Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El niño     
 
 Informaciones.    31/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

LETRAS DEL CAMBIO

EL NIÑO

Por Jaime CAMPMANY

ESTE ha sido el «week-end» de los congresos. España entera parece un gigantesco palacio de muchos

congresos y de algunas exposiciones. Se han congregado los comunistas de Euskadi. Han celebrado su

congreso los comunistas de Cataluña. Don Santiago Carrillo, que se mueve estos días como un colibrí,

saltó desde el palacio de la carrera de San Jerónimo al Club Siglo XXI; desde el Club Siglo XXI al

palacio de la carrera de San Jerónimo; desde éste a Bilbao, donde escuchó el debate entre comunistas

vascos «centralistas» y comunistas vascos «nacionalistas», y desde Bilbao a Moscú, adonde no iba -según

dicen- desde hace siete años y donde es posible que también se hable de comunistas españoles

«centralistas» y de comunistas españoles «nacionalistas» o eurocomunistas. Don Hugo -o don Carlos

Hugo, como se llamó después- de Borbón-Parma, que ya está otra vez en España, ha presidido el

congreso del Partido Carlista. Y don Blas Piñar ha presidido el congreso de Fuerza Nueva.

El señor Piñar ha dicho que bajo la palabra "reforma" no se escondía otra cosa que la «ruptura». Desde

casi siempre, ante las palabras del señor Piñar siento tanto respeto como disentimiento. Creo,

modestamente, que uno de los aciertos de todos -clase dirigente y pueblo soberano- ha sido el de

superar la polémica reforma-ruptura para decidirse claramente por el «cambio». El cambio no ha

supuesto la reforma tímida y lenta que algunos intentaban ni la ruptura violenta y traumática que otros

propugnaron. Y, sin embargo, como explica Julián Marías, todo ha cambiado.

Algo más ha dicho el señor Piñar. Lo cito entrecomillado, tal y como se incluye en las informaciones

acerca de su discurso: «Nuestras críticas no van dirigidas al pueblo, que se deja engañar como un niño,

sino a la clase dirigente, que pasará a la Historia, no sólo de España, sino universal, como una clase sin

dignidad.» La última afirmación de la frase no me extraña nada, porque ya se sabe que el señor Piñar

siempre está apelando a las dignidades y da fe de la dignidad o la indignidad de unos y otros, bien

personalmente o a través de los terceros oficiales de su notaría política, alguno de los cuales estoy seguro

de que me entenderá.

Pero decir que el pueblo es como un niño que se deja engañar, es una afirmación especialmente infantil,

aun en boca del señor Piñar. Me parece una manera demasiado ingenua de reclamar la patria potestad o la

tutela. Para bien o para mal, el pueblo es no sólo adulto, sino soberano, y se salvará o se condenará como

los hombres, sin inocencias. De momento, no ha caído en los engaños de don Blas Piñar.

 

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