Autor: Aparicio, Juan. 
   Ni vencedores ni vencidos     
 
 Pueblo.    02/06/1967.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Un penibético en las Cortes

Para la agorería medieval, heredada por los refranes populares y heredera de los avizorantes augures romanos, según la corneja volara hacía, la diestra o siniestramente, se preveía el sesgo tasto o nefasto de los acontecimientos inminentes, así como la aparición de la pajarita, de las nieves anunciaba este fenómeno meteorológico y el ornitólogo de la plaza Real de Barcelona nos adelanta las mudanzas de la, temperatura, mediante la observación de los pájaros de la Europa boreal, que llegan volando al Mediterráneo. El señor Cotorruelo Sendagorta no es un ave, sino un economista, procedente del frente de juventudes, que trabaja junto OT Comisaria del plan, con su mismo entusiasmo juvenil y la discrepancia de su carácter, comprobada en su oposición a la mayoría de los ultras, durante el debate de la ley de Libertad -Religiosa y a las herméticas provincias, durante la discusión de la ley de Representación Familiar; pero que al adherirse al criterio gubernamental de la Ponencia, aceitando que la ley, alrededor de cuyo nottiure de pila disputaban a lo largo de dos días con apasionamiento los padrinos y los invitados de los compadres, se denominase Ley Orgánica del Movimiento y de su Consejo Nacional, y ¡mrTKIMo por la perfección del desarrollo inovimentista» ya que el señor Cotorruelo es un técnico del desarrollo planifinador, nos trajo el convencimiento de que el título bautismal se aprobaría.

Sin embargo, se rindieron las posiciones antagónicas y tras un fogueo y hasta con andanadas artilleras dentro de un par de jornadas extenuantes, se ha pasado del obstáculo preliminar, sin vencedores ni vencidos, como filantrópicamente había propuesto don José Castán Tobeñas, el venerable procurador, que es presidente del Tribunal Supremo. Pero el señor Castán también dijo que aquel debate no había sido inútil, sino fértilísimo, añadiendo nosotros que si de la discusión no salió la luz, puesto que con anterioridad al torneo oratorio y al armisticio final resplandecía el sol en la calle y las lámparas alumbraban en el salón, se había sacado anticipadoramente una imagen reveladora de la España futura.

Aunque intervinieron con brío los exponentes del pasado y de la experiencia pretérita, ya fuese por la enérgica voz en pro del septuagenario don Pedro González Bueno, ingeniero correligionario de Calvo Sotelo y lirogo ministro de Organización y de Acción Sindical en el primer Gobierno de ^Franco o por el desplante en contra del navarro señor Arellano, legatario del conde fffr Rodazno, hasta en sw apiwwtmaeián -a. Estoril, atajándose de Montejurra, o por el protocolo notarial favorable del alcalde de Barcelona; lo más estrepitoso y trepidante consistió en la convergencia de pareceres de los procuradores más jóvenes, defendiendo la existencia y el porvenir del Movimiento, creatura de Franco, cual una hazaña nacional, universal y autobiográfica. De este modo se comportaron el catedrático de Derecho Natural, señor ASÍS Garrote; el abogado del Estado don Cruz Martínez Esterueras, en «*da nueva ocasión désplegstinhr una máxima y velocísima inteligencia, arroltadora en su juridicidad y en la inflexible dialéctica de un raciocinio vertiginoso; el catedrático de Filosofía don Adolfo Muñoz Alonso, que h» puesto su vallisolitanismo integral, y a Aristóteles y Heidegger al servicio de la sacra causa; el magistrado señor Giómez Aranda, el encoiTUiulu´ y fimnipresente duque de Primo de Rivera, el indicativo señor Cotorruelo, programador del Plan, e incluso, y de manera destacadísima, el abogado del Estado y ponente don Licinio de la Fuente, quien naso «•( broche áureo y verBStt a la sesión y al debate.

Frente a tales personalidades parlamentarias, cuyas carreras políticas deben desplegarse y ser atendidas por los españoles, a medida que se impongan el mecanismo del diálogo público y la tercera solución española, diferente de la pluralidad de partidos y del Partido con arrogante letra mayúscula, sobreviven algunas singularidades antiguas, no por la edad, sino por el vigentísimo abolengo de su conducta y de su evocador lenguaje. Don Fermín Sanz Orrio. ahogado *~* Estado y pamplonica de humor agridulce, tuvo la inspiración, aplaudida unánimemente, de repetir sin proponérselo, dada su originalidad nativa, la. actitud del filósofo del Derecho lering al escribir su imperecedera «Jurisprudencia en broma y en serio»», cuando puso el dedo sobre las llagas que escocían, pero en seguida el bálsamo del apaciguamiento, para impedir que en el exterior se supusiera que los procuradores del Movimiento, dentro

del cual coinciden aún los aparentes antiinovimentistas, eran prolijos }´ estaban divididos.

El señor Sanz Orrio solicitó de Ja sabiduría del profesor Muñoz Alonso, pues se sentía trascordado, a! desalojarle de su escaño habitual, extraviársele las gafas y padecer las habilidades parlamentarias del bondadoso presidente, cuál era el rótulo de un libro dialogado de Platón donde se describían los riesgos producidos en el país por la división confusa de sus sabios, es decir, de sus políticos. Don Adolfo, que las coge al vuelo, que os por donde vienen los presagios, contostó de pronto: «En el de "República, ivo"»,

Don Mariano Navarro Rubio, letrado del Consejo de Estado, ex ministro de Hacienda y gobernador del Banco cíe España, habla como un oráculo; pero nos leyó un líJuscuampcrfecto dictamen, semejante a cuantos se redactan para informar ante el Consejo de Estado, órgano consultivo de primordial rango y soler» en la nación, y que al aludirlo delante de los procuradores no se recurría a una entelequia, puesto que allí estaban presentas su presidente y secretario, don Joaquín Bau y don Alberto Martín Artajo, y sus eminentísimos- letrados, cuales el prolesor Fueyo, el señor Navarro, Rubio y el marques de Valdeiglesias, compareciendo, asimismo, pamu rubricar su presencia su ex presidente, don José Ibáñez Martin, venido de su Embajada de Lisboa con el oído atento, y otros consejeros y ex consejeros.

Don Mariano, defensor de la perspectiva del Estado en las entrañas del Consejo Nacional del Movimiento, se atrevió a preguntar si en esta coyuntura no faltaban al Estado sus abogados, perspicaces, tenaces y doctos. Esta interrogación nos pareció excesiva y presuponemos partici-pante de idéntica opinión al ponente don Juan Sánchez Cortés, en cuya academia de Gran Via, 31, «B «5 preparado et 50 pw 100 dte («das la*, aboga**» del Estado >fe España, porque los abogados _ del Estado abundan e imperan por doquier y en la Comisión de Leyes Fundamentales. Así lo estimó el abogado del Estado y ponente don Licinio de la Fuente, al referir que José Antonio Girón les había propuesto se llamasen abogados de la Patria, y que por su parte pretendía ser no el abogado del diablo, como en los procesos de canonización, sino el abogado del Estado, de la Patria y del Movimiento.

Antes de la apoteosis postrera y del casi Abrazo de Vergara, cuya significación de.bc buscar el lector novel en la historia del carlismo y del liberalismo del siglo XIX, este sutil y distinguido procurador valenciano que es don Emilio Lamo de Espinosa convenció al auditorio, ciñéndose a una estricta interpretación de los preceptos legales de la traída, llevada y todavía inviolable Ley Orgánica del Estado, descubriendo con su agudeza que muchos procuradores, con sus enmiendas, mociones > cañonazos, procuraban meter de matute y «a posterior!» las reservas mentales _ sin expectorar, cuando votaron afirmativamente el referéndum

El señor Lamo puso el debate suave como un guante y el fiscal del Tribunal Supremo postuló entonces que se debía realizar en seguida la votación de la minucia del nombre de una ley, por el que se habían malgastado cuarenta y ocho horas, habían gemido laá prensas con sus aspavientos y se habían visto los visajes faciales, aunque no en su totalidad, ni tampoco en lo que respecta a las caras de los enmendantes ardorosos y bulliciosos, publicados en las páginas del diario «Madrid». Como se va a votar y, en efecto, se aprueba sin ningún voto eu contra, don Jorge Vigón, don Luis Sánchez Agesta, don Florentino Pérez Embid y el señor Arellano retiran o repliegan sus impedimentos y salvedades, colaborando a un respiro de gozo y de cansancio, en cuyo dintel se levanta el abogado del Estado don Antonio Pedrosa Latas para erguir su disconformidad, su insobornable actitud, inasequible al desaliento administrativo y al recuento de los votos fatigados. Don Florentino, táctico y risueño, recuenta mentalmente los votos de su mesnada y confirma su conformidad con los suyos, entre los que incluye los escrúpulos manifestados por el ponente marques de Valdeiglesías y por el interino secretario de la Comisión, don Fermín Zelada.

Aún don Lucas María de Oriol tuvo aliento para rememoramos a la Unión Patriótica y a los invisibles y cercanísimos moros, recitando por ´lo «bajini» algún procurador ocurrente aquello de que «vinieron los sarracenos—y nos molieron a palos—, que Dios protege a los malos— ecando son más que los buenos».

Pero yo rumiaba la añoranza en esto noche del 1 de junio de la efeméride de hace cincuenta) años, cuando

en igual fecha y mes se crearon en Barcelona las Juntas Militares de Defensa.

PUEBLO

2 de junio de 1967

 

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