Las declaraciones del cardenal     
 
 ABC.    22/08/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Las declaraciones del cárdenal

Cuando los, historiadores del futuro hayan de trazar la crónica de nuestra

naciente democracia tendrán que señalar, si tratan de parangonarla con la vida

de la II República, que una de las mas vivas visibles diferencias entre ambas

travesías históricas se situó en el campo de las relaciones entre religión y

política, entre Iglesia y Estado.

La historia de nuestro país viene, desde hace dos siglos, registrando una

constante histórica: la mezcla de las valoraciones religiosas en los fenómenos

políticos. Catolicismo se identificó siempre entre nosotros con derecha y

parecía obligado que la Iglesia bendijera un tipo de regímenes y que otro

determinado tipo de mentalidades contara el anticlericalismo entre sus claves de

actuación política. ¿Cuánto ha envenenado esto nuestra convivencia?

Comprobar por ello, que en esta travesía de hoy se hayan separado los valores

que debían estarlo y que las interferencias entre religión y política hayan sido

mínimas es un dato de dimensiones simplemente históricas que sólo los ciegos

podrían ignorar. En el logro de esté fundamental cambió hay que anotar, sin-

vacilaciones, como decisivo el nombre de un cardenal, monseñor Taráncón, de

quien hoy publicamos unas importantes declaraciones que clarifican cuantó

venimos diciendo.

Que un cardenal pueda hoy contar que, efectivamente, luchó para que ninguno de

los partidos en liza llevase el apellido de «cristiano», que pueda mirar sin

temores la posibilidad de un Gobierno de un partido de izquierdas y que señale

que «si el PSOE llegase al Poder, en la Iglesia no ocurriría nada; que repita

que la Iglesia no estará con nadie en la lucha por el Poder, que insista en la

búsqueda de una´ independencia económica de la Iglesia que aún clarificaría más

todos estos problemas, son cuatro afirmaciones que significan, evidentemente,

que muchas cosas han cambiado en España. Y para bien.

Y para bien, repitámoslo. Porque una cosa es la libertad de la Iglesia para

oponerse, criticar, discutir aquellas posturas que puedan estar contra el

Evangelio, y otra muy diferente que, siempre y por principio, la Iglesia haya de

poner su prestigio religioso y su valor moral en uno de los platillos de la

balanza política. La Iglesia, como es lógico, puede sentirse más cerca de unos

partidos que de otros; puede estar en oposición radical de partidos que tuvieran

en su programa posturas contrarias al mundo del espíritu y de la fe; pero

difícilmente puede sentirse casada con ninguna fuerza política, ya que ninguna

en toda la historia del mundo ha realizado jamás plenamente las aspiraciones

evangélicas. Y es precisamente esa distancia de todas las fuerzas políticas la

que permitirá a la Iglesia un servicio más serio y comprometido a los valores

del espíritu que normalmente estarán repartidos parcial e incompletamente en

todos o casi todos los partidos del arco político. De ahí que un cierto grado de

secularización de la política no hará sino beneficiar tanto a la política como a

la religión, evitando glóbalizaciones que tanta sangre y confusión han costado:

Afortunadamente esta búsqueda de respetuoso distanciamiento y de autonomía que

el cardenal Taráncón expresa en sus declaraciones y que coinciden con el

pensamiento de la Conferencia Episcopal en su conjunto son también compartidas

por la gran mayoría de los políticos españoles y por cada vez mayor proporción

de ciudadanos de España.

Sería muy significativo comparar estas declaraciones del cardenal con el

apasionante estudio que sobre este tema ofrece el último informe Foessa. En él,

aunque se reconoce que el factor religioso sigue pesando aún mucho en las

decisiones políticas de los españoles, se constata también con elogio el hecho

de que en estos años de democracia «todas las fuerzas políticas hayan hecho un

esfuerzo por evitar durante él proceso constituyente que el péndulo oscilara del

clericalismo apoyado por el régimen franquista a un renacimiento de

anticlericalismo y posturas secularizadoras y un acre conflicto sobre tenias

religiosos».

«Por otro lado —señala también con nobleza el mismo informe—, la Iglesia como

institución, especialmente la jerarquía (con algunas excepciones), dejando toda

defensa militante de su posición y de los derechos de la Iglesia, dispuesta a

aceptar compromisos no siempre de su gusto, desidentificándose de la postura

tomada en el pasado, tolerante con los miembros de la Iglesia identificados con

la izquierda, ha hecho también mucho en favor de la paz religiosa en la nueva

democracia española.»

El hecho está ahí. Mucho más allá de eventuales polémicas de quienes quieren ver

en nuestros políticos afanes persecutorios de lo religioso o de quienes ven

intromisiones políticas en cualquier juicio emitido por los obispos, es

incuestionable que se ha producido en estos años y en este campo un gran

esfuerzo de diálogo, comprensión y respeto, al que nuestra historia no estaba

acostumbrada.

Esto no quiere decir que no hayan existido y deban seguir existiendo zonas de

tensión entre ambos mundos. Esta tensión —si no llega a exacerbarse— puede ser

incluso el mejor signo de salud y la mejor prueba de que lo que antaño se

llamaba «ambos poderes», está cada uno en su sitio. Aunque tampoco será inútil

recordar que en este camino de mutuo respeto sigue siendo necesario mucho

diálogo y grandes zonas de prudencia para que nunca más vuelvan a abrirse las

viejas heridas que contrapusieron a dos mundos que deben seguir estando

separados, pero que no tienen por qué ser hostiles.

 

< Volver