España política y España real     
 
 Informaciones.    20/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

ESPAÑA POLÍTICA Y ESPAÑA REAL

LA vieja distinción de la España oficial y la real se daba en una época, ya muerta, en la que esa España

oficial no tenía respaldo ni aval populares, en la que había efectivamente dos mundos alejados,

dolorosamente -para la España real- divorciados. Con un Parlamento elegido por sufragio universal,

con el desmantelamiento de las viejas instituciones totalitarias, se van acercando de forma espectacular

las dos Españas. Pero se nos ocurre que va surgiendo una nueva división, menos dramática, claro está,

pero todavía harto preocupante: la de la España política y la España real. Habrá que evitar a toda costa el

divorcio entre la España política y la España real.

Mientras la clase política, entusiasmada con los oropeles de la carrera de San Jerónimo, se lanza a mil

debates parlamentarios de los que una buena parte van a resultar estériles, y desencadena su frenesí

legislador (más de cien enmiendas a la reforma fiscal; docenas de complejos proyectos de ley pendientes,

cuando aún se puede decir que las Cámaras no han comenzado seriamente a funcionar), el país real se

debate con huelgas de hoteleros, panaderos, camioneros y basureros, con una nueva sorpresa

desagradable cada día. El Gobierno, volcado en actividades similares a las de las Cortes, parece dejar de

lado, en más de un caso, los problemas de la calle y permite, por negligencia, que lleguen a situaciones

límite.

Creemos ver detrás de esta situación de despegue de la clase política un vicio muy español: ahora que

gobernantes y legisladores tienen conseguida la legitimidad democrática tras unas elecciones, desdeñan,

en su labor cotidiana, las obligaciones que tienen contraídas para con sus electores, los de sus provincias,

los que les han dado el respaldo que les permite actuar políticamente. Y esos electores son los que no

tienen pan un día o tienen que soportar la violencia de unos «incontrolados» otro día. Los problemas

acuciantes del país, merecen -mejor: exigen, ante un electorado soberano- más atención de esa España

política que debe bajar de su torre de marfil y restablecer el contacto diario con el pueblo, para que se

diluya esa creciente diferenciación entre la España política y la España real.

 

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