Autor: Gundín, José Antonio. 
 El Papa en España. Juan Pablo II compartió la mesa con las familias españolas. 
 La multitud escuchó conmovida las palabras del Papa     
 
 ABC.    03/11/1982.  Página: 24. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Juan.Pablo II compartió la mesa con las familias españolas

La multitud escuchó conmovida las palabras del Papa

MADRID (J. A. Gundín). Quienes lo hayan visto, recuérdenlo siempre; quienes

hayan asistido y participado, grábenlo con letras imborrables; pero quienes lo

hayan ignorado, laméntense: nunca tendrán otra oportunidad para ver palpitar en

pleno corazón de Madrid a cas! dos millones de almas. Ayer, en el paseo de la

Castellana, el pueblo español logró dos cosas que jamás se habían registrado

antes: una manifestación de alegría fuera de toda proporción y emocionar al Papa

hasta las lágrimas. Juan Pablo II, ayer, quiso compartir su mesa —la misa— con

la familia española y cosechó la más impresionante muestra de amor filial que

podía imaginar. Nosotros somos los primeros y afortunados sorprendidos.

«Alrededor de tu mesa venimos a recordar que tu palabra es camino», comenzaba la

canción que abría la celebración éucarística. Y .alrededor de aquella mesa,—un

altar de tres pisos en la plaza dé Lima—"se habían ido concentrando desde

primeras horas del día familias llegadas de toda España. A medida que fue

transcurriendo el día, el paseo de la Castellana, las calles de Concha Espina y

de General Perón, las terrazas y azoteas y balconadas fueron poblándose de vivas

y alegría. Dos horas antes de que llegara el Papa, ya todo estaba a punto: el

presidente del Gobierno y su familia/las primeras autoridades provinciales y

nombres destacados de la vida nacional, en-sus palcos engalanados; los coros

nacionales, en sus estrados; los 600 sacerdotes dispuestos para repartir la

comunión, vestidos con sus albas blancas; los minusválidos, en número de 400, y

los sordomudos, en número similar, al pie del altar; el casi centenar de

asociaciones y movimientos familiares que existen en España, en sus zonas

acotadas y convenidas; los 40 obispos que concelebrarían con Juan Pablo II, ya

dispuestos para revestirse con las vestiduras sagradas... Y el pueblo, las

familias de España, generosamente desparramado bajo la tarde otoñal de un Madrid

que, desde ayer, ya es más histórico.

La llegada de Juan Pablo II a la plaza de Lima es inútil describirla. Baste

simplemente este detalle: las fuerzas del Orden y Seguridad, ampliamente

curtidas en la tarea de encauzar a las masas, se- derrumbaron ante las

aclamaciones de los casi dos millones de gargantas y sólo acertaron a entrelazar

unos cordones humanos. Todos nos asustamos y poco, es cierto, ante la llegada

del Pontífice.

Juan Pablo II recorrió, a bordo de su «pa-pamóvil», las calles que desembocan en

la plaza de Lima y no cesó en ningún momento de impartir su bendición. La

apoteosis-Jlegó cuando el Papa, ya revestido de su casulla morada para la

celebración, subió al estrado más alto del altar y abrió sus brazos en un deseo

de abrazar a todos. Entonces,-el sol se oscureció por un mar inmenso de banderas

nacionales, pancartas, pañuelos y papelitos de colores...

El cardenal Tarancón —el hoy joven arzobispo de Madrid— recitó la bienvenida que

introdujo la concelebración éucarística. «Os pedimos consejo y orientación. Como

padre en la fe de todos los cristianos, recordadnos los deberes y derechos de la

familia: vuestra palabra será un estímulo y nos devolverá la esperanza»... Fue

una hermosa introducción que Juan Pablo II premió con un abrazo al cardenal. Y,

minutos más tarde, confirmaría con su importante discurso.

Antes de que comenzara el acto, los altavoces habían hecho una advertencia: «Por

favor, no aplaudan durante la homilía´del Santo Padre. El mismo Papa así lo ha

pedido.» Fue una advertencia inútil. Y Juan Pablo II contribuyó, con su poderosa

entonación, a que la multitud -resquebrajara el atardecer con un volcán de

aplausos. Hubo aplausos cuando el Papa aludió a la indisolubilidad del

matrimonio, al derecho de elegir la educación de los hijos, a la legislación

adversa a la estabilidad matrimonial, al falso recurso de la contracepción...

Pero cuando verdaderamente vibró el corazón de Madrid fue con la condena —

enérgicamente entonada—del aborto...

La manifestación familiar de ayer concluyó como había empezado: anegada en

delirio casi irreal.

Después, muchas horas más tarde, la gente comenzó a reaccionar como si

despertaran —ya caída la noche— de un sueño. A nadie le extrañe: todos

llevábamos dos mil años soñando con este día. Y cuando Juan Pablo II vuelva a

Roma y desembale los miles de regalos recogidos en este su viaje habrá uno que

le hará emocionarse: una vajilla —de la mejor porcelana de Talavera— con su

escudo papal. Recordará, en ese momento, que compartió su mesa con la familia

española durante dos-inolvidables horas.

 

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