones políticas de un elector

cristiano, aunque comprometen radicalmente su fe, no hacen a ésta exclusivamente

responsable. Sencillamente porque desde la fe no se puede cometer el simplismo

de dividir el ruedo político en los dos clásicos bloques de sol y sombra. ¡No!

La Iglesia española ni está montando una nueva operación de oportunismo ni puede

sentirse derrotada en una batalla que ella no ha planteado. Intentemos

explicarlo.

Hubo un tiempo en España, por ejemplo durante la segunda República, en que

parecía necesario dar el voto a un partido político, bendecido por la jerarquía

eclesiástica, para ser tenido por buen católico.

Después de la guerra civil, sin elecciones y con catolicismo oficial, se puso el

acento en el número de asistentes a los actos de culto y aun .a las

manifestaciones religioso-patrióticas. Tales criterios de identidad católica,

periféricos al hecho mismo del compromiso de la fe, fueron decayendo por arte

mismo de su ineficacia y, sobre todo, por él despertar de una fe más personal y

libre para la penetración capilar en la vida del hombre moderno. Lo cual no

quiere decir que al desbloquear el voto personal y católico con respecto a

ciertos comportamientos objetivos, considerados como políticos, sea lícito

volver a la inveterada deformación anterior de considerar la fe y la política

como dos realidades distintas que nada o poco tienen que ver entre sí. Desde

cierta derecha liberal y desde el consorcio forzado de la izquierda se tiende a

caer en nuevas formas de privatización de la fe. Por otra parte, cuando se

pretende amarrar a la fe una opción política de grupo, es la misma fe la que se

convierte en prisionera de otras muchas circunstancias y concepciones terrenas.

La fe tiene que ser luz penetrante y, por tanto, ni encadena ni puede ser

encadenada: su influencia en la opción política es liberadora, ayudando al

elector a ser verdaderamente libre y más responsable. Todo esto quiere decir que

el cristiano, en cuanto ciudadano, no es un mandado, sometido a la disciplina

del voto o de comportamientos políticos objetivos. Disparan al aire los que,

desde una perspectiva decimonónica, siguen empeñándose en identificar democracia

con liberalismo y cristianismo con antiliberalismo. Que conste este dato para

explicar la inconsistencia tozuda de la mayor parte de las objeciones que se

hacen a esta doctrina de la Iglesia desde posiciones integristas, por parte de

católicos que parecen no haber leído ni siquiera los radiomensajes de Pío XII,

por ejemplo el de 1944, cuando definió los valores cristianos de la democracia.

1 Reconocer la libertad de la opción política y personal del cristiano, no

equivale a desconectarla de la fe, sino a responsabilizar la conciencia

cristiana. Pero esta liberación política de cada uno de los cristianos parece,

según muchos, crear problemas a la libertad institucional de la Iglesia. Como si

se pusiera en entredicho la misma agilidad de movimientos de la comunidad

cristiana al querer actuar como cuerpo o grupo social dentro de una sociedad

democrática: porque al perder cohesión y no embridar más que dentro de unos

espacios muy amplios, las opciones políticas concretas de los cristianos pierde

eficacia la acción común y, consecuentemente, poder político. No faltan ahora

quienes piensan que la Iglesia ha salido del trance de las elecciones al costo

de perder prácticamente su arboladura más visible y operante en la sociedad..

Podría incluso cundir el desánimo en sectores de católicos «militantes» por

encontrarse ahora dentro de una Iglesia sin tareas sociales y sin misiones

concretas respecto a la sociedad política.

Esta desorientación que pueden padecer ahora los que estaban más familiarizados

con determinadas intervenciones de la jerarquía eclesiástica en las áreas del

poder político o con instituciones confesionales, amparadas más o menos por la

Iglesia (centros docentes, medios de comunicación, grupos políticos,

agrupaciones político-apostólicas, etcétera), merece especial consideración y

exige a todos los responsables de la comunidad cristiana planteamientos más

diáfanos en aquellas cuestiones o espacios en los que indudablemente tendrá que

darse una colaboración de la Iglesia con la sociedad política. Habrá que trazar

caminos claros y señalar tareas concretas, si no queremos dejarnos llevar de

nuevo por la inercia a enfriamientos inútiles, a las antiguas posiciones del

poder no evangélico. Las mismas reglas del

-juego democrático, inteligentemente interpretadas, podrían servir a la Iglesia

oficial o a determinados grupos dé políticos influyentes para mantener, en

nombre de la comunidad cristiana áreas de poder político, social o económico.

Tal poder, la seguridad o la eficacia terrena de sus medios. San Pablo advierte

a los gálatas de un peligro que nosotros quisiéramos ver conjurado de la Iglesia

española: «Pues vosotros, hermanos, fuisteis llamados para la libertad; sólo

que´ no toméis la libertad como pretexto para el egoísmo, sino sed esclavos unos

de otros por la caridad» (Gal. 5, 13). Porque también la libertad puede ser

manipulada como las demás vivencias cristianas. Nada tiene, pues, de extraño que

mantengamos reservas sobre algunas formas de argumentar en favor de la libertad

de la Iglesia que se sitúan ambiguamente entre la libertad evangélica de

servicio y la terrena libertad de la independencia o el poder.

En la sociedad civil los grupos necesitan poder para autoafirmarse y para actuar

en competencia de intereses frente a los otros grupos. El poder es una

resultante del número y de la cohesión interna de los militantes y de los medios

de que disponen éstos para influir y dominar. En buena lógica política se

admite, sin más, que el partido servirá mejor a. la sociedad cuanto sea más

fuerte para poder realizar sus programas o modelos de sociedad. Pero la libertad

paulina, también de la institución, es de servicio y entrega por el amor: «Sed

esclavos unos de otros por la caridad.» Y se puede decir en verdad que nadie es

más libre que el que puede disponer enteramente de sí mismo para servir a los

otros. Esto significa que la Iglesia española, y con ella todas las

instituciones que actúan públicamente en nombre de ella, no tienen que

preguntarse tanto sobre cómo ser más independientes o incluso más libres a fin

de*poder servir mejor, sino de modo inverso, cómo servir mejor y más

desinteresadamente para ser auténticamente libres y dar testimonio de la

verdadera libertad. Un servicio sin poder terreno coincidiría idealmente con la

máxima libertad evangélica. Y este es en definitiva el problema de una comunidad

religiosa que tiene que vivir en una sociedad democrática: cómo abrirse espacio

libre en esa sociedad dominada por el poder, renunciando constantemente a la

tentación de tener ella misma poder.

Pablo VI decía al Rey de España, no hace muchas semanas, en el Vaticano: «La

Iglesia no busca privilegios sino espacio suficiente de libertad en el que poder

desarrollar su misión evangelizadora y ofrecer á la sociedad el servicio de su

colaboración para el bien común de los españoles.» Los litigios de frontera,

respectó a ese espacio, se van a plantear, se están ya planteando, no tanto en

el margen de las expresiones del ser sacramental de la comunidad cristiana,

cuanto en esa zona más amplia donde se debate la necesaria expansión eclesial:

concretamente en el área de acción de las instituciones que sirven de canales a

la cultura, como la escuela, el matrimonio o los medios de comunicación social.

Sería ingenuo ignorar que estas «obras» de la Iglesia, por su mismo

enraizamiento en la estructura de nuestra sociedad neocapitalista, detentan

poder y no van a renunciar fácilmente a él si van a sentirse desafiadas por

otras instituciones paralelas que creen únicamente en la eficacia del poder. Del

hecho que pueda darse una cultura atea no se puede deducir, como parecen

intentar algunos, que la fe cristiana pueda renunciar a crear su propia cultura.

¿Pero no es la cultura algo que nace y se alimenta precisamente en el humus de

la libertad? ¿Y se va a poder negar a la Iglesia o a los católicos libremente

asociados, participar como tales católicos en la tarea de la cultura? ´ La

Iglesia es la primera que no puede ^conformarse con una confesionalidad aparente

de la cultura generalizada desde el ordenamiento civil. Precisamente porque

creer es algo mucho más profundo, no puede dar prioridad a las posiciones

objetivas de los «creyentes», corriendo el riesgo de que éstas ocupen el lugar o

encubran las verdaderas actitudes subjetivas, vacias de fe o fáciles de

armonizar con otros, intereses no evangélicos. Las mismas «obras» de la Iglesia

podrían, "por este camino, perder su verdadera razón de ser y carecer de

sentido. De ahí que no seamos partidarios de invocar un hecho objetivo como el

bautismo de la inmensa mayoría de los españoles para justificar legalmente

fórmulas sutiles de confesio-nalidad en la escuela o en los medios de

comunicación social del Estado. Una cosa es que la Iglesia organice y asuma una

cataquesis, enteramente libre, en el ámbito escolar, también en el de la escuela

pública, según el deseo de los alumnos o de los padres dentro de un espacio que

ha de garantizar el Estado, y otra muy distinta que la Iglesia exija o delegue

al Estado una función que es pura y simplemente apostólica.´ Pienso que

el.Estado debe limitarse a hacer posible, por lo que a él toca, que los padres

puedan exigir a la Iglesia que ella complete la tarea educadora en e¿ tiempo

escolar, lo mismo/i^ue otros creyentes respecto a ser propia confesión

religiosa.

La izquierda pólítica está ya desafiandó a lá Iglesia ante esta prueba de su

capacidad de presenCia democrática. Pero esa misma, izquierda, desbordada quizá

por su propia ideología, tiene también el peligro de manipular la libertad y aun

la misma cultura para sus fines políticos. Convendría que recordara sus antiguos

errores y no planteara nuevos frentes nacionales que podrían retrasar el proceso

de maduración del pensamiento´ católico, más inclinado ya al diálogo objetivo

que a la defensa de intereses institucionales. Se pone en juego incluso el

proceso de consolidación de la democracia y se pretende de cualquier forma negar

derechos de la conciencia cristiana y ciudadana. Cualquier intento de dirigismo

o socialización de las ideas, bajo pretexto de neutralidades imposibles, será de

hecho una manipulación de la subcultura o de la ideología de grupo y una grave

infracción de las reglas del juego=c democrático. En las exequias de un cierto

poder político de la Iglesia no va a enterrarse la fe, ni la mediación necesaria

de la cultura cristiana renovada y auténtica.

 

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