Autor: López Aranguren, José Luis. 
   La Iglesia y el Poder     
 
 El País.    12/07/1977.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LA IGLESIA Y EL PODER

JOSÉ LUIS L. ARANGUREN

Mi artículo último —y primero desde mi regreso a España—, «Suplantaciones

políticas», ha sido lo suficientemente discutido y, en las columnas de EL PAÍS,

aludido por José María Martín Patino, S.J.-, como para que no se considere

impertinente volver sobre él y precisar algunos de los puntos en él tratados.

El primero de ellos se refiere al titulo mismo del articulo de Patino. Na creo

de ninguna manera, ojalá sí, que haya llegado la hora de las exequias del poder

político de la Iglesia. Y no lo creo, en primer lugar, porque la Iglesia, hoy

por hoy, no puede inhibirse fácilmente de su coejercicio. En segundo y principal

lugar, no creo tampoco que quiera hacerlo.

Que no puede es claro. El país no está lo bastante secularizado religiosamente,

ni lo bastante educado políticamente, para que no pese en la opinión pública —en

una parte, al menos, de la opinión pública— lo que piensan —o dan a entender que

piensan— sus pastores. Y, de hecho, mi impresión —no he estado aquí durante la

campaña electoral— es que, en efecto, ha pesado. Ha pesado minoritaria y

mínimamente, al dejar en relativa libertad para votar a la izquierda, aunque

ésta no sea «de inspiración cristiana». (De todos modos, tales electores se

habrían tomado por sí mismos tal libertad, como se toman la de usar medios

anticonceptivos. Entre la izquierda, lo menos que hay que decir, es que la

Jerarquía eclesiástica tiene muy poco prestigio.) Ha pesado para no forzar al

electorado católico moderado

a votar a la derecha. Y ha pesado, sobre todo, sutil pero eficazmente, para que

las gentes de centro votasen al llamado «Centro».

Que la política eclesiástica representada por lo que yo llamo taranconismo ha

sido, desdeja famosa homilía de Tarancón, hábil, prudentemente («jesuíticamente»

como antaño se decía), centrista, es, para mí, un hecho palmario. El carjenal

Tarancón, en aquella memorable ocasión, muy lejos de entonar un réquiem al poder

político de la Iglesia española, predicó al Rey, un tanto teocráticamente —en el

tono más aún que en el contenido, pero ya es sabido que es el ton el que hace la

chanson—, lo que había que hacer. Y Adolfo Suárez, gobernante católico y bien

mandado, rodeado de ministros, salvo excepción posible, que no me consta, «de

inspiración cristiana», lo está haciendo. Yo no entro ni salgo, en este momento,

en el problema de si ´es conveniente o no ai país, ahora, una política de

centro. Lo que digo es que ha sido la preconizada por el taranconismo. Y también

digo que el rechazo, de los «partidos políticos confesionales» ha debilitado

única y exclusivamente a la democracia cristiana (la germina, claro, no la

conservadora de Alvarez de Miranda, que personalmente merece, ni que decir

tiene, toda mi consideración). Ahora bien, es obvio que la opción de la

democracia cristiana estaba situada más a la izquierda que la del llamado

centro. De donde resulta que la Jerarquía ha favorecido al «centro» (cristiano)

en perjuicio de la izquierda cristiana.

Tampoco entro ni salgo en las vinculaciones, más o menos es^ trechas, entre el

taranconismo y la ACN de P. Me limito a constatar que en el nuevo Gobierno hay

tres propagandistas cuando menos. Y que éstos siempre, desde la República y la

CEDA, pasando por Martín Artajo y Silva hasta ahora —y cualesquiera que sean las

simpatías subjetivas de Patino y hasta del propio Tarancón—, han sido sostenidos

objetivamente, han sido caucionados (perdónese el relativo galicismo) por la

Jerarquía eclesiástica. No me parece, pues, de ninguna manera temerario afirmar

que sigue existiendo una línea política oficialas la Iglesia, se confiese asi o,

como ahora parece de moda, no.

La Jerarquía eclesiástica, diciendo que no elige, sin embargo ha elegido. Ha

elegido a su centro y ha prelerido a su izquierda. Personalmente me he cansado

de decir que estoy por una política laica. Pero a falta dé ella me parece menos

peligrosa una política que se atreva a denominarse cristiana y que, en mayor o

menor medida, sea de izquierda, que la política de un supuesto centro

(cristiano), que intenta encubrir su verdadero carácter de cristiano... y de

conservador. Prefiero, en suma, los partidos que proclaman lo que son, a los

grupos que se mueven, como en su elemento ambiente, en la sombra. En último

término, políticamente, el Opus Dei no fue más que un modernizado, impaciente y

mal remedo de los Propagandistas.

Se me podrá objetar que no todo el «centro» es Propagandista y que está por

demostrar que la actualidad confirme lo qué la historia contemporánea muestra, a

saber, la colusión de Jerarquía y Propagandismo. Lo primero es verdad. Tanto más

verdad cuanto que el «centro», en tanto que ideología, es inexistente, y en

tanto que fuerza política, un mero conglomerado que ha suplantado al bueno, malo

o regular centro real, el que preexislió a esa «fabricación» gubernamental, el

de los democristianos y los liberales. Y sin embargo... El hecho de que el

Ministerio de Educación —nuevo frente de las batallas de la Iglesia y, pro domo

sua, de los Propagandistas—, va a ser regentado por uno de éstos, en tanto que

otro retiene otro ministerio de ámbito potencialmente conflictivo, el de

Justicia, da que pensar. Se diría, sin necesidad de ser malpensado, que Suárez

ha entregado a los Propagandistas todo cuanto ellos le han pedido. Es natural.

Suscribo la bella alerta de Patino de que la Iglesia no debería renunciar a

«crear su propia cultura». Pero ¿se trata de algo más que una bella frase?

Parece que ha sido la misma Iglesia quien, hace: tiempo, de motupróprio, hizo

esa renuncia a la creación cultural. Y, sin embargo, si que es más que uta

frase. Es la manera más elegante, más moderna, más cristiana de decir lo que en

el siglo pasado ya comienzos de éste se denominaba «defender los derechos de la

Iglesia». Para la Iglesia, para la Iglesia como Jerarquía, sus derechos han

sido, casi siempre, lo primero y principal que se había de defender.

Mi visión de las cosas es totalmente opuesta a la católica establecida. Greo, en

primer lugar, que la cultura religiosa tendría que ser incesantemente creada y

re-creada, y no meramente custodiada, intangible, inmutable (casi como los

Principios del Movimiento), en conserva. Y creo que eso habría de hacerse desde

fuera del poder. La iglesia, confesadamente en tiempos triunfalistas,

cautamente, (adustamente hoy, está con el poder, está a su lado. (Si por

«oportunismo» o no, es cosa que no soy yo el llamado a juzgar.)

El intelectual, tal como yo lo entiendo, no puede, no debe estar nunca con el

poder, yo diría —con una relativa exageración— que ni tan siquiera con el poder

—participado— de la oposición establecida. Debe estar en la crítica del poder

actual y del que le suceda. Y, en la medida en que esa crítica encierre poder,

también en la critica de sí mismo, en la autocrítica.

 

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