Autor: Marzal, Antonio. 
   La Iglesia y las elecciones     
 
 El País.    24/06/1977.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

TRIBUNA LIBRE

La Iglesia y las elecciones

Se las elecciones pasadas cíiodo algo con cegado dad. esto ha sido la muerte sin

rastro del franquismo. Frente a lo que hubiera podido esperarse razonablemente,

este pueblo, a juzgar por el resultado de las elecciones, ha pasado el túnel del

franquismo sin excesivos traumas y sin dejarse moldear excesivamente por estos

cuarenta años: al final de éstos, con las primeras elecciones que merecen ,este

nombre, este pueblo se ha revelado, ante la sorpresa de todos y probablemente de

si mismo, como un país normal europeo.

He dicho un país normal europeo. Lo cual quiere decir que no ha sido tampoco la

vuelta pura y simple a 1936, como si nada hubiera pasado durante estos cuarenta

años. Es decir, que durante estos cuarenta años y paralelamente a la mordaza

bien visible del franquismo, por este país ha discurrido, soterrada, pero real,

-una vida normal europea que nos permite hoy vivir, en 1977, como si no

hubiéramos aguantado los últimos cuarenta años. Esto, desde el punto de vista de

la Iglesia y la política —la política que se transparenta en las elecciones—, me

parece evidente. Al tiempo, que pienso que es importante subrayarlo cara al

futuro y los posibles rebrotes de viejas seudointerpretaciones del hecho

religioso en la España plural que se abre.

En las anteriores elecciones españolas -las de 1936— el obispo de Barcelona,

según nos cuenta ese historiador fino y sensible que es Casimiro Marti, ordenó

tres días de rogativas, preocupado —obsesionado, diriamos desde la perspectiva

de hoy— por la idea de que de las elecciones podía «depender hasta la misma

existencia de la España católica». Para ello se imponía la unión

política de todos los católicos. «De esto se trata sobre todo —escribía el

obispo—, de que triunfe Jesús y su Iglesia, de que triunfen los derechos de Dios

y de las almas. Sobre esta base principal debe hacerse la unión de todos.»

Esa unión para el triunfo «de Jesús y de su Iglesia» del obispo barcelonés era

traducido en una nota oficial de la Acción Católica de esta diócesis —«En

beneficio de la religión y de la Patria», era su título— como la unión de «todos

los elementos de orden y todos los partidos defensores de los principios básicos

de la sociedad».

Por es^as mismas fechas, el cardenal Goma, obispo de Toledo, volvía de Roma con

la consigna —«paternales advertencias», en el argot eclesiástico— de Pío XI de

la unión de los católicos ante tres puntos, el primero de los cuales era nada

más y nada menos que «ante todo, los derechos de la Iglesia». Lo demás, por lo

visto —es decir, el tratamiento "de las cuestiones políticas—,- era -

secundario. Los diputados católicos vascos Se encontraban así:con la pared

vaticana ante su propio planteamiento. Pacelli les negó la audiencia ante su

intento de explicación y Pizzardo, prosecretario de Estado, explicó claramente

el sentido de esta actitud: «¿Por qué no se unen ustedes, con la CEDA? -les

dijo-. Ustedes, deben renunciar a su nombre de nacionalistas para unirse con la

CEDA.» De nada serviría ante la jerarquía las explicaciones y las protestas. La

consigna era clara.

ANTONIO MARZAL

Unidad de los católicos por el bloque de las derechas. La voz de la Unió

Democrática de Cataluña —«no digáis que ésta es la batalla del catolicismo,

porque la batalla se da por otras cosas muy diferentes y no hemos de exponer al

catolicismo a que pague las culpas de las compañías con las que le obligan a

andar»— fue, como la de los vascos, una voz en el desierto clerical de aquella

Iglesia.

Cuarenta y un años después, las cosas han sido —gracias a Dios— muy diferentes.

La Iglesia española, contrariamente a lo que un observador exterior y

superficial podía haber esperado de la «Iglesia franquista» (la de los obispos

en las Cortes y en el Consejo del Reino, la de las leyes fundaméntalas que

hablaban —¿con qué sentido jurídico?— de la religión católica como «única

religión verdadera», la del anterior secretario de la Conferencia Episcopal,

monseñor Guerra Campos, que escribió una Pastoral con el expresivo título de

Francisco Franco: —¡pobres diocesanos de Cuenca, sus destinatarios!—...), no

llamó a la unidad, de los católicos en las elecciones, ni trató de formarlos

militarmente en la derecha, ni condenó ni excomulgó ningún partido concreto. La

realidad más bien fue incluso de signo-contrario. Los que a las puertas de

iglesias de Barcelona se sintieron obligados a explicar —y exhortar a— su voto

de izquierdas, fueron comunidades cristianas de base. Los sacerdotes que, sin

hacer demasiado caso de la consigna episcopal de • no militancia activa, se

presentaron a las elecciones fueron —con una sola excepción y no para Alianza

Popular— en candidatura de izquierda y sobre todo -lo que es muy significativo—

de extrema izquierda. La presencia cordial y simpatizante en un mitin de curas

tan representativos como Díez-Alegría y Llanos no fue junto a un líder de

derechas o junto a un líder cristiano, sino junto a Carrillo. Como símbolo

cristiano equilibrador de una larga y vieja historia, no me ha parecido mal, al

margen de la posible manipulación política (y que conste que yo no he votado al

Partido Comunista)

La historia, pues, afortunadamente ha cambiado, un point, c´est tout, como dicen

expresivamente los franceses. A pesar de todo yo querría, para terminar, hacer

dos observaciones finales.

Primera. Los militantes cristianos de izquierda, una vez recuperado tan-

.milagrosamente,. después de estos cuarenta años, el equilibrio político al

margen de lo religioso y de haberlo recuperado en gran parte gracias a ellos,

deberían contentarse contesta victoria, que es la real victoria. Intentar ahora

utilizar en favor deja izquierda no su conciencia —conciencia de cristianos—

sino un cierto confesionalismo´ cristiano, es posibilitar de nuevo la vuelta a

la cuestión-religiosa como cuestión política. En este sentido, y desde el punto

de vista de la Iglesia, me parece importante subrayar que las elecciones de 1977

deben ser un hito sin retroceso.

Segunda observación. La desaparición de las formas confesiónales de la acción

política no quiere decir que queden resueltos todos los problemas de contenido

político que inciden sobre la conciencia del creyente. La fe se expresa en los

creyentes a través de una mediación cultural. La acción política, por su parte,

exige previamente-un análisis cultural del hombre y de las cosas. En esa plaza

de las culturas —conviene no olvidarlo en este país que tiende siempre en

política a fórmulas simples-, la fe y la política vuelven a entrelazarse en los

hechos. Que ese entrelazamiento sea un abrazo o una lucha cuerpo a cuerpo

depende sólo y exclusivamente de que la vida venga presidida política y

espiritualmente por la libertad.

Prácticamente todos los partidos que han concurrido´á estas elecciones han

predicado la separación de la Iglesia y el Estado. Lo que no sé es si todos han

captado el alcancé del problema de fondo a la vista ´de la actual experiencia

histórica. En la Inglaterra moderna la Iglesia y el Estado no están separados,

pero allí siempre ha habido: libertad religiosa. En la Rusia de la revolución la

Iglesia y el Estado están separados, pero nunca ha existido libertad religiosa

en ella. El problema para que entre nosotros no vuelva a renacer la cuestión

religiosa como cuestión •política es qué haya libertad religiosa. Una libertad

.religiosa que, frente a anticlericalismos políticos de izquierdas o de

derechas, sólo será libertad religiosa de verdad cuando pueda desaparecer

limpiamente el adjetivo religioso y quede sólo, claro y sin límites artificiales

de cualquier signo, el sustantivo libertad

 

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