Autor: Martín Descalzo, José Luis. 
 Epístola menor. 
 El reconocimiento de la Conferencia Episcopal (II)     
 
 ABC.    07/01/1979.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

DOMINGO, 7 DE ENERO DE 1979. PAG. 18.

EPÍSTOLA MENOR

EL RECONOCIMIENTO DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL (II)

DE los cuatro acuerdos Iglesia-Estado que acaban de firmarse —aunque la

curiosidad pública se centrará más en el económico y la hipotética discusión

podría girar más en torno al de la enseñanza— yo me atrevería a señalar como el

más importante al referente a los asuntos jurídicos.

El reconocimiento que la Constitución hace de la Iglesia y de la obligación del

Estado de mantener con ella formas de colaboración, encnentran aquí su primera

vía de concretización. Y, desde mi punto de vista, con notable generosidad por

parte del Estado. No porque regate a la Iglesia ningún derecho que no le

competa, sino porque reconoce y. garántiza con noble comprensión muchas de las

cuestiones que últimamente no estuvieron muy claras y porque presenta como

simple reconocimiento de derechos lo que en algunos sitios se dibujaba como

privilegios graciosamente otorgados. A quienes en vísperas del referéndum

constitucional veían con recelos lo que juzgaban un tacaño modo de reconocer lo

religioso, yo les pediría que hoy lean con atención estos acuerdos y si es

posible que lean luego, para establecer comparación, el texto de la Constitución

de !a República, para que perciban cuánto ha avanzado afortunadamente la

Historia y se feliciten de que hoy se pueda, sin caer en nuevos

nacionalcatoliclsmos, llegar a unos acuerdos que nada tienen de ingenuamente

laicistas y menos aún de anticlericales.

En algunos aspectos —creo que esto hay que decirlo con sinceridad— el

reconocimiento hecho a la Iglesia por estos acuerdos es jurídicamente más ancho

que el ofrecido por el anterior concordato, más generoso en las grandes frases

que en sus concreciones.

Tenemos —¡por fin!— un reconocimiento oficial de la personalidad civil de la

Conferencia Episcopal. Según la legislación de décadas anteriores hubiera

bastado con que las autoridades de la Iglesia presentasen al Ministerio de

Justicia la comunicación de la constitución de la Conferencia como asociación

aceptada por la Iglesia para que, automáticamente, aquélla tuviera reconocida su

personalidad civil. Pero durante años la solicitud presentada por el secretario

de la Conferencia durmió en los cajones del Ministerio de Justicia que parecía

esperar que la Conferencia dejaría de existir y de influir simplemente por el

hecho de que él no la reconociera.

Espero que alguien escriba algún día una historia de las : relaciones entre la

Conferencia Episcopal y los diversos Gobiernos entre los años 66 y 76. Si dice

toda, la verdad, esa historia resultará un sainóte.

Recordará —por poner un sólo ejemplo— aquella nota verbal que el Ministerio de

Justicia envió a los obispos —siendo su titular el señor Oriol— y en la que se

señalaba la conveniencia de que en temas que afectasen a la vida pública no se

permitiera hablar a los obispos como Individuos, sino que lo hiciera únicamente

la Conferencia Episcopal como colectividad. (Eran los tiempos en que habían

molestado algunas pastorales de monseñor Cirarda y el Gobierno se sentía, en

cambio, seguro de una Conferencia Episcopal presidida por monseñor Morcillo y de

la que era secretario monseñor Guerra Campos.)

A continuación ese historiador recordará que sólo tres años después —cuando ya

presidía la Conferencia monseñor Tarancón y parecía cambiada su línea

Ideológica— el Gobierno Arias decidió Ignorar prácticamente a la Conferencia

Episcopal y hasta dio a ras ministros la consigna de atender todo lo que le

pidieran los obispos como individuos y de negar todo lo que pidieran cómo

directivos de alguna comisión de la Conferencia.

Este juego doble según el cual el supremo organismo de la Iglesia a nivel

nacional es reconocido o negado, valorado o ignorado según resulte simpático o

distante, cesa ahora con este acuerdo en el que se reconoce a la Iglesia tal y

como ella es y tal y como ella quiera organizarse.

Yo no olvidaré nunca la frase de aquel prelado que, al salir de una conversación

con un ministro de Exteriores, me decía: «Cuando voy a hablar con un político me

gusta encontrarme a un político, no a un obispo de paisano que quiere

convencerme de que él ama a la Iglesia más que yo y que la conoce mejor que

nosotros.»

Ese tiempo en el que, en los actos públicos, era frecuente que el obispo se

encargase de la arenga patriótica y el gobernador o el general lo hiciesen de la

homilía religiosa, parece que ha pasado. Por fortuna. Y lo mejor es que todos

parecen haber comprendido que, al colocarse cada uno en su sitio, no necesitan

tirarse mutuamente los trastos a la cabeza.—J. L. MARTIN DESCALZO.

 

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