Autor: González Ruiz, José María. 
   Marxistas y cristianos, hoy     
 
 El País.    06/08/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Marxistas y cristianos, hoy

JOSÉ M" GONZÁLEZ RUIZ

En el informe presentado por Santiago Carrillo ante el X Congreso del Partido

Comunista Español (informe posteriormente aprobado) se hace esta afirmación:

«Otro factor de la escena internacional es el papel que está asumiendo el

Vaticano en su apoyo a partidos confesionales y para devolver a la Iglesia su

tradicional papel de grupo de presión interfiriendo en cuestiones internas de

los países como la enseñanza, e! divorcio y el aborto, lo que supone un freno a

la lucha de los cristianos de Latinoamérica».

Inmediatamente, el diario católico Ya contesta en editorial del 1 de agosto: «El

PC niega a la Iglesia su condición de mentora de los temas morales y niega, por

tanto, la libertad religiosa... El apoyo a los partidos supuestamente

confesionales es algo que podrá ser discutible incluso cuando se plantea la

realidad de ese apoyo. Ejemplos como los de Italia, con la Democracia Cristiana

en el poder, y donde han pasado leyes como la del divorcio y el aborto, no

abonan precisamente la tesis del apoyo del Vaticano a los partidos. O,

seguramente, ese apoyo es tan débil que no sirve para nada. Imaginémonos en

España...».

El tema «relaciones entre marxistas y cristianos» necesita un relanzamiento y

una puesta al día. Quizá haya que establecer por anticipado una hipótesis de

trabajo para ver si después cuadra la conclusión del silogismo.

Esta hipótesis de trabajo concierne tanto al marxismo como al cristianismo: no

es lo mismo cuando a uno y a otro se les considera y se les evalúa en su

situación fuera del poder que en su ubicación en el

poder. Cuando en los años sesenta, siguiendo los consejos de Juan XXIII, los

católicos abrieron confiadamente las puertas y las ventanas, sin miedo a aires

supuestamente inficionados, se encontraron de frente con hombres de carne y

hueso que no tenían rabo ni olían a azufre. Cristianos y marxistas nos dimos un

sincero apretón de manos, empezamos a dialogar sin miedo y no teníamos el menor

temor de llegar a conclusiones imprevistas. A decir verdad, tanto el marxismo

como el cristianismo salieron de aquella confrontación con un rostro diferente.

Sin embargo, los respectivos «aparatos» no se comprometían directamente: a lo

más, dejaban hacer y estaban a la expectativa de los resultados. A decir verdad,

por parte cristiana no faltaron representantes de todas las confesiones e

incluso miembros de cierta altura en la jerarquía correspondiente. Por parte

marxista, teníamos facilidad en dialogar con los occidentales y, superando

algunas dificultades, con los ciudadanos de los llamados «países satélites»;

pero yo al menos (que estuve presente en casi todos aquellos diálogos) nunca

tuve el gusto de poder dialogar con un soviético de carne y hueso.

Dos corrientes distintas

Resultado de estos diálogos fue que la misma teología cristiana quedó

profundamente marcada. Dos corrientes fundamentales la atravesaron en este

sentido: la primera pretendía que el análisis marxista, en lo que tiene de

científico, era una mediación necesaria y casi única para la misma proposición

teológica; era una especie de reduccionismo marxista aplicado al método

teológico. La segunda solamente afirmaba que, hoy por hoy, la teología no puede

pasar de Marx y de sus derivados, sin que esto suponga subordinación o reducción

al marxismo como única o preponderante vía de reflexión teológica. Yo mismo

seguí esta segunda corriente, rechazando el reduccionismo marxista de la

primera.

Lógicamente, este reduccionismo produjo alarma en la conciencia cristiana, ya

que la fe parecía padecer un complejo de inferioridad frente al marxismo, como

ayer lo tuvo frente al cientifismo o frente a la razón. De aquí que se

multiplicaran los tratados apologéticos defendiendo la viabilidad de la fe

cristiana en un mundo marxista. Naturalmente, una buena parte del aparato

eclesial se replegó a sus campamentos de invierno para reforzar los pertrechos

en una lucha nueva e insospechada.

Pero, por otra parte, a otro nivel muy distinto, los distintos aparatos —

cristiano y marxista— iniciaban, no un diálogo, sino unas negociaciones para

mejorar las relaciones entre poder y poder. Tanto los Estados sedicentes

marxistas como el propio Vaticano reconocían que tenían enfrente a una fuerza

poderosa, con la que tenían que contar eacaso de emergencia. Y así nació la

ostpolitik vaticana y la política de

apertura a las Iglesias por parte, sobre todo, de la Unión Soviética.

Naturalmente, en estas negociaciones se hacen concesiones mutuas —do ut des—, en

virtud de las cuales, por ejemplo, el Vaticano pondría sordina a su condena del

comunismo y la Unión, Soviética permitiría una acción eclesial directa del

Vaticano, principalmente en las zonas soviéticas, donde el catolicismo es

importante, y en los diversos países del Este, donde igualmente la Iglesia

católica tiene firmes posiciones.

La Iglesia y el Partido Comunista

Pues bien, partiendo de esta hipótesis de trabajo, podremos hacer una evaluación

de las críticas mutuas que se lanzan entre sí Iglesia y Partido Comunista,

Cuando Ya, en el citado editorial, afirma que «divorcio, aborto y enseñanza son

parcelas de primera categoría que la Iglesia no puede omitir en su enseñanza»,

lleva toda la razón. Y cuando Santiago Carrillo advierte que la Iglesia «está

interfiriendo en cuestiones internas de los países como la enseñanza, el

divorcio y el aborto», lleva igualmente más razón que un santo (¡con perdón!).

Pero lo malo es que cada uno debe considerar desde qué posición está haciendo la

acusación o la defensa. Si la Iglesia se presenta con ropaje de poder —como ha

sido el caso del partido confesional de la Democracia Cristiana en Italia (que

tantas ovejas ha dispersado del redil)—, entonces habría que impedirle

tajantemente lo que no solamente es un abuso de poder o allanamiento de morada,

sino una traición a su propio origen evangélico. Pero si la Iglesia actúa

solamente desde su posición profética y evangélica, entonces al poder de turno

no le queda más remedio que... rascarse cuando le pique (y eso, en virtud de la

propia ley constitucional de libertad de pensamiento y de expresión).

Y lo triste es comprobar que, a lo largo de la lucha por los pobres del mundo,

marxistas y cristianos se entendían a las mil maravillas. Pero cuando «lo

marxista» se concentra en un determinado aparato, aparecen las disfunciones:

mientras los respectivos «aparatos» establecen «cordiales relaciones

diplomáticas», las bases luchadoras de antaño reciben a veces excomuniones por

partida doble. Y es que Marx se equivocó: no son los proletarios de todo el

mundo los que se unen, sino los aparatos de poder, cualquiera sea su origen y

color.

José María González Ruiz es teólogo y canónigo de la catedral de Málaga.

 

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