Autor: Reyes Mate, Manuel. 
 En esa fecha abandona el primer plano de la Iglesia española el hombre que ha marcado sus destinos durante diez años. 
 La Conferencia Episcopal eloge el próximo martes al sucesor de Tarancón     
 
 El País.    21/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

El martes próximo, la Conferencia Episcopal elegirá a un nuevo presidente. En

esta fecha abandona el primer plano de la Iglesia española el hombre que durante

diez años ha marcado, con personalidad y liderazgo indiscutible, sus destinos.

Tarancón y su equipo supieron romper con el nacionalcatolicismo,

desestabilizaron del régimen anterior y trabajaron por la democracia. En estos

años la Iglesia española ha vivido uno de los períodos más intensos de su

historia. La preocupación prioritaria de los intereses eclesiásticos en los años

de democracia tiene que ver, sin embargo, con el anticlericalismo naciente y con

una cierta resignación dentro de la Iglesia. El nuevo presidente hereda, junto a

estos problemas, una Iglesia que ha apostado por la democracia.

En esa fecha abandona el primer plano de la Iglesia española el hombre que ha

marcado sus destinos durante diez años

La Conferencia Episcopal elige el próximo martes al sucesor de Tarancón

REYES MATI

Es un hombre con instinto histórico. Tarancón no es, dicen quienes le conocen

bien, un teólogo profundo, pero tiene la habilidad del fenicio para sortear

airosamente los mayores conflictos, Este hombre. arrinconado como obispo

dieciocho años en una minúscula diócesis, lúe nombrado por Roma primado de

España unas semanas antes de que la Conferencia Episcopal le eligiera

presidente, en febrero de 1969. Pero entonces fue elegido Casimiro Morcillo,

arzobíspo de Madrid-Alcalá, procurador en Cortes, consejero del Reino y miembro

del Consejo de Regencia. Al dia siguiente escribía Le Monde: «La elección de

Tarancón. nuevo primado, al puesto de vicepresidente de la Conferencia es un

consuelo otorgado a los liberales».

Tarancón se afana entonces en el tema más candente del momento: el clero. Y

desde la Comisión del Clero propone la celebración de una asamblea conjunta

entre obispos y sacerdotes, cuya preparación corre a su cargo. La asamblea

conjunta que Carrero Blanco critica como la asamblea del desenganche se celebra

en septiembre de 1971. A lo largo de dos años intensos de preparación, el 85%

del clero español responde a doscientas preguntas. Se aprobaron por dos tercios

253 conclusiones: entre otras, la reivindicación de la libertad de expresión, de

participación en la vida pública de todos los ciudadanos, denuncia del paro y de

la emigración, defensa de las minorías étnicas, de la objeción de conciencia y

el derecho de libre asociación. Ciento treinta y siete votos contra 78 aceptaron

«pedir perdón porque nosotros no supimos a tiempo ser verdaderos ministros de la

reconciliación en el seno de nuestro pueblo dividido por una guerra entre

hermanos». Se estaba produciendo lo que Carrero Blanco temía: el desenganche, es

decir, el rechazo por la misma Iglesia del modelo de cristiandad. La asamblea

conjunta no fue un paseo triunfal. El Gobierno, el Opus [)ei y sectores

conservadores se las arreglaron para que de la Congregación del Clero llegara un

documento romano que venia a desacreditar el trabajo de la asamblea Muchos

reconocieron que aquel ataque del naoionalcatolicis-ino a la asamblea conjunta

era la tactura que estos elementos inte-gristas pasaban al Vaticano II por sus

consecuencias criticas respecto al régimen franquista.

En mayo de 1971, Tarancón se convierte, por la muerte de Casimiro Morcillo, en

presidente provisional. II documento romano es sólo una señal de la

conflictividad política y eclesial que espera al nuevo presidente, elegido

regularmente en 1972.

Conflictos políticos

Hay. por un lado, un conflicto declarado entre la Iglesia y el régimen de

Tranco. Para Carrero Blanco esa conflictividad es desagradecimiento de una

Iglesia que sólo ha recibido bienes del franquismo. El mismo Pablo VI tomaba

cartas en el asunto colo-

cando a España al mismo nivel de preocupación que Vietnam. Las sollamas de

Guerra Campos desde Televisión, con su octavo dia, azuzaban la indignación de un

régimen que detenía a los líderes de Comisiones Obreras, los del proceso 1.001,

en la casa de ejereieios de Pozuelo, y entre ellos a varios cristianos. La

opinión pública se acostumbra a oír hablar de curas encarcelados que el Gobierno

concentra en Zamora. Más de cuatro millones de pesetas en multas a curas

navarros por homilías, más de diecisiete millones en mullas repartidas entre 150

sacerdotes.

El nuevo presidente, Tarancón, apoyado por el nuncio Dadaglio, pega un frenazo a

la renovación del Concordato de 1953, que todos estimaban inservible. La

asamblea de obispos, reunida el 15 de febrero de 1971, recibe dos cartas de

recomendación: una. del Gobierno, para acelerar el proceso; otra, de Roma, para

aparcarlo. Con la publicación del documento La Iglesia v !a comunidad política,

de 1973, el régimen del general Franco sabe que la perdido definitivamente a su

aliado tradicional. Por eso mismo crece la crispación, que alcanza su punto

álgido con el caso Añovcros, en febrero de 1974. El obispo de Bilbao manda leer

en las iglesias de su diócesis la homilía El cristianismo, mensaje de salvación

para los puehlos, donde reivindica la idiosincracia del pueblo vasco y el

derecho a usar su lengua, que el Gobierno persigue. La homilía se convierte en

asunto de Estado. La policía le comunica retención domiciliaria, y el Gobierno

quiere exiliarle. Al parecer, tres de los cuatro cardenales tienen preparada la

bula de excomunión contra el presidente del Gobierno si la amenaza se ejecuta,

Franco para los pies a un obcecado. Carlos Arias Navarro, que olvidaba aquello

de «con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho».

Los últimos meses del general Franco son testigos de enfrcntamientos diarios. El

Gobierno suspende ía asamblea cristiana de Vallecas y la asamblea pastoral de

Canarias. La policía registra la residencia episcopal de El Ferrol. Cuando en

septiembre de 1975, cinco militantes del FRAP y de ETA son condenados a muerte.

Pablo VI interviene por tres veces para que se les conmute la pena. Es inútil.

El grado de frialdad ha llegado a tal extremo que la representación del Gobierno

español se retira de la ceremonia de canonización de un santo español en Roma.

Cuando el cardenal primado, Marcelo González, pronuncia la homilía-panegírico en

la plaza de Oriente, a la muerte de Franco, todo el mundo sabe que la Iglesia

del nacional-catolicismo se ha ido con el general. En el episcopado español

domina el taranconismo pacientemente desarrollado por el cardenal de Madrid y

claramente expuesto en su «homilía de los Jerónimos» ante el rey Juan Carlos

l,el 27 de noviembre de 1975.

El carpetazo al nacional-catolicismo viene acompañado de unas fuertes tensiones

intraeclesiales. En el seno de la Iglesia triunfalista de la posguerra se

desarrolla una fuerte conciencia social que poco a poco desborda la matriz

original: en 1960, y por hombres de la JOC, se crea la Unión Sindical Obrera; en

1961. y por hombres de Vanguardias Obreras, emerge la Alianza Sindical de

Trabajadores, luego ORT. Muchos militantes de la HOAC están entre los pioneros

de CC OO. Cuadernos para el Diálogo agrupa a buena parte de la oposición al

régimen, entre ellos, muchos cristianos. De ahí saldrán curas obreros y

militantes de partidos de izquierda que no siempre comparten o entienden las

prudencias del taranconismo.

En marzo de 1973 nacen los movimientos de cristianos por el socialismo (ni en

Avila ni en febrero, como decía su escrito, sino en Vendrell y en marzo). Por el

otro flanco se organizan lo que queda de nacional catolicismo en las Hermandades

Sacerdotales, con Guerra Campos al frente, que también corean lo de Tarancón al

paredón. Son años de gran ebullición teológica: España sirve de trampolín para

Europa de la latinoamericana teología de la liberación y se traduce y desarrolla

la teología política de Metz y Moltmann. A pesar de las tensiones, la jerarquía

española no cae en el anatema de los grupos críticos, como sucedió en Italia.

Hay un esfuerzo de diálogo como cuando un centenar de cristianos ocupa la

nunciatura en Madrid para protestar contra la cárcel concordataria de Zamora,

donde Dadaglio impide que sean encarcelados. A veces la cuerda se rompe, como

cuando los obispos desmantelan los movimientos apostólicos presionados por el

poder político.

La tentación corporativista de la iglesia

Bajo el lema del taranconismo, «perder influencia política y ganar credibilidad

religiosa», la Iglesia ha ido minando su apoyo al régimen anterior y se ha

preparado para afrontar la democracia. La primera consecuencia de este

planteamiento fue su negativa a apoyar una Democracia Cristiana que

oficiosamente le sirviera de correa de transmisión. Su deseo de independencia

política significaba una clara voluntad de volverse hacia su propia misión

pastoral, una vez que la democracia la liberaba de funciones políticas asumidas

en la etapa anterior. Los últimos años han demostrado, sin embargo, que esa

vuelta hacia su propio interior se ha traducido en defensa prioritaria en el

sistema democrático, de : sus propios intereses como institución. Su actividad

política no ha cesado, aunque haya adquirido otra modalidad. La Iglesia no apoyó

el nacimiento de una Democracia Cristiana, pero, cuando llegan las elecciones,

la Iglesia dirige el voto católico hacia los partidos que no apoyan el aborto o

el divorcio. Cuando el Parlamento decide sobre una ley de enseñanza, la Iglesia

vuelca su poder en favor de sus propios centros escolares, aunque para ello

tenga que vestir la alternativa de una escuela pública y plural con la maniquca

de calificación «escuela única o cstatalis-ta».

A la asamblea plcnaria de febrero de 1976 llega un formulario relleno por las

provincias eclesiásticas sobre «capitalismo y socialismo», donde los obispos, lo

más que aceptan es un socialismo —no marxista— «tipo reforma social o grupos

socialdemocráticos». Esta forma de actuar en democracia le permite escribir a

Aranguren: «La jerarquía eclesiástica, diciendo que no elige, sin embargo, ha

elegido. Ha elegido su centro y ha preferido su izquierda».

«Del desconcierto al desánimo», así califica un obispo progresista la

experiencia de la Iglesia a lo largo del proceso democrático. La promesa hecha

por Tarancón en el discurso al rey de defender todo lo que significara bien

común se ha venido interpretando de alguna manera bajo la consigna de que «el

bien, bien entendido, empieza por el de uno mismo». El anticlericalismo naciente

seguramente tiene que ver con esta política eclesial. Por lo que respecta al

interior de la Iglesia, y esta es una crítica que se hace frecuentemente al

taranconismo, no se ha conseguido mantener ni integrar la vitalidad militante de

los años difíciles.

El nuevo presidente no lo va a tener fácil. Recibe efectivamente una iglesia que

apostando por la democracia ha conseguido romper el maleficio histórico de u na

Iglesia estructuralmente unida a fuerzas reaccionarias. Pero hay un

broteanticlerical y un cierto desánimo interno que mucho tiene que ver con sus

últimas actuaciones.

 

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