Una Iglesia sin pelos en la lengua     
 
 ABC.    26/01/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Una Iglesia sin pelos en la lengua

La homilía del cardenal primado de Polonia que el domingo se leyó en las 18.000

iglesias del país —y que antes había sido refrendada por todo el episcopado

polaco para recibir también el domingo el explícito apoyo del Papa Juan Pablo

II— es, probablemente, un texto que pasará a la Historia como cima de las

intervenciones de una Iglesia en un conflicto político. Leyéndola es difícil

evitar las comparaciones con otros textos, infinitamente más suaves, y que en

otros países fueron acusados reiterada y hostilmente como intromisiones de la

Iglesia. Pero ésta sabe muy bien que no debe inmiscuirse en problemas

políticos... salvo cuando la libertad y los derechos humanos están en juego. No

teme, entonces, convertirse en «voz de los que no tienen voz» —como dijera el

Concilio—, porque «la Iglesia está para expresar los sufrimientos del pueblo»,

como repitieron el domingo los obispos polacos.

Es el que comentamos un documento extraordinariamente enérgico en sus

contenidos, aun siendo mesurado en sus formas. Y parte de una radical defensa de

la libertad como constitutivo imprescindible de la paz. Aquí las afirmaciones de

la homilía no dejan vuelta de hoja: «La paz está inseparablemente vinculada con

la libertad.» «La verdadera paz nace del respeto a la libertad.» «La vocación a

la libertad es propia de cada hombre y de cada nación.»

Dan los obispos un paso más: responden directamente al gran argumento esgrimido

por Jaruzelski contra la libertad como si ésta condujera inevitablemente a la

anarquía. No es así, responden los prelados, «la libertad no sólo es ajena a los

principios anárquicos, sino que es una tarea que todo hombre debe imponerse como

reflexión».

La palabra de los obispos se hace aún más-dura al anunciar abiertamente que la

supresión de la libertad conduce directamente a la guerra civil. «Conduce a la

protesta, a la rebelión y a la eventual lucha civil». Y no tratan, con ello, de

amenazar con el espantajo de la guerra. Tratan simplemente de llamar a las cosas

por su nombre, ya que son conscientes de la alta temperatura nerviosa que vive

su pueblo y saben que todo muelle oprimido violentamente termina por saltar.

¿Cuál es el camino de solución que ofrecen los obispos? El diálogo. El regreso a

la situación de 198O, que «aportó grandes valores a nuestra vida social y

nacional». El mantenimiento de aquellos pactos «que constituyen una esperanza

para un futuro mejor».

Pero tal vez lo más novedoso del documento es que los obispos no se limitan a

teorías sobre la libertad. Ponen sin vacilación el dedo en. la llaga. Protestan

«respetuosa pero firmemente» por una serie de hechos a los que llaman muy

claramente por su nombre.

Exigen, en primer lugar, la libertad de conciencia y de opinión. Deben «cesar

las presiones por causas ideológicas» con las que se está obligando a los

obreros a firmar escritos antisindicales si quieren mantener su puesto de

trabajo.

Exigen «que se restituya la actividad sindical». Los obreros, dicen

tajantemente, «tienen derecho a organizarse en sindicatos independientes y

autogestionarios». Es, pues, necesario que «cesen los despidos por el mero hecho

de expresar una libre opinión o pertenecer a Solidaridad».

No son menos enérgicos en su exigencia de la libertad «a los detenidos, los

arrestados, los internados, los silenciados». No tienen los obispos pelos en la

lengua al mostrar su preocupación por «los niños que echan de menos a sus padres

o a las familias que lloran la muerte trágica de sus prójimos».

Todo ello se resume en la recuperación de las «libertades constitucionales», en

el «restablecimiento de la normalidad del Estado». Y, con lenguaje de líderes

ideológicos, piden al pueblo que «no ceda ante la consumación de unos hechos que

han suprimido muchas libertades constitucionales» que han sido «recortadas, si

no anuladas, por el actual estado de guerra».

Hay que reconocer que un lenguaje como éste no es habitual en los textos

eclesiásticos, frecuentemente embutidos en una retórica muy clerical y poco

comprensible. Aquí se ha preferido llamar a las cosas por su nombre, sin temor a

las acusaciones de intromisión en política, con un tono que, de ser usado frente

a una dictadura de otro signo, sería recusado en Occidente como demagogia,

cuando es, simplemente, llamar a la libertad y a la opresión por sus nombres

concretos.

Y así es como, frente a las vacilaciones de los Gobiernos europeos y los palos

de ciego de Reagan, es la Iglesia polaca la única fuerza que da solidez a la

resistencia de sus conciudadanos. La Historia juzgará la utilidad de sus

palabras. Nosotros podemos elogiar ya hoy la valentía y claridad que en ellas se

encierran.

 

< Volver