Ante dos mil marinos voluntarios de la Cruzada. 
 Nieto Antúnez: Nadie puede negar nuestro proceso de democratización     
 
 Pueblo.    02/06/1967.  Página: 14-15. Páginas: 2. Párrafos: 47. 

Ante dos mil marinos voluntarios de la Cruzada

NIETO ANTUNEZ: «Nadie puede negar nuestro proceso de democratización»

SOLIS ASISTIÓ EN MARÍN A LOS ACTOS PRESIDIDOS POR EL MINISTRO DE

MARINA MASÓN (Pontevedra), 2. Cerca de dos mil voluntarios de los que, durante la Cruzada de Liberación, sirvieron a bordó de los barcos de la Flota nacional, se han reunido ayer por la mañana con motivo de la n Asamblea Nacional de la Hermandad de Voluntarios, que preside el ministro de Marina. Con don Pedro Nieto Antúnez llegaron a Marín el ministro secretario general del Movimiento, don José Solía Rute, y el delegado nacional de Juventudes.

tíos ministros y autoridades de Marina pasaron revista al batallón de alumnos, en la avenida del Generalísimo. A continuación, en la sala del gimnasio de la Escuela Militar, donde se habían congregado ya los marinos voluntarios, el ministro pronuncien el siguiente discurso:

«Excelentísimo señor ministro secretario general del Movimiento, excelentísimas autoridades, marineros voluntarios de la Cruzada, amigos y compañeros:

Mis primeras palabras quiero que sean para transmitiros el saludo afectuoso, pleno de cordialidad, de Su Excelencia el Generalísimo. Quiero inmediatamente deciros que es para mi un honor, un orgullo y una satisfacción el asistir mandad dé Marineros Voluntarios de la Cruzada, y quie-ró también aseguraros q u r véflgo aquí como uno más de vosotros, con la misma conciencia de que esta reunión física de antiguos compañeros de armas ha de vigorizar los vínculos espirituales que vienen uniéndonos desde la paz; con idéntico deseo al vuestro de que de estas horas v i v i d as para recordar nazcan bríos nuevos que nos ayuden a forjar el futuro que ha de ser el hoy de nuestros hijos y de nuestros nietos; por eso, por sentirnos unidos a los hombres de mar de 1936, por sentirme yo mismo uno de vosotros, me emocion o, m e enorgullezco y m e honro con mi asistencia a esta Asamblea.

Es natural que vibren más rápidos los corazones y se humedezcan hoy en el recuerdo los ojos que en la mar vieron los tres años más fecundos de la historia contemporánea de España. Honroso también es el privilegio de poder dirigirme a esta Asamblea símbolo externo de Ja contundencia de vuestra verdadera hermandad, nacida en el- mar, forjada en la guerra y confirmada en la paz.

Señal inequívoca de que esta hermandad fue sincera en el 36 es que, nacida entonces, vive y alienta aún; seguro estoy de que alentará siempre," sin decaer, porque vino motivada por el estímulo de más vigor que puede disparar al cielo de la historia el alma ansiosa de un pueblo sano: la reacción nacional ante los enemigos de la Patria. Porque sé que vuestra hermandad es sincera; porque sé que nada oxidará jamás el acero de vuestro amor a España; porque me consta, y os" debe constar a vosotros, que, aunque distintos quizá a los de 1936, sigue la verdadera España teniendo enemigos ..dentro y fuera de su propio cuerpo, es por lo que, al veros férreamente unidos en este acto, quiero recordaros no ya lo que fuisteis, sino lo que sois; no lo que habéis hecho o estáis haciendo, sino lo que tenemos todos que hacer; no lo que tenemos que pedirle a España, sino lo mucho que todavía, pese al transcurrir del tiempo, queda en nosotros para podérselo dar.

Sois la generación madura de España y, por ello, la más firme´y de mejor conciencia, porque sabéis de luchas, de realidades, de sacrificios y de renuncias. Habéis vivido tristes experiencias y habéis sabido convertirlas—y ahí está vuestro gran mérito—en brillantes e inmarcesibles glorias. Algunos que no son de vosotros quieren llegar hoy día ignorando lo que fue el batallar encarnizado y, en consecuencia, muchas veces, confunden lo real con lo ficticio, producto sólo de imaginaciones egoístas o de intereses de partido; que sólo han vivido años de bienestar nacional y son, por tanto, blanco fácil para las dañinas ideologías que, con pretextos desfigurados, buscan despertar inquietudes ante la promesa falaz de alcanzar laudables fines humanísticos, mas con la intención punible de recuperar lo que vuestro patriotismo les arrebató a cambio de las vidas de muchos de los vuestros. A los que os siguen podéis, en pleno derecho, enseñarles lo que cuesta la renuncia y lo que duele el sacrificio; pero habladles también de la satisfacción de renunciar por amor a la Patria a lo que ha de ser bien para otros, y de la tranquilidad y vigor que reporta al espíritu el heroísmo de sacrificarse, porque precisamente los que ahora andan inquietos se encontrarán con una España mejor que aquella.

Por ser la generación experta de España, podéis enseñar y convencer; he ahí, en suma, vuestro quehacer de hoy, vuestro quehacer, el quehacer de los que ya llevamos muchos años siendo hombres de España.

Vuestra vida ha de ser espejo de las juventudes actuales; no importa que algunos, proclamando sus deseos de no entroncar con lo que sois y representáis, arrojen envidiosos guijarros contra la faz en la que debieran mirarse, porque todos estamos seguros de que la aparente fragilidad del espejo es sólo exteriorización de la fortaleza de ánimo y la firmeza de corazón, por lo cual la piedra se volverá contra la mano que la lanza.

Mucho le habéis dado ya a España y mucho os queda aún por entregarle. Le ofrecisteis vuestra vida en la guerra y ella prefirió exigiros vuestra vida en la paz. Ahora esta pidiendo que os esforcéis por conservarla, dando ejemplo a quienes os siguen, convenciendo a los que de buena fe quieren saber, oponiéndose con la energía y la fuerza que preciso sea a esos que desde fuera y desde dentro pretenden derribar el monumento que levantasteis a España para que vuestros hijos erijan sobre las ruinas un altar a sus personas.

El presente español tiene unas características perfectamente acusadas; vivimos un tiempo de profundas transformaciones históricas \ que funcionan a escala universal. España, como el resto del mundo, ha de aceptar y realizar estas transformaciones para estar plenamente al día. Ahora bien, la originalidad de la actitud española en el mundo consiste precisamente en que vamos a la t r a nsf ormación desde la tradición; que partimos de una base firme de creencias, de virtudes, de realidades, que son las que nos configuran como pueblo y como empresa colectiva.

Por fortuna para nosotros, la actitud española es radicalmente distinta a la de otros países que en la transformación han dejado lo mejor de sus horas históricas, y así podemos decir, casi sin miedo a exageraciones ni al error, que nos encontramos en la actualidad con pueblos sin historia, sin bagaje, sin tradición; pero nosotros vamos hacia el futuro y vivimos el presente con voluntad de transformación y de perfección, pero sabemos a dónde vamos precisamente porque sabemos de dónde venimos, porque sabemos quiénes somos y cuál es el acervo de valores y de herencias que no tenemos derecho a desperdiciar ni a olvidar.

Por eso quiero hoy exponeros unas consideraciones en torno al camino que España tiene ante sí en esta hora, y quiero hacerlo con plena serenidad, sin ligerezas ni frivolidades, haciendo el análisis de nuestro orden político para pasar después a nuestro futuro, que es la tarea colectiva en la que estamos implicados todos los españoles.

Orden político

El origen de nuestro orden político es la fecha gloriosa del 18 de julio de 1936. El 18 de julio es el punto de arranque de una nueva era histórica; no es sólo un cambio de régimen; no es sólo la rebelión contra la anarquía, la barbarie, la miseria, el hambre y la decadencia; el 18 de julio es, además de todo lo que tiene de negación rotunda a los males de España, una abierta y generosa afirmación de fe, la afirmación positiva de que creíamos en España; de que creíamos en nuestras fuerzas para, con la recuperación esforzada y heroica del sentimiento nacional, hacer la España una, grande y libre para todos los españoles; porque el 18 de julio fue eso; su savia nos llega hasta el presente y guarda fuerzas sobradas para vitalizar nuestro futuro.

El 18 de julio es la unión para la salvación de España, del pueblo y de la milicia. Desde las mejores tradiciones, desde el sentido permanente de nuestra Historia, España, sostenida por sus Fuerzas Armadas y por su pueblo, dice para siempre no a la anarquía, al desorden, a la decadencia, a la desintegración de sus tierras; España se alza en lucha contra todos los intentos internos y externos de disolvernos como nación, de colonizarnos con ideologías subversivas y ajenas a nuestra manera de ser, de pensar y de sentir; el 18 de julio revive los tradicionales sentimientos de independencia de los españoles, y España, segura de sí misma y descubriéndose a sí misma, se lanza con esfuerzo heroico para escribir las páginas más gloriosas de nue s t r a Historia.

Pero es que, además, la fecha del 18 de julio trascendió en profundidad y en el tiempo, y fue precisa esa peryivencia para que se convirtiera en un nuevo ciclo, que bajo el mandato y la inspiración de nuestro Caudillo, abrió para la Patria singladuras de prosperidad, de grandeza y de gloria. Y en esta nueva ruta, en ese nuevo camino, se ha ido consolidando nuestro orden político, nuestro sistema de convivencia, que sin desvirtuar ni perder de vista su origen, ha de afirmarse en la continuidad y en la permanencia.

Los elementos principales que integran nuestro orden político son, a mi juicio, el sentido nacional, el sentido esforzado de milicia, la constitución de un Estado de derecho, la realización de la justicia social, la asistencia continuada y fervorosa del pueblo y la capacidad permanente de evolución y de avance, contenido en nuestro sistema político.

Sentido nacional

Por primera vez desde hacía siglos, España se siente a sí misma, tiene fe en sí misma, en sus posibilidades y en sus destinos. El Estado nacional surgido el 18 de julio sabe hacer que España recobre su conciencia de gran nación y un auténtico sentido nacional, muy por encima de disputas y de intereses disgregadores o insolidarios rige nuestra vida colectiva. Ese sentido nacional se asienta sobre tres firmes puntales: la voluntad histórica, la unidad nacional y la dignidad humana.

Hay ocasiones en que las naciones y los pueblos se encuentran ante una encrucijada en que la historia les impone una decisión esencial: ser o no ser. Esa ocasión fue para España el 18 de julio, y ante el dilema España respondió asumiendo una voluntad resuelta, de reingresar en la plenitud histórica, asumiendo un decidido querer seguir siendo, querer recobrar la amplia vía de sus destinos. La voluntad histórica se encarna en el esfuerzo militar de la Cruzada, para prolongarse en la posterior reconstrucción del suelo patrio y en los cimientos de la nueva sociedad, de la industria, - del campo, de la cultura, de la seguridad social. Ante ninguna de las empresas que las circunstancias le impuso se echó atrás España, precisamente porque latía en ella ya, por obra de la voluntad de su pueblo y del Caudillo que la conducía, una voluntad histórica de renacimiento.

No podemos olvidar que esa voluntad histórica ha podido ir avanzando venciendo obstáculos, porque se producía y se canalizaba dentro del marco de la unidad nacional. Sin unidad, la decisión de avanzar no hubiera pasado del terreno de las intenciones sin llegar a las realidades. Es la unidad nacional la que ha hecho posible el resurgir español; la unidad mantenida por encima de las tendencias a la disgregación y a la atomización, por encima del espíritu anarquizante, por encima de esos demonios familiares a los que se refirió el Caudillo en su último discurso a las Cortes Españolas; la unidad mantenida también frente a los intereses ajenos a nuestra Patria, que hubieran querido ver una España deshecha, una España fragmentada, una España rota.

La unidad nacional mantenida desde la cumbre y aceptada y comprendida por el pueblo, fue el soporte sobre el que la reconstrucción de España ha sido posible. Una unidad superadora de los separatismos, de las luchas políticas de los partidos, de la lucha social entre las clases; esa unidad que nos obliga cada día a buscar nuevos caminos de entendimiento, de re-presentatividad y de justicia; pero en esos nuevos caminos no hemos de olvidar jamás que la unidad es la garantía de que llegaremos a la meta, y hemos de comprender esta unidad no como una idea estática, sino como una idea dinámica, como un concepto que nos incline a la mayor perfección de nuestras obras y de nuestros actos, sin dejarnos vencer por la comodidad de pensar que todo está ya logrdo, que todo está ya hecho. Tanto la voluntad histórica como la unidad nacional cobran todo su profundo sentido cuando se las contempla desde la perspectiva que ha sido y es clave esencial de nuestro orden político: el respeto a la dignidad humana. El hombre, cuya auténtica libertad había desaparecido en los sistemas liberales y en los fríos esquemas marxistas, vuelve a ser el eje y el centro de toda la doctrina política de nuestro Estado nacional. Nace así una actitud humanística inspirada por el Movimiento Nacional y reflejada en,sus principios y en sus líneas de acción, y hoy podemos sentirnos orgullosos de que hace ya más de treinta años el Estado español puso como base de su credo político la idea cristiana de que el hombre es portador de valores eternos, portador de una integridad, de una dignidad y de una libertad.

Voluntad histórica, unidad nacional y dignidad humana componen el sentido nacional, primera dimensión de nuestro orden político. La segunda dimensión de ese orden es la conciencia esforzada, el sentido de milicia, el valor del trabajo.

Sentido del esfuerzo

Un pueblo sólo puede ponerse en marcha cuando comprende y llega a la conclusión de que nada le será regalado, que todo habrá de ser consesuido con su esfuerzo, con su sacrificio y con su trabajo; ahora bien, no se le puede pedir a un pueblo que mantenga esa moral de esfuerzo cuando está desatendido, mal dirigido, enfrentado entre si, desarticulado, injustamente ordenado. El pueblo español es fundamentalmente esforzado, pero ha de sentirse compenetrado con las estructuras del Poder, ha de sentirse compenetrado con el mundo que lo conduce; sólo entonces se entrega, sólo entonces se integra en tareas de alta disciplina y de alta moral histórica, y hoy nadie puede poner en duda que el Estado, que el Caudillo que lo representa y el Movimiento que el Caudillo dirige han sabido, desde el primer día, captar la confianza del pueblo, esa confianza que se gana tan sólo cuando el ejemplo viene de arriba y cuando la empresa es común a todos los españoles.

El pueblo demostró su confianza en los primeros momentos del Alzamiento, asistiendo con su sangre y su generosidad a la llamada angustiosa de la Patria. Asistió más tarde, en los momentos difíciles de la soledad internacional, con su siempre renovada fe en Franco y en el sistema político que él dirige, y asiste ahora, con su trabajo de todos los días, a la obra colectiva de elevar a España cada vez más alta.

Esfuerzo de la milicia y esfuerzo del trabajo; sobre esa síntesis en que se resumen las virtudes dé nuestro pueblo se ha levantado fa yfiay quI^enercoMCjeSisii de que ese esfuerz» no admite pausa, que hay que prolongarlo en el tiempo, ganando en intensidad, porque sólo así podremos alcanzar las metas finales de la España Una, Grande y Libre que constituye nuestro más intimo afán. Nuestro orden político no es, pues, un orden estático, sino una tensión dinámica, viva en el presente, fiel a] pasado y lanzada con bríos al porvenir. El esfuerzo es fundamento y base de nuestro orden, pues sin él caeríamos pronto en la molicie, que equivaldría a la anulación de nuestra personalidad.

Estado de derecho

Tanto el sentido nacional como el sentido dinámico del esfuerzo son motores para impulsar el orden político; pero no han de quedar en sí mismos, sino que, por el contrario, han de trascender hasta configurar la totalidad del sistema, tanto en sus aspectos legales como económicos, sociales, culturales, etc. Cuando sentido nacional y capacidad de esfuerzo se conjugan en la cristalización de un sistema podemos decir en verdad que dicho sistema tiene garantizado su éxito y su porvenir.

La virtualidad del sistema español consiste precisamente en haber sido capaz de pasar de una situación histórica excepcional, legitimada por la urgencia de salvar a la Patria y por la adhesión masiva del pueblo, a la sistematización jurídica del Estado, trasladando las razones que dieron motivo y contenido al Alzamiento. De esta manera la afirmación histórica nacional del 18 de julio encontró su desarrollo político en unos principios capaces de encarnarse en leyes y normas suficientes para regir la vida del naís, sin otros imperativos que los de la justicia, la unidad, la autoridad y la libertad.

Asistencia popular

Es necesario decir con toda claridad que nuestro orden político no hubiera sido posible si el pueblo no se hubiera sentido reconocido e interpretado en él. Ningún pueblo, y menos que ninguno el español, es capaz de vivir en condiciones de permanente divergencia con su.

Nadie puede dudar que el Movimiento que el Caudillo dirige ha sabido captar, desdi el primer día. la confianza del pueblo. Cumple a las Fuerzas Armadas garantizar al pueblo que su entrega de tantos años no va a ser utilizada en favor de apetencias personales

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2 de junio de 1967

PUEBLO

LA LEGITIMIDAD DE LA SUCESIÓN HAY QUE ENTENDERLA REFERIDA A LA LEALTAD DEL 18 DE JULIO

sistema político. El Estado español y el Movimiento Nacional han sabido,, con constancia y con fe en la sociedad y en sus valores, ir a buscar al pueblo donde éste estaba; han llevado la política y la acción de gobierno hasta los últimos rincones de nuestra geografía; el pueblo ha estado siempre integrado en el Estado, ha participado en sus decisiones y en su política. Yo puedo aseguraros que he tenido el honor y el privilegio de recorrer toda España acompañando a Su Excelencia el Jefe del Estado, que cuando éste se pone en contacto con el pueblo, vibra de entusiasmo el español porque en las obras y en las palabras del Caudillo se ve perfectamente interpretado y representado.

Y, por último, ese orden político se caracteriza finalmente por su capacidad de evolución y de avance, porque los principios del sistema guardan una potencialidad evolutiva válida para tiempos y generaciones sucesivas, ya que nuestro orden político no fue solución para un momento dado de la vida española; eso, con haber sido mucho, hubiera sido insuficiente y escaso; nuestro orden político es la respuesta a todo un tiempo histórico, a toda una etapa de la Historia Universal. De ahí que nunca resulte el sistema político español anticuado ni desfasado por los acontecimientos, antes al contrario, los previene y en buena medida los determina y canaliza. El sentido nacional, la actitud de esfuerzo, el estado de derecho y IH asistencia del pueblo no son un círculo cerrado y concluso, sino una perspectiva abierta hacia el fnturo, hacia un futuro nacional, cuyas características y obligados cumplimientos voy a tratar de exponer.

Futuro nacional

Todo orden político se proyecta por naturaleza hacia el futuro. SI buscamos cuál es el momento culminante en que tal principio se consagra por el pueblo español encontramos j]#a..í«ehfu la del 14 de diciembre de 1966. En la resKualrta ¿ai pueblo español ai referendum ´ sobre la Ley Orgánica del Estado se halla no sólo la aceptación de dicha ley, sino también, y muy principalmente, la renovación del voto total de confianza a Franco y al sistema político que él dirige y representa. El 14 de diciembre fue el reconocimiento expreso de una capitanía y la firme voluntad de seguir adelante con los principios y ios modos políticos que han servido para llevar a España hasta la altura que ha alcanzado hoy. Es decir, que el 14 de diciembre se afirmó la resuelta decisión de continuidad política, tanto por parte del Caudillo al someter a referéndum la Ley Orgánica, como por parte del pueblo al aceptarla con su aplastante mayoría.

Este es un hecho que nadie ni nada puede desvirtuar; que nada ni nadie puede cambiar de signo. Después de veintiocho años de paz y de creación continuada, después de un largo ciclo de acción constructiva del Movimiento Nacional, que cada día muestra a las claras su eficacia, Franco puso en manos del pueblo la aceptación de su propio destino, depositando en él el instrumento cuya utilización adecuada ha de hacer transitable y fecundo el futuro.

La aprobación de la Ley Orgánica del Estado y el posterior dictamen de las normas complementarias que la desarrollan supone un paso gigantesco en la historia moderna española; representa el tránsito normal de una larga serie de esfuerzos hacia un porvenir cuyas bases son firmes y cuyo destinatario somos todos los españoles. En el mantenimiento de la vigencia de esa ley cumple a las fuerzas armadas una misión de honor, cual es la de garantizar la continuidad, garantizar al pueblo que su entrega de tantos años no va a ser utilizada en favor de apetencias o egoísmos personales. El futuro ha de ser nacional, ha de responder al imperativo de servicio a la colectividad y al bien común que ha venido rigiendo la vida española hasta nuestros días. El trabajo acumulado de la sociedad, el esfuerzo político del Estado, la acción transformadora del Movimiento constituyen un capital valiosísimo que no es patrimonio de nadie en particular, sino de España y de los españoles conjuntamente.

Aceleración de las transformaciones

Vayamos, pues, hacia esc futuro de la única manera que se puede marchar hacia las grandes empresas: con ánimo abierto, juvenil y esforzado, con decidida convicción en nuestras razones y en nuestras fuerzas, con voluntad de aprovechar exhaustivamente todas las posibilidades de nuestro presente para la realización de las transformaciones indispensables y jamás olvidando los valores permanentes de la Patria, que han de ser los puntales de nuestra fortaleza.

A´uestra honda lealtad a la figura excepcional de F r a n cisco Franco, nuestra permanente "Vigilia de soldados no nos autorizan a desaprovechar ni un solo instante del tiempo válido, que ha de ser transito hacia él porvenir. Es preciso tener la conciencia clarísima de que para gozar de un futuro pleno de seguridad es necesario hacer antes todo lo que el tiempo actual y nuestra trayectoria anterior nos exige, y eso que el tiempo y la ejecutoria política reclaman de nosotros se resume, a mi juicio, en las siguientes pocas palabras: aceleración de las transformaciones en nuestro futuro inmediato bajo e! mandato de Franco, normalidad y legitimidad en la Sucesión, desarrollo en la justicia y libertad en la unidad y en la autoridad.

Hay en España planteadas una serie de transformaciones, encamina das todas ellas a llevar la estabilidad y el bienestar al país. Estas transíor mariones,

planteadas en todas las dimensiones de la vida nacional, en la esfera económica, industrial, agraria, sindical, en el campo de la enseñanza y de la cultura, en el de la convivencia, en el desarrollo representativo y legislativo, son como la maní, festación externa de los frutos de la paz; los frutos de una paz mantenida a costa de múltiples esfuerzos, a costa de sacrificios y de abnegaciones, y al hablar de la paz no podemos eludir nombre a su artífice, a Francisco Franco, que con intuición, prudencia y amor_ sin límites a su pueblo, en íntima comunión con éste, ha sabido renunciar a tentaciones, a improvisaciones, que, sin duda, hubieran contado con el aplauso en el exterior, pero que también, sin duda, nos hubieran hecho perder la paz, esa paz que Franco ha ganado con el esfuerzo y el trabajo de todos los españoles, y que es condición básica para la creación y el desarrollo político. En el ámbito de esa paz creadora vayamos, pues, a la aceleración de esos procesos de transformación, cuyo buen resultado constituye el patrimonio y la herencia de España. Armonicemos la prudencia y la velocidad, el avance y el equilibrio; eliminemos con nuestro esfuerzo, e incluso con nuestra abnegación, las arenas que frenan los engranaje´* de la evolución. Esa es nuestra misión en esta hora.

Legitimidad en la Sucesión

Et segundo punto de nuestro futuro nacional es la legitimidad de la sucesión, legitimidad que hay que entender referida a la lealtad al 18 de julio y a los principios que le dieron vida y como referida también al fiel cumplimiento de nuestro orden institucional, perfectamente preciso, en cuanto al mecanismo sucesorio se refiere, en la ley de Sucesión en la Jefatura del Estado. Tengamos fe en el po r v e n i r, tengamos fe en nuestras leyes fundamentales y la continuidad estará asegurada.

Desarrollo en la justicia

El tercer pilar fundamental de nuestro futuro nacional es el desarrollo en la justicia. Desde el 18 de julio la justicia social fue uno de los objetivos primordia les del Movimie n t o Nacional. Dsc]e el 18 de julio la ambición por conseguir que la equidad reinara en la vida española ha animado la acc i ó n del Régimen, y hay que decir que ambicionamos una justicia entendida en su sentido más amplio, una justicia que abarque las condiciones de riqueza, de bienestar y de propiedad material; no podemos soslayar el aspecto económico que la justicia reviste «n nuestro tiempo; por eso es pr e c i s o acelerar nuestros dispositivos de producción y de distribución de la riqueza. Todos dentro de nuestra esfera hemos de contribuir, y nos hemos de esforzar en obtener el mayor rendimiento en nuestro trabajo, y el Estado se ha de ocupar de llevar la distribución de la riqueza de tal modo que desaparezcan las grandes diferencias sociales, que, de perpetuarse, harían fracasar el don de nuestra paz.

Pero esto, con ser mucho, no es suficiente; hay que ir más lejos; hay que conseguir que la justicia irradie su luz sobre campos del espíritu, sobre zonas de la vida espiritual de los hom hombres; es preciso llevar el sentido de la justicia a la esfera de la cultura en sus diferentes grados, tanto en cuanto a la enseñanza se refiere como en cuanto a lo que resnect» a la promoción social, a la difusión de una «altura popular que ha-ira a los hombres más dueños de sí mismos, mas conscientes y mas libres; y esto, «jne fue. es y sigue siendo nronósito de nuestro Movimiento, y en donde hemos dado pasos grandísimos, ha ile seguir manteniéndose firme en nuestra mente nara sei?uir emn« Jando el desarrollo completo de la justicia.

Libertad basada en principios de unidad y de autoridad

De la mano de la ´justicia

llegamos también a un horizonte de libertad. Estamos asistiendo a plano mundial a un desarrollo de las estructuras democráticas de los pueblos. España, fiel a sus Principios Fundamentales, no se opone a ninguna auténtica libertad; pero precisamente porque quiere libertades reales y no espectros de utópicos libertados, sabe que éstas han de afirmarse sobre bases muy sólidas. Tenemos una experiencia demasiado dolorosa de ensayos liberales como para jugarnos a la fácil carta de dar gusto a aquellos a quienes nada importamos nada menos que las conquistas de seis lustros de paz esforzada.

Queremos, sí, libertades, caaa vez en mayor número y más precisas en sus contornos; pero queremos que la libertad sea algo más que un nombre. Nadie puede negar la autenticidad de los procesos de democratización —por emplear una palabra que nadie llega a comprender por la multitud de significados que se le dan.—, actualmente funcionando en nuestra Patria. La opinión pública, la. representación y la participación se producen con toda naturalidad, se desenvuelven sin coacciones ni pretensiones de ningún Upo; lo que ocurre es que cuando países y sociedades de antigua tradición democrática se vuelven de espaldas al sistema de los partidos políticos, cuando se intenta encontrar el camino para una vida democrática sana que no entorpezca la normal gestión del Gobierno, no se quiere reconocer que España lleva ya mucho andado por ese camino y que posee una larga experiencia en descubrir nuevas perspectivas de participación popular, canalizadas por una articulación orgánica de la sociedad; España sabe que la libertad y la autoridad no son términos contrapuestos, sino interdependientes y partes de un todo que constituye la médula del eqiuu´uiio social o, dicho con otras palabras, la convivencia de todos los españoles.

Libertad dentro de la seguridad que proporciona la existencia de autoridad; éste es el camino para que la unidad política, sin la cual a ningún puerto puede arribarse, no se quiebre. La unidad es la condición para que la dinámica entre autoridad y libertad no se altere ni se desnivele. La libertad no puede traspasar en ningún caso los límites impuestos por el bien común, por el interés general de la colectividad. Frente a los excesos de grupos, frente a las ambiciones de intereses parciales acaba siendo la autoridad legítima la garantía mejor de que la libertad es posible; por eso es necesaria la unidad, porque en ella el diálogo y la comunicación entre sociedad libre y Estado con autoridad justa se dan con más plenitud y con más fluidez. Cuando la unidad se rompe se produce, por el contrario, una mayor dificultad en la comunicación del Estado con el pueblo y del pueblo hacia el Estado.

Creo haber expuesto lo que, a mi juicio, son los rasgos característicos que ha de tener nuestro futuro nacional; rasgos característicos que entre todos hemos de afanarnos en llevarlos a la realidad con ánimo alegre, juvenil y esforzado para ese futuro nacional que ha de ser el eje sobre el que se mueva la etapa actual de nuestra España; para ese futuro nacional hemos de emplear a fondo nuestras mejores energías, nuestras mejores esperanzas, nuestras fuerzas y nuestras ilusiones; y esto es así por dos razones fundamentales: la primera, porque es necesario ocupar con plenitud de dignidad y de rango nuestro papel en el mundo; la segunda, porque es preciso suscitar la ilusión y el sentido de la responsabilidad en las nuevas generaciones, en los jóvenes españoles en cuyas manos y en cuyas conciencias va a recaer la dirección del camino y el sagrado honor de custodiar el patrimonio nacional, el acervo de virtudes y de valores que han hecho a España la realidad de lo que hoy es.

De cara al futuro no podemos olvidar que España pertenece a una comunidad de pueblos claramente definida: el mundo libre cristiano. Un mundo en el que hemos alumbrado para la Historia las luces más importantes del pensamiento, de la fe, de la cultura y del arte; un mundo en el que, ciertamente, no

todo es perfecto ni todo es salvable, pero un mundo que está amenazado por la subversión sistemática del comunismo. En ese mundo estamos integrados con todas sus consecuencias por nuestra historia y por nuestra geografía, por nuestra tradición y por nuestra cultura, y porque sabemos que es indispensable frenar la amenaza de la subversión, creemos en nuestra responsabilidad y nuestra obligación de aportar a ese mundo una fórmula capaz de desmontar la pretendida revolución marxista, con las razones poderosas de una verdadera justicia que dejaría sin banderas de reivindicaciones al imperialismo comunista.

Estamos, pues, en una civilización que se enorgullece de ser Ubre; queremos que se salve de la mano del humanismo cristiano, precisamente del humanismo que hemos venido profesando desde siempre y que ha inspirado e inspira la acción de todos los días de nuestro Movimiento y de nuestro destino como nación.

Tenernos conciencia de que nuestra pretensión es ambiciosa, pero contamos para realizarla con poderosos argumentos: en primer lugar, con la capitanía indiscutible y serena de nuestro Caudillo y, después, con las virtudes magníficas de nuestro pueblo, con la eficacia y flexibilidad de nuestro sistema político y con la colaboración segura e ilusionada de nuestra juventud. Ha de ser la juventud la que dé continuidad a esta empresa; ha de ser la juventud la que comprenda que la tarea no ha sido cosa de una generación, de un grupo de hombres más o menos resueltos y generosos; es necesario explicar a la juventud que lo que recibe en herencia es el testimonio de una toma de conciencia nacional, de un esforzado camino que el pueblo ha recorrido y que reclama metas nuevas y objetivos más altos. A esta juventud de España quisiera dirigir mis últimas palabras de hoy para transmitirle todo lo que el empeño tiene de sugestiva aventura, todo lo que tiene de generosidad y grandeza. Tened la seguridad, jóvenes españoles, de que los que hoy ostentamos puestos de responsabilidad, pero que por ley de vida estamos más cerca del fin que del principio, guardamos como nuestra mayor ilusión y limpia esperanza, la de que vosotros os sintáis embebidos por idéntica Ilusión, enfervorizados por i d é n tica esperanza, poseídos por idéntico amor a España y a su pueblo y que sepáis superar en entrega y eficacia de creación todo lo que hicieron las generaciones anteriores; que sepáis convertir vuestra obra en un servicio cada vez más perfecto, que llevéis a la Patria tan arriba que puedan tocarla con sus plantas los que por ser los mejores presencian hoy este acto desde los luceros.

Fundemos nuestra vida de españoles en lo intangible de la unidad entre hombres y tierras, y basemos nuestra vida de militantes en el dogma infalible de la necesidad de mantener la unidad de las Fuerzas

Armadas de la nación. Unidos en el común lazo de nuestros ideales, identificados en el respeto ciego a las leyes y hermanados con nuestros compañeros de los Ejércitos d« Tierra y Aire en torno al Caudillo, nos mantendremos en la verdad y velaremos del modo más eficaz por la pujanza y see^iridad de la Patria.

¡Arriba España! ¡Viva Franco!»

DISCURSO DE SOLIS

Habló a continuación el ministro secretaria general del Movimiento, José Solis, quien comenzó diciendo:

«Compañeros de la guerra y enmaradas de la pos: Ha sido para mi una extraordinaria satisfacción acompañar al ministro de Marina y poder sumarme a estos ocios.

Nos guían ideas políticas, pensamientos firmísimos de servicio a España a las órdenes de Franco y por la paz de la Patria.» Después de recordar la CQmarjtfderia (¿e los tiempos de la guerra, afirmó: «Hfi» pasado alguno» años, desde entonces. Conservamos «ttésííoflF^CJÍtwéwwi»-y nuestra pasión y amor a la Patria. El Ejército y la Marina fueron nuestro ejemplo. La guerra no fue fácil y tampoco lia, sido fácil la paz. Una paz que la ofrecimos sin reservas y sin distinciones a todos los españoles, incluso a quienes fueron nuestros adversarios ett ía trinchera, pero que en la paz supieron trabajar unidos por la reconstrucción de España. Por eso hoy no hay rojos ni azules; hoy nos sentimos todos solamente españoles, y buena prueba de ello fue la unánime respuesta que el pueblo español supo dar con el

Referéndum del 14 de diciembre de 1966.*

Hizo una alusión después a quienes no dieron la cara, en la guerra ni en uno ni en otro lado, y que, sin embargo, quieren arrebatar la victoria y la paz. «Pero no hay peligro—añadió—. Aquí están el Ejército y la Marina y estamos nosotros y nuestros hijos. Cierto que existen algunos timoratos, pero son los mismos que en Uts vísperas del Alzamiento de 1936 se acobardaban y decían que aquello no era posible, que no había nada que hacer, y eso mismo lo dicen ahora, cuando estamos forjando nuestro futuro. El li de diciembre, sin embargo, España señaló cuál era el camino que eleqía. El pueblo español quiere pae, trabajo, prosperidad y justicia.

Por eso debemos proporcionar a nuestro pueblo una polítira de entendimiento, de paz, de prosperidad y de Justicia social.

En estas líneas estamos todos vigilantes, porque el enemigo no es aquel que estaba frente a nosotros al otro lado de, las trincheras. El enemigo de ahora son los que quieren una, España chata, una España desmedulada, sin contenido y sin fuerza. Pero tampoco nos importa, porque Franco no quiere un futuro asi y porque tampoco habíamos de consentirlo nosotros.

Ahora luchamos porque nuestros hijos se entiendan, porque en España haya paz y tranquilidad en el futuro.

Unidos no habrá quien pueda con nosotros. España tiene que salvarse para siempre. Y cuando Franco nos falte—quiera Dios que sea dentro de muchos años—, treinta millones de Francos, España entera, garantizarán el futuro.»

Terminó Solis su discurso, que fue frecuentemente interrumpido, diciendo: «España está en buen camino.

Todos los españoles repetiremos, si es preciso, la hazaña, que vosotros realizasteis, y tendremos ademas con nosotros la fuerza moral de quienes, como hoy nos recordaba el ministro de Marina, no están aquí físicamente con nosotros, pero nos alientan y nos exigen desde los luceros.-» (Las palabras de Solis fueron, subrayadas con grandes ovaciones y gritos fervorosos.)

Seguidamente, todos los asistentes, puestos en pie, entonaron vibrantemente el «Cara al Sol», cuyas invocaciones rituales fueron hechas por el ministro y contestadas unánimemente por los veteranos ex combatientes del mar.

Poco después de la una de la tarde el señor Nieto Antúnez clausuró la asamblea. Antes, los miembros de la Hermandad hicieron entrega a la Armada en la persona de su ministro de Marina de una placa de bronce con una dedicatoria. El ministro efectuó la ofrenda de la cruz naval de segunda clase a la Hermandad, y el delegado nacional de Juventudes ofrendó también la placa de la Juventud.

Minutos después de las cuatro y media de la tarde el ministro de Marina, don Pedro Nieto Antúnez, acompañado del ministro secretario general del Movimiento, don José Solis Ruiz, y de las demás jerarquías nacionales y autoridades provinciales y locales, que por la mañana asistieron a la II Asamblea Nacional de los Marineros Voluntarios de la Cruzada, llegó al Ayuntamiento de Marín, ante el que se había congregado gran cantidad de publico y en el que le fue impuesta la medalla de oro de la villa, que le ha sido concedida recientemente por la Corporación municipal marínense, en atención a los relevantes servicios prestados por el almirante Nieto Antúnez, hijo adoptivo de Marín. (Cifra.)

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PUEBLO 2 de junio de 1967

 

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