El papel de la Iglesia     
 
 ABC.    24/11/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

El papel de la Iglesia

La Conferencia Episcopal Española inició ayer una importante asamblea.

Importante aunque sólo sea por el hecho de ser un primer paso en un nuevo

camino, ya que en ella se estrenaba como nuevo presidente monseñor Díaz Merchán,

y lógicamente un nuevo equipo directivo imprimirá inevitablemente un nuevo

carácter, un nuevo estilo en el caminar de nuestros obispos y,

consiguientemente, de nuestra Iglesia en España.

En su primer discurso el nuevo presidente se anticipó señalando, en un prudente

y mesurado discurso, que sus planteamientos son de clara continuidad.. Su

balance presentaba como «muy valiosa la trayectoria pastoral de la Conferencia

en los- últimos quince años» y constataba que esta línea se había seguido

siempre con una sustancial unidad entre los obispos, dentro del lógico

pluralismo de sus planteamientos.

«Valioso —decía monseñor Díaz Merchan— para la vida de la Iglesia en España.»

Valioso —añadiremos nosotros— para la vida social de la nación entera^ Dejando

de lado puntos discutibles y parciales errores —que el propio presidente no

rechazaba— hay que reconocer que el papel jugado por los obispos españoles en

los últimos años ha sido fecundo para la totalidad de la nación. Lo religioso,

que, en otras épocas históricas, supuso graves traumas para el país y fue fuente

de hondas divisiones, ha sido tratado en estos últimos años —salvo excepciones—

con pulso, tanto por los políticos como por los eclesiásticos.

Sin traídoras cesiones en lo ideológico, los obispos han sabido mostrarse

dúctiles en la práctica reconociendo el hondo pluralismo de nuestra sociedad y

sus lógicas consecuencias jurídicas. Han sabido en su conjuntó mantenerse´al

margen de te concreta contienda de partidos y objetivámente hay qué reconocer

que no han incidido en la burda caricatura de los que pintan a nuestros obispos

como un grupo de presión frenante en nuestra transiciótfiíacional.

Mas bien habría que plantearse la posibilidad contraria: no pequeños sectores de

la opinión pública creen que los obispos han incidido en una cierta atonía, que,

guiados por un justo deseo de imparcialidad, se han encerrado en un excesivo y

cómodo mutismo. Era justo que los obispos renunciaran a las cotas de poder

mundano que gozaron en otros períodos, ¿pero no habrán renunciado también a

zonas de su obligado liderazgo moral de ios creyentes que son buena parte de

nuestra sociedad? Era lógico que abandonasen las cotas de protagonismo a que les

condujeron ciertas polémicas, ¿pero • no habrán-pasado del triunfalismo a la

afonía de unas voces que o no se oyen o carecen de impacto social? Era

conveniente que se situaran al margen de los partidos políticos, ¿pero no habrán

también renunciado a su obligatoria voz profética en la lucha contra la

injusticia? Era comprensible que defendieran los derechos de la Iglesia en lo

referente al matrimonio o la enseñanza, ¿pero, si sus voces sólo se oyen en

estos casos, no crearán una imagen de una Iglesia a la defensiva? Era positivo

el descenso del clericalismo, ¿pero se ha sabido robustecer el papel de los

católicos seglares en la vida civil de la nación?

Son, efectivamente, muchos los que creen que si la Iglesia no está cometiendo

errores de monta en estos últimos años, tampoco está aportando todo lo que en

los terrenos culturales, artísticos, morales y sociales podrían aportar a

nuestra sociedad. Y en el mismo campo de la Iglesia no son pocos los que hoy se

sienten menos dirigidos, los que lamentan la ausencia de grandes programas

colectivos pastorales.

Decimos esto no con afanes de crú tica, sino de colaboración. La Iglesia es una

fuerza moral en nuestro país. Aun al margen-de lo estrictamente religioso, tiene

un papel de primera importancia en nuestro desarrollo como nación. ¿No habrá

llegado la hora de que ella vuelva a tener el gran coraje que tuvo en los

penúltimos años del anterior régimen y aporte la luz que de los obispos se

espera en este momento? La evolución de nuestro país en estos seis años ha

producido tales cambios ideológicos y morales en nuestra sociedad, que parece

exigir una seria y meditada toma de posición de la jerarquía española. Y las

circunstancias del año que va a comenzar —con la venida probable del Papa a

España— parecen señalar la urgencia de que ese viaje sea algo más que´

entusiasmo y folklore piadoso. Parece la gran ocasión para que´la Iglesia se.

reexamine a sí misma y aclare su? papel y su postura ante los tiempos que;

vivimos y vienen. Ese papel no puede ser la fuga, el arrinconamiento o la simple

defensiva. Ese papel tiene que ser radicalmente religioso, pero creador. España

se vería mutilada sin la seria y profunda aportación de-los católicos. Y son

muchos los que hoy no saben con claridad qué es lo que pueden y deben aportar.

 

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