Autor: Sopena Daganzo, Enrique. 
   El discurso de Don Gabino     
 
 Diario 16.    25/06/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

El discurso de Don Gabino

El sucesor del cardenal Tarancón en la dirección de la Conferencia Episcopal,

Gabino Díaz Merchán, parece querer volver a la tradición oscurantista de la

Iglesia española. Naturalmente, tras la reivindicación «ultra» del catolicismo

esencial de nuestra Patria, se esconde el temor a la pérdida de sus privilegios

en el campo de la Enseñanza.

La Iglesia española, tras la etapa que protagonizó durante la agonía del

franquismo y en los primeros años de la transición, después de la época

posconciliar y de los tiempos de monseñor Tarancón, está volviendo

aceleradamente a su tradición: una tradición que hizo de la misma, durante

siglos, una institución más conectada con el pasado —el pasado utilizado aquí

como término peyorativo— que con el futuro; más próxima a las capas

reaccionarias que a las capas ilustradas, más cercana a la protección de los

poderosos que a la de los desheredados.

El sucesor de Tarancón, don Gabino —un obispo que parecía, sin embargo,

moderadamente receptivo a ciertos planteamientos progresistas—, pronunció el

lunes, con motivo de la XXXVIII Asamblea Plenaria de los Prelados Españoles, un

discurso sombrfo, cargado de muchos de los argumentos que tanto complacen a la

derecha más cerril de este país.

Con solera

La visión que don Gabino Díaz Merchán ofreció de Es• paña no hubiera sido

mejorada por Menéndez Pelayo: «Una nación con vieja solera cristiana, sacudida

por fuertes cambios sociales y combatida en sus valores morales por fuerzas

poderosas.» La España cuya principal y única seña de identidad es el catolicismo

—la católica España, la España eterna, martillo ´de herejes— se encuentra, pues,

según la versión del presidente de la Conferencia Episcopal, sumida en un

combate singular y decisivo, aquel que libran los seguidores fieles del bien

frente a la ofensiva demoniaca de los agentes del mal, esas anónimas y temibles

«fuerzas poderosas», empeñadas en socavar los cimientos de una sociedad mediante

dos peligrosos instrumentos: los cambios sociales y el desarme ideológico.

Díaz Merchán, reorganizando la cruzada

A la Iglesia española —en la medida que el conjunto de sus obispos la

representa— le atemorizan los «cambios profundos y acelerados», que van aunados

a «la insolidaridad nacional y el egoísmo que va introduciéndose en los

planteamientos autonómicos, en los partidos políticos, en las profesiones y en

el mundo sindical». Ese egoísmo se ve favorecido por «el ataque permanente a las

buenas costumbres de nuestro pueblo, como si el progreso de nuestra nación

dependiera de que arrojemos por la borda nuestras sanas costumbres, los valores

de la familia y la decencia».

Ley de Educación

Del fondo de esta postura emerge el enojo suscitado por el proyecto de ley

regulador del derecho a la educación, primera medida del Gobierno socialista que

recorta, siquiera tímidamente, los seculares privilegios de la Iglesia católica

en el campo de la enseñanza. La Iglesia, acostumbrada a moldear los

comportamientos y la mentalidad de millones de españoles, no se resigna a

desempeñar su labor en un medio distinto que trata de conjugar los legítimos

planteamientos de quienes se confiesan católicos con los de otros habi-tualmente

postergados, como el derecho a fiscalizar por el Estado el dinero concedido por

el Estado —es decir, el dinero de todos: católicos o no—, o el de ir creando

unas condiciones que impidan el flagrante y más grave atentado a la libertad de

enseñanza, el de aquellos que, por motivos económicos, no han podido acudir ni

pueden acudir a una escuela, a un colegio o la Universidad.

Cuando millones de españoles han apostado por un proceso de regeneracionismo,

que no otra cosa está siendo ni pretende ser, por el momento, ese fenómeno que

ha venido a denominarse cambio, de nuevo surge la voz de la Iglesia proyectando

una imagen de freno, subrayando los aspectos que considera negativos, alentando

las posturas involucionistas y tratando de convertir este país, otra vez, en el

escenario de luchas religiosas o, mejor dicho, luchas que, bajo la apariencia de

religiosas, ocultan intereses que, si se viaja hacia la esencia del mensaje

evangélico, muy poco parecen tener que ver con las auténticas claves de la

religión católica.

En sintonía, convendrá señalarlo, con el conservadurismo radical de Juan Pablo

II, que fustiga a los curas de izquierdas «porque no deben mezclar la religión

con la política», mientras él alienta la práctica de la política en el clero de

su país —observación ésta, sin embargo, que no debe interpretarse como favorable

al régimen vigente en Polonia—. La Iglesia española está perdiendo otra

oportunidad histórica para desengancharse de sus vínculos ancestrales y

acometer, de este modo, su propia reforma mediante la conexión con ese «nuevo

tipo de sociedad que está naciendo y que todavía no acertamos a imaginar», según

el mencionado discurso de don Gabino.

La cruzada

En 1931, la Iglesia española prefirió tomar partido frente a la República y

acabó siendo la Iglesia de la cruzada, la Iglesia de media´ España enfrentada a

muerte con la otra media. Ahora, ideológicamente, el proceso es parecido, aunque

por fortuna no parece que haya que reproducirse una situación límite y tan

brutal como la iniciada con la sublevación militar del 18 de julio. Pero dejando

de lado esta vertiente del problema, lo cierto es que empiezan a abundar los

síntomas que indican hasta qué punto la jerarquía eclesiástica sigue sintiéndose

más cómoda en un contexto integrista que en un contexto de signo contrario.

No son especulaciones. EL gesto del primado, don Marcelo, oficiando la primera

comunión de los hijos de un matrimonio de divorciados —pero unos divorciados de

apellidos «ilustres»—, mientras prohibe la asistencia a la procesión del Corpus

a ministros católicos como Fernández Ordóñez o Ledesma por leyes que le

disgustan, hubiera podido quedar como la expresión de una Iglesia residual. Por

desgracia para este país las posiciones de la Conferencia Episcopal hacen

sospechar que lo que encarna don Marcelo no sólo no va de baja, sino que goza de

excelente salud.

 

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