Autor: Umbral, Francisco. 
   Mitologías     
 
 Interviú.    31/07/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Mitologías por Francisco ISribral

Ahora ha estado en Brasil. Es lo mismo. No se entera. No quiere enterarse. Dice

obviedades, que es lo que llevan diciendo los papas desde que san Pedro se lavó

los pies para subirse dignamente a la piedra:

— Que gane el mejor y que haya paz.

Así, más o menos. La Iglesia, madre que no toma la pildora, y maestra en no

enseñar nada, llevaba un largo tiempo de papas intelectuales, exentos y

extáticos. Pío XII era un intelectual que se presentaba crucificado en el vacío,

de Cristo blanco/blanquísimo. Juan XXIII, un intelectual de Boccaccio que quería

meterle Renacimiento y sociología al invento. Pablo VI, un cardenal rojo que,

por natural dubitación intelectual, en el viaje Milán/Roma, en carro de

fuego/íet, se hizo liberal/reprimido y quiso explicarnos, intelectualmente, que

la pildora era mala para el cuerpo/alma, como si la pildora antibaby fuese una

monada de Leibnitz o un imperativo categórico de Kant. Más de una amiga mía se

ha quedado preñada por no ponerse a tiempo el imperativo categórico. Hay hijos

de Kant, como hay hijos de Ogino.

Todos muy romanos, intelectuales, renacentistas. Poco populares. La Iglesia,

madre de pecadores y maestra de los siglos, comprende de pronto que necesita un

Papa con marcha, que no sea romano ni intelectual, que sea moderno; y ya sabemos

que ser moderno es todo lo contrario de ser revolucionario. Revolucionarios eran

Heráclito y Cristo. Cárter y Suárez son simplemente modernos.

Ya que no puede dar revolución —amagos de Juan XXIII y Pablo VI—, la Iglesia ha

decidido dar modernidad. Modernismo. Ponerse «modernosa». Lo hacen todos los

estados del mundo. ¿Por qué no iba a hacerlo el Estado vaticano? Se le mete

marcha al rollo para que parezca otro. Es el «alucine» teológico, la «passada»

mística, el cuelgue celestial, el poner alto al personal mediante dosis

«cegueronas» y sobredosis de Dios. Wojtyla viene de la Iglesia polaca del

silencio. Más o menos. Wojtyla usa rebeca, se pega carreras, ha escrito versos y

teatro, bebe «cocacola» en grandes cantidades (como le ha visto bebería Manu

Leguineche. en un país de esos del Tercer Mundo donde va a predicar su

catcquesis de la resignación). Wojtyla es nuestro hombre en el cielo.

Hay que ir al bulto, al mogollón, allí donde está el peligro, a los mapas

cruciales del hambre. Méjico, Brasil, Oriente. No para hacer la revolución, sino

para hacerse la publicidad. Besar a una niña remorenita, dulce y mínima flor de

favela, es como cuando yo beso a mi gato: un ademán tierno, pero en el fondo,

burgués.

Un Papa/Siglo XX/cambala-che que ignorase la tragedia de tango que vive el

mundo, sería un Papa impopular. Un Papa que fuese al corazón de la tragedia sólo

a rezar el rosario de los cocoteros, no sería un Papa de hoy. Sería un Padre

Peyton revestido de triángulo isósceles/teológico. El Papa, Wojtyla, tiene que

ir a Brasil, como ha ido a otros sitios, besar a una niña, dar la razón a los

obispos revolucionarios, no quitársela a los oligarcas multimillonarios, posar

para la imagen de los «mass-media», que vale más que sus mil palabras obvias, y

vuelta a casa. Es lo de las señoras de la Conferencia o del Ropero de la

parroquia, pero a nivel galáctico. Dar modernidad por revolución me parece el

truco del almendruco que se ha sacado nuestro siglo, el gran toco-mocho

capitalista. La modernidad, cuando no incluye la revolución, se queda en

«modernosi-dad», que es lo que nos vende este particular de falda blanca,

mandíbula púgil y «jet» que no cesa.

Wojtyla, leñador polaco que ha venido a talar los bosques del nuevo paganismo

ecológico y pasota, boxeador que nació para peso pesado y acabará negociando

tongos en el Campo del Gas, forzudo de Dios, atleta que levanta la piedra de

Pedro, sobre la que Cristo edificó su Iglesia, y se la pasa alrededor del

cuello, como un collar planetario o una bufanda de granito, no es un Sí-sifo con

solideo, condenado a subir y bajar el pedrusco, sino un exhibicionista de ferias

y fiestas que vuelve a dejar la peña donde estaba, se bebe una coca a morro y

sigue viaje.

Más que teología hace halterofilia, cuando va por el mundo adelante.

Lo mismo puede levantar en brazos a una niña asténica y atea, que levantar el

siglo entero, en Manhattan, si se lo pide o paga Kennedy, que el viaje es caro y

la Iglesia pobre. Hasta ahora, Wojtyla no ha hecho más que demostraciones de

fuerza física, bordadas por el primor de lo vulgar e inevitable: besar a un niño

o aceptar la pluma de un salvaje desnudo y bueno que no ha feído a Rousseau. La

Iglesia, como todos los estados de la Tierra, ha suplantado hoy revolución por

modernidad. La gente teme la revolución — incluso alguna gente vagamente

revolucionaria — , y le encanta la modernidad. La revolución suele venderse en

un libro y la modernidad/«modernosidad» suele venderla un hombre, una cara, una

imagen. Así no hay nada que estudiar. Sólo enchufar el invento de´los

«telepáticos». Ser moderno es más descansado que ser revolucionario. Los

anteriores papas dubitaban como un Ham-let a lo divino. Este, con su marcha y su

cultura física, ha encontrado la fórmula. Ni revoluciona-rismo ni

reaccionarismo: «mo-dernosidad».

Le va divino. Y nunca mejor dicho.

Wojtila

 

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