La Ley orgánica y los gobiernos homogéneos     
 
 ABC.    09/07/1969.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ABC. MIÉRCOLES 9 DE JULIO HE 1969. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 18.

LA LEY ORGÁNICA Y LOS GOBIERNOS HOMOGÉNEOS

Las mültieles reacciones que ha suscitado nuestro reciente editorial sobre el tema de la Presidencia del Gobierno prueba que existe una legítima inquietud entre Jos españoles ante un posible perfeccionamiento del cuadro institucional, rematando el edificio que dibujaba la Ley Orgánica. La buena voluntad de todos, las respuestas y las inteligentes aportaciones que hacen al tema, nos aconsejan volver sobre el asunto con algunas precisiones, que en cualquier caso están inspiradas, como es norma de este periódico, en un riguroso ejercicio de la indepencia de pensamiento.

Estando, en líneas generales, todos de acuerdo en que la separación personal >ie los cargos de Jefe de Estado y de presidente del Gobierno significaría un avance institucional muy importante, no hace falta insistir sobre tal punto, sancionado con un aceptable consenso de los órganos de información. Cuestión más debatida es la de la supuesta homogeneidad de los Gobiernos que pudiesen constituirse con arreglo al egguema trazado por la Ley Orgánica, y aquí conviene hacer dos clases de aclaraciones de distinto orden que permitan evitar nuevos errores a la hora de interpretar nuestro pensamiento. En primer lugar, tenemos el propio texto de la Ley que, en se título III y en sus artículos 17, 18 y, sobre todo, 20, presenta un tipo de relación entre el presidente del Gobierno y sus ministros distinto al que hasta ahora ha venido ordenando dentro de la práctica política las relaciones entre el Jefe de Estado, simultáneamente presidente del Gobierno, y los ministros actuales. Los textos legales y el uso político han tejido, entre el Caudillo y sus ministros unas relaciones de signo vertical que después el propio Jefe del Estado personalmente reducía a un denominador común de acción coherente de gobierno, •desprendiéndose cuando llegaba la ocasión de los ministros que su alta autoridad no consideraba como los más idóneos en interpretar una situación política determinada. Pero esta relación vertical entre ministros y Jefe del Estado no llevaba implícita la, relación horizontal interministerial, confiada a la autoridad gigantesca del hombre bajo cuya firme mano ha marchado España.

Al desaparecer de la cabecera del Gobierno la autoridad incomparable del Caudillo, porque no jueguen las disposiciones transitorias, total o parcialmente, y se implante entre los ministros la responsabilidad solidaria que establece el artículo 20, está claro que se habrá producido una situación muy diferente a la actual, ya que resultaría imposible, humanamente hablando, que un ministro en discordia con otro, pongamos por ejemplo, sobre un tema económico esencial, acepte compartir la responsabilidad de la decisión con quien combate sus ideas. Esta versión del artículo 20, que adelantábamos en nuestro editorial, es la misma que ha estudiado con gran finura política e! profesor Carro Martínez en el excelente número monográfico de la "Revista de Estudios Políticos", dedicado a la Ley Orgánica, donde dice textualmente: "Este artículo 20 es de consecuencias políticas incalculables, pues constituye un germen exótico en todo el sistema. Todos los Gobiernos, hasta ahora, han sido de concentración; todos los Gobiernos han sido fiel reflejo de la concurrencia de pareceres existentes en el país. Pues bien; al exigir ahora solidaridad, que es tanto como unanimidad, se abre paso a una situación que en sus últimas consecuencias debería provocar Gobiernos más uniformes de los que hasta ahora ha habido, con el trascendental cambio de sistema que esto supondría." Sea o no correcta la interpretación del profesor Carro, resulta, sin embargo, evidente que hablar de Gobiernos homogéneos en el caso

de la separación entre las Jefaturas del Estado y del Gabinete corresponde a una cierta versión de la Ley Orgánica, que puede teóricamente admitirse y en la que, como verán nuestros corteses contradictores, no estamos totalmente solos.

Pero como en la práctica toda Constitución son unos textos más unos hábitos, convendría situarse en el terreno de la realidad para comprender que la propuesta homogeneidad de los gobiernos montados con arreglo a la Ley Orgánica no debe entenderse—y nos interesa aclarar lo que alguien haya podido leer equivocadamente—como una forzosa uniformidad mental de los ministros todos, ni siquiera como una identidad de origen político entre los miembros del Gabinete. Dentro de las grandes familias políticas que han venido suministrando habitualmente el personal ministerial, existen posiciones muy diversas que permiten agrupar hombres identificados con determinada acción de gobierno, aunque su nacimiento político sea diferente. Es innegable que la amplia zona de reclutamiento nacional que engloba la Falange ha permitido que haya falangistas de tonalidades varias, exactamente lo mismo que pasa en el interior de la democracia cristiana, la tecnocracia neoliberal o el Opus Dei. Hay falangistas de izquierda y de derecha —y empleamos estas denominaciones a conciencia de su imprecisión—, como hay miembros del Opus Dei gubernamentales y antigubernamentales.

Como los contornos de las afinidades políticas españolas contemporáneas no pasan siempre al exterior de ellas, sino frecuentemente por el interior de las propias Asociaciones, que carecen de la estructura monolítica de un antiguo partido político, está claro que se encuentran partidarios .de la economía de mercado, de la planificación indicativa y de la política de rentas en muchas de nuestras constelaciones políticas, como también tenemos semidirigistas amigos de las nacionalizaciones y de una versión más socialista de la economía, en diversos sectores de la vida nacional. Con los primeros podría formarse un Gobierno homogéneo aunque tuviesen diferentes orígenes, y también con los segundos; lo que evidentemente no permitiría la corresponsabilidad ministerial que contempla la Ley Orgánica seria la amalgama de dirigistas y neoliberales; de partidarios de las nacionalizaciones y de la economía de mercado.

La coexistencia de estas dos actitudes contradictorias conduciría casi automáticamente al estallido de una crisis que arbitraría el presidente del Gobierno proponiendo Ja separación del ministro en-torpecedor.

Esto debe ser justamente lo que la Ley Orgánica intentaba evitar. Y así también se abriría la posibilidad de que un equipo gubernamental pudiese ser íntegramente relevado de sus funciones, cuando la política elegida hubiese fracasado en el ánimo del Jefe del Estado y del Conseio del Reino, binomio de equilibrio donde descansa el juego institucional de la Ley Orgánica. La propuesta de la homogeneidad gubernamental no es, por lo tanto, una maniobra de monopolio político, sino una consecuencia del texto de la Ley Orgánica, que podrá considerarse benéfico o maligno, pero que, según nuestras opiniones, parece desprenderse naturalmente de un texto aprobado por el voto de la Nación.

 

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