Autor: Urbano, Pilar. 
 El Papa en España. Mañana de sol en Día de Difuntos. 
 Ayer el cementerio se llenó de vida     
 
 ABC.    03/11/1982.  Página: 18-19. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

18/ABC

EL PAPA EN ESPAÑA

MIÉRCOLES 3-11-82

Mañana de sol en Día de Difuntos

Ayer el cementerio se llenó de vida

MADRID (Pilar Urbano). Jamás, como ayer, viví un Día de Difuntos en el que el

lóbrego y sobrecogedor «requiéscat in pace» se trocase con toda naturalidad en

un jubiloso y esperanzado «Alleluya». Pero asf fue. Ai amanecer, entre dos

luces, alta aun la Luna y apuntando ya el Sol por Oriente, grupos y grupos de

gente callejeaban, a pie, en autocares o en turismos, hacia el cementerio de la

Almudena. Gente mayor. Familias enteras. Y jóvenes, (Miles, muchos miles de

jóvenes! La juventud —lo hemos visto en todos los países de «correrías

pontificias» y estamos viéndolo en España—, quiere al Papa. Y, además, sabe

expresarle sin vergüenza, con graciosa picardía, su cariño. Yo pienso que ese

hecho es ya una formidable promesa de renuevos para la Iglesia: son los

sarmientillo de la nueva generación que brota, bien arraigados a la cepa de la

sede de Pedro. ¡Felicitémonos! ¡Esa gente joven despeja, meridiano, el

horizonte)

Una esbelta cruz remataba el alto altar, exornado con un frontal de brocado

dorado sobre el que ardían seis, velones. También adamascado en oro, el dosel

con las palabras evangélicas «ego sum resurrectio et vita». Y, al fondo, un

repostero en fieltro blanco sobre ef que destacaban tos tonos azules del escudo

papal. A las ocho y cinco minutos, cuando aterrizó el helicóptero que

transportaba al Papa, los varios cientos de miles de personas que se habían

concentrado entre las tumbas, los mausoleos y las avenidas de cipreses de la

necrópolis madrileña, prorrumpieron, una vez más, en incesantes aplausos,

vítores de entusiasmo y estribillos continuos de «Juan Pablo II, le quiere todo

ei mundo», que es ya como la melodía ritmada que corteja, en saludo y despedida

apoteósica, cada encuentro con el Papa en España.

Juan Pablo II ha querido incluir esta misa en la Almudena por continuar una

costumbre muy suya y muy polaca. Visita siempre el cementerio de la ciudad donde

esté un 2 de noviembre. En Polonia, nación de muertos, a causa de las sucesivas

guerras y exterminios que accidentan con duelo su Historia, la celebración de

los fieles difuntos se inicia varias jornadas- antes, y fa afluencia a los

cementerios, con flores y velas, es un jubileo piadoso^ masivo y sin fin. Juan

Pablo II sabe también cómo el español tiene clavado en el hondón de su ser ese

«sentimiento trágico de la vida» y esa conciencia cierta de la muerte:

¿En qué país del mundo a los guerreros, legionarios, se les llama «tos novios de

la muerte?»

«Muchos de vosotros tenéis aquí parientes muy cercanos, acaso los mismos padres

de los que habéis recibido la vida. Ellos vuelven en este momento a la memoria

de cada uno, emergiendo del pasado, con el deseo de reanudar un diálogo que la

muerte interrumpió bruscamente...», decía el Santo Padre en la breve alocución

que precedió á la Eucaristía. Para continuar con un trazo de esperanza

consoladora: «Así, en este cementerio de la Almudena se forma una admirable

asamblea, en ía que tos vivos encuentran a sus difuntos y con ellos consolidan

los vínculos de una comunión que la muerte no ha podido romper...»

Fueron palabras de vida, más que de muerte. De resurrección gloriosa en ciernes,

más que de cuerpos destrozados bajo la tierra: «¿Por qué buscáis entre los

muertos al que vive?», apuntaba después, citando el anuncio de los ángeles en la

mañana de la Pascua.

Vestía ei Papa, para la celebración, una casulla morada, traída del. Vaticano,

como todas las que ha de usar en su viaje. Le ayudaban doce acólitos, con albas

blancas. En las gradas del altar, enmoquetadas en paño verde intenso, lucían

.varios cestos repletos de dalias, crisantemos, margaritas y gladiolos,

amarillos y blancos, los colores pontificios. La palia que cubría el cáliz,

confeccionada para esta ocasión, mostraba la imagen de Nuestra Señora de la

Almudena, Patrona de Madrid. Durante las lecturas y oraciones de tos fieles,

cuando se elevaban plegarias por nuestros muertos entrañables, aquellos que

sintieron llegar la muerte lentamente en el lecho del dolor, aquellos que

sintieron segada su vida de repente, en accidente de tráfico o de trabajo, o

asesinados durante la guerra o durante la paz violentada por el terrorismo...

Juan Pablo, ensimismado en oración, juntas las manos y cerrados los ojos, sin

duda evocaba a su madre, Emilia Kawzorowska, que falleció de parto cuando él

tenía nueve años; a su hermana, muerta siendo muy niña; a su queridísimo hermano

Edmundo, médico..., el adolescente Karol Wojtyla contaba doce años cuando

recibió la dolorosa noticia desde Cracovia; a su padre, Karol también, a quien

encontró muerto en la cama, solo, una tarde de 1941, al regresar de su trabajo

en la cantera... Quizá por su corazón, más que por su mente, cruzó aquel verso

suyo de juventud: «Una voz cantaba más allá, en la otra habitación. Y después...

fue el silencio.»

En silencio, bajo un cielo levemente gris, la multitud participó en la santa

misa. Pero he de decir, con todo, que la ciudad de los muertos se había llenado

prodigiosamente de vida. Este Papa, a cada paso, a cada gesto, a_ cada palabra,

va generando vida: alegría y ganas de vivir. Como si la sembrase a espuertas,

desde no sé qué graneros de su riqueza interior. Es un Papa muy humano... y muy

metido en Dios. ,

Cantan el pueblo y la Coral de la Virgen de Mirasierra: «Hacia ti, morada santa;

hacia ti, tierra de salvación...» Después, durante la Comunión, una canción

española que gusta mucho al Papa, en más de una ocasión lo ha comentado:

«Pescador de hombres», resuena en el cementerio.

«Señor, me has mirado a los ojos; sonriendo, has dicho mi nombre. En la arena he

dejado mi barca; junto a Ti buscaré otro mar...»

Doscientos sacerdotes, protegidos con paraguas blancos y amarillos, se dispersan

ente las tumbas con los copones llenos de formas consagradas para distribuir la

comunión. Los cardenales y obispos presentes, aunque ya habían celebrado sus

misas privadas, participaron plenamente en esta Eucaristía acercándose a

comulgar, cosa que yo nunca antes había visto, de manos del Papa.

También yo me acerqué. Permítanme la confidencia, que es muy personal: Desde

hace poco tiempo vengo con demasiada frecuencia a la Almudena para enterrar a mi

gente querida y familiar. Necesitaba un consuelo. Y tuve... una caricia divina;

recibir el Cuerpo de Cristo de las manos del «dolce Cristo in térra».

Y volví a ver, cerca, muy cerca de Juan Pablo II, sus ojos intensamente azules

de «pescador».

La misa ha terminado. El Papa, de nuevo con su manto rojo, entra en el

transparente «papamóvil» para atravesar el cementerio camino del helipuerto

inmediato. Redoblan los vítores y las aclamaciones. El Papa bendice a los vivos

y a tos muertos... Pélalos de flores y papelillos como nieve llueven a su paso.

La picardía juvenil se proveyó, con permiso oficial, de tres mil guías

telefónicas de hojas blancas y de hojas amarillas que pacientemente desmenuzó en

pedacitos para acompañar los itinerarios de Juan Pablo II.

También son jóvenes los que en las noches madrileñas del Papa rondan sus

ventanas de la Nunciatura con guitarras y canciones y salmodias repetidas de

«juanpablosegundo/asómateunsegundq»... Y no se van de allí hasta que, tras los

visillos, ven la figura blanca inconfundible del Pontífice que abre las ventanas

y se asoma para dialogar un rato con ellos.

 

< Volver