Autor: Cardín, Alberto. 
   Laicismo y catecismo     
 
 Diario 16.    01/10/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

ALBERTO CARDIN

Escritor

Laicismo y catecismo

La Iglesia española—que condena el aborto, la homosexualidad y los

anticonceptivos— y los severos padres católicos —que pagan los «masajes» con

tarjeta de crédito y mandan a las niñas a abortar a Londres— han derrotado de

plano al Gobierno en la «guerra de los catecismos». Aquí se analizan las

consecuencias de esa derrota laica.

No es de esperar que el Alfonso Guerra poeta haya desechado aún del todo

aquella expresión suya de hace año y medio sobre «el fru-fru del raso de las

sotanas episcopales», dado e! peso que en su estimativa metafórica tienen las

imágenes decimonónicas, pero, al menos, el vicepresidente Guerra habrá podido

comprobar, tras su reunión con el trío delegado por la Conferencia Episcopal

para paccionar sobre la «guerra de los catecismos», que los obispos de hoy día

no necesitan de hebillas de plata, medias fucsia y manteos de raso para imponer

descaradamente sus criterios en cuestiones de moral y de enseñanza.

No sé cuáles serán los «criterios pedagógicos» convenidos con la

delegación.eclesiástica para explicar a los niños que la guerra y el aborto son

por- igual abominables, pero lo que sí es cierto es que en un país donde no se

permite a los gitanos ser luteranos, donde se magulla y medio se mata a los

obispos de otras sectas, donde las delicadas damas del ropero gozan imprimiendo

carteles con fetos ensangrentados, y donde respetables padres de familia truenan

contra el aborto y la homosexualidad, mientras sus hijas van a abortar a Londres

y ellos mismos emplean los servicios de ambiguos masajistas pagados con tarjetas

Visa: -con semejante panorama por delante, difícilmente podrá ningún Gobierno

laico sentar las bases mínimas de un tratamiento racional de la moral y la

religión, que sean pedagógicamente transmisibles.

Durante los últimos cien años, aproximadamente, de historia pedagógica española,

el problema de ia educación moral ha venido resolviéndose por la simple

inversión del magisterio de la Iglesia, de acuerdo con diversas doctrinas

concurrentes entre sí, y que, estadística, si no mecánicamente, conectables con

determinados sectores sociales, fueron sufriendo las mismas vicisitudes,

modificaciones y reagrupamientos ´de éstos.

La implantación pedagógica exclusiva del llamado «nacional catolicismo», a lo

largo del periodo franquista, dio lugar, en cambio, a una curiosa inversión

formativa, por la que gran parte de la nueva élite intelectual criada a pechos

de la escolástica macarrónica del régimen, creaba a partir de las trastiendas de

las librerías una cultura especularmente contrapuesta a la oficial, encuadrada

en gran medida por un marxismo libresco, y que poco a poco fue comiéndole

terreno a la pedagogía oficial, por vía de un «entrismo» perfectamente

naturalizado.

Esa cultura contraoficial

de los últimos años del franquismo es hoy la cultura oficial que se imparte en

las Universidades, lo suficientemente diversificada como para abarcar las

mínimas variaciones del pensamiento moral español, y claramente consensuada

(inconscientemente) como para no llevar la crítica más allá del punto donde los

intereses políticos bloquean las necesidades de expresión.

Hablaba Ortega en su Rectificación de la República de esa «misteriosa ley de

nuestra historia según la cual en España no ha habido nunca ni vencedores ni

vencidos». Y nunca más claro se ha visto esto que en esa inversión formativa por

la cual la España católica de ayer es la España socialista de hoy, sin haber

dejado de ser católica. Lo que ocurre es que la ley de que hablaba Ortega nada

tiene de misteriosa, del mismo modo que los bandazos de la historia española

nada tienen de monolíticos: no es un cuerpo social rígido que invierte su

tendencia lo que aquí se deja ver, sino un cuerpo amorfo que mantiene su

anarquía por debajo de todas las superestructuras ordenadoras que intentan

imponerle.

La única ley que verdaderamente rige su actividad es la de la inercia atávica,

que encuentra su punto focal en la reproducción de arquetipos, y su cohesión en

la reiteración de ritos o acciones obsesivas. De ahí la perennidad de la Iglesia

como estructura encuadradora (en cuanto ofrece a la vez supremos modelos

arquetípi-cos y rituales), y de ahí la necesidad de que cualquier modelo dé

poder que intente momentáneamente implantarse en España asuma una forma

semieclesial, o llegue a algún tipo de acuerdo con la Iglesia.

-Tan modélica es la Iglesia en su forma de encuadrar lo amorfo bajo una

apariencia de jerarquía, que en ella la libertad de tendencias organizadas (las

órdenes religiosas) está consagrada desde por lo menos el siglo IV. De ahí que

la actual floración de movimientos semiheréti-cos en su seno no sea más que una

mera adecuación a los «signos de los tiempos», que exigen cubrir por igual el

flanco de la guerrilla como el de la perversión sexual.

A la Iglesia católica lo único que le interesa es el mantenimiento del orden

exterior: la apariencia disciplinar y la profesión de fe ritual. Lo que

constituye, por otro ladq, el modelo de toda acción política, en la medida en

que parece no poder haber una verdadera arquitectónica social que haga coincidir

la apariencia de orden con la satisfacción real de las masas —y menos aún de los

individuos.

Podría, pues, plantearse que, frente a poder tan fatalmente modelizador y

envolvente, no conviene la rebeldía, y sí tan sólo la paciente espera, en la

medida en que el cuerpo maternal de la Iglesia, que todo lo acoge y lo integra,

acabará por reflejar la aceptación mayoritaria de los cambios morales que hoy en

día son aún tema de debate.

La comprensión de los límites resulta en este caso más eficaz y saludable que el

exabrupto. Pero ´más sabio aún resulta estudiar a este cuerpo aprisionante desde

dentro y parodiar sus .propios métodos. Tal vez lo que el Ministerio de

Educación tendría que hacer es ir más allá que la Iglesia, e imponer la teología

sistemática en los colegios, antes que el catecismo.

 

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