Autor: Plaza Veiga, Rafael. 
 La Iglesia española en la encrucijada (I). 
 ¿y después de Tarancón... qué?     
 
 Diario 16.    15/12/1980.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

15-diciembre-80/Diario16

Rafael PLAZA-VEIGA

En la penúltima semana de noviembre, cerca de 70 obispos españoles —con la

excepción voluntaria del de Cuenca, que desde hace años se prometió a sí mismo

no asistir mientras presidiera la Asamblea el cardenal Tarancón- celebraron la

XXXIII Asamblea Episcopal. Esta no fue tan tormentosa como las inmediatamente

anteriores. Un poco más atrás —1978— quedaba una

Asamblea turbulenta/durante la cual 13 obispos, capitaneados por el cardenal de

Toledo, suscribieron una pastoral conjunta contra la Constitución democrática

que ponía ñn al régimen dictatorial anterior. Ahora, Tarancón, setenta y dos

años, se despedía prácticamente de una jefatura eclesial que ha dado nombre a

una etapa crucial de la Iglesia española: el «taranconismo».

La Iglesia española en la encrucijada (I)

¿Y DESPUÉS DE

TARANCÓN..

Se acabó Tarancón * La «década prodigiosa» * La «ingratitud» de la Iglesia *

Obispos «por la puerta de

atrás» * El Opus, «Iglesia paralela» * La Constitución de la «ruptura» * Obispos

casi exiliados, Gobierno casi excomulgado 1981: ¿Hacia los 50?

EN efecto: ya se han borrado las pintadas callejeras que querían mandar a

«Tarancón al paderón». Ya no se multa a ningún cura por una homilía y resulta

casi ciencia-fícción recordar que entre 1973 y 1975 ascendieron a 12 millones de

pesetas las multas con cargo a «la palabra de Dios», y más increíble parece que

en algún año de esta «década prodigiosa» hubiera más de 150 curas en la cárcel

mientras en Rusia o Cuba no llegaban a dos. El fervor que hoy los católicos

«viejos» muestran por el travoltiano Papa Wojtyla choca con el que tuvieron en

su día por Pablo VI, al que de tal forma no perdonaron que pidiera a Franco el

indulto de Julián Grimau, que le llamaban «Pablovi».

Quedan atrás unos acontecimientos que pusieron a la Iglesia española en la más

alta cota del progresismo europeo, y no sólo a la Iglesia «de la base», sino

también a bastantes de sus obispos, que desde la famosa Asamblea Conjunta de

1971 se dieron cuenta que habia que acabar con el «nacionalcatolicismo» español

y que habia que romper como fuera la situación de privilegio que tenía la

Iglesia del pais. Aquella Asamblea Conjunta pidió perdón —aunque a la hora de

votar muchos «se rajaron»— por no haber sido signo de reconciliación en la

guerra y la posguerra.

En 1973 los obispos españoles publicaban un documento sobre «La Iglesia y la

comunidad política» que significaba «el desenganche público» de la Iglesia

respecto al régimen de Franco. Tanto, que en esta década se realizó una de las

maniobras más inteligentes de Roma, al nombrar «obispos auxiliares» que no

exigían jurídicamente el beneplácito ni permitían el veto del Caudillo, aunque

todavía éste entrara en ías catedrales bajo palio y tuviese contactos

permanentes con el cielo a través del brazo de Santa Teresa.

La «década prodigiosa»

Naturalmente este desenganche iba a tener su precio: el presidente del Gobierno,

Carrero Blanco, pasaría «la factura» de 6.000 millones de pesetas que el

franquismo había dado a la Igle.sia, aunque en esa cifra se contenían Jos gastos

de la Iglesia en hospitales y asilos, y aunque miles de monjas hubiesen ahorrado

al Estado los sueldos de miles de enfermeras.

El católico Estado, en esta década, pretendió sacar del país por la fuerza a dos

obispos, Añoveros e Iniesfa: el uno por defender la «etnia vasca», el otro por

defender al «proletariado». El tacto de un nuncio y la habilidad del cardenal

Tarancón, apoyado por una veintena de obispos, impidieron ese truculento final.

El mundo obrero, durante esta «década prodigiosa», se sintió más cerca que nunca

de la Iglesia, porque ésta supo abrir sus templos para que allí —ya que no era

posible en otros lugres más indicados— expusiesen sus denuncias y

reivindicaciones. Obispos como el gallego Araujo aprobaban una homilía titulada

«No matarás», con motivo de la muerte en manifestación de dos obreros de El

Ferrol.

Obispos como el vasco Larrauri denunciaban la violencia de la autoridad en la

homilía del Jueves Santo. Obispos como el vasco Cirarda defendían a un vicario

general al que algunos acusaban de complicidad con ETA. Un ministro del Opus Dei

protagonizaba un portazo sensacional en un encuentro de fin estrepitoso con

Pablo VI. La institución citada —cuyo fundador unía en su persona la sotana y el

marquesado— se ponía en entredicho cuando el arzobispo de Tarragona, Pont i Gol,

hablaba, aludiendo

directamente al Opus, del «peligro de una Iglesia paralela».

Entre tanto, el catdlico presidente Carrero Blanco se lamentaba el 7 de

diciembre de 1972 de «la ingratitud de la Iglesia», y más tarde, el católico

presidente Arias Navarro criticaba con pena a la Iglesia en su famoso discurso

del 12 de febrero de 1974.

Para que la paradoja de esta década fuese aún mayor, a veces se daba el caso de

que por la mañana el cardenal Tarancón defendía a su obispo auxiliar Iniesta de

la Policía franquista, y por la tarde tomaba café con Franco y lloraban juntos

«por España».

Al taranconismo no se le ha "podido pedir más. El cardenal Tarancón no

presidiría los funerales de Franco —estaba clara su intención de desenganchar a

la Iglesia y de borrar el mal sesgo de la Cruzada—, pero presidió la misa del

Rey, donde le traicionó el subconsciente y le dijo a Juan Carlos lo que hubiera

querido decir, y no se atrevió a hacerlo, a Franco.

Mirada nostálgica al pasado

En la próxima Asamblea Episcopal va a ser nombrado un nuevo presidente. Tarancón

va a ser sustituido. La «operación recambio» está lista. La década prodigiosa es

ya historia. Pablo VI ha muerto, y vive, fresco y atlético, Juan Pablo II.

Desde hace dos años —justo desde la nueva Constitución— la Iglesia española ha

empezado a tener miedo de haber ido demasiado lejos. Acabó el Concordato, pero

se sustituyó por unos acuerdos parciales que no han contentado a los que

prefieren una Iglesia libre y pobre.

La Iglesia española no vio con buenos ojos que numerosos sacerdotes militasen

en partidos políticos y que algunos salieran incluso senadores o diputados. Pero

ciertas actitudes de desconfianza episcopal hacia la democracia hicieron que

mayor número de clérigos apoyasen incluso públicamente a partidos fascistas

defensores de una nueva dictadura, y la Iglesia jerárquica no tuvo palabras de

censura para ellos.

Se habla de «involución» en la Iglesia, coincidente con la llegada al Papado del

polaco cardenal Wojtyla. Los más críticos no reconocen esta involución, pues

según ellos «la Iglesia no había evolucionado». Se siguen detectando en la

Iglesia española tres corrientes: ultraconservadora, moderada y progresista,

aunque ahora, a nivel de opinión pública, las cosas han cambiado respecto a la

década anterior: prevalece en número y actitudes ostensibles la Iglesia

conservadora.

Se prepara una nueva «cruzada» sobre los teínas del divorcio y la enseñanza.

Por lo pronto, y con vistas a la venida del Papa en octubre, la

ultraconservadora Confederación Católica de Padres de Familia ha convocado, para

septiembre, una «reunión internacional» sobre la familia, que procurará

manipular el proceso legislativo al respecto. Parece que el terreno lo tiene

bastante abonado. Todo depende del «recambio» de febrero.

 

< Volver