"Ecclesia"     
 
 Pueblo.    01/05/1974.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ECCLESIA

Reivindicaciones obreras

LA fiesta del 1 de mayo, por su origen y desarrollo histórico, mantiene un

esencial e insoslayable espíritu de proclamación de las aspiraciones del mundo

obrero frente a la explotación inhumana del capitalismo liberal. Las

reivindicaciones laborales y sociales de los trabajadores se hacen mensaje

universal de solidaridad en esta fecha, que constituye una fuerte llamada a la

toma de conciencia social de todos los hombres de buena voluntad. La Iglesia ha

querido incorporar esta fecha al calendario cristiano como testimonio de su

apoyo a la defensa de los derechos fundamentales del trabajador y expresión

clara de aliento al movimiento obrero mundial y a los católicos que, individual

o asociadamente, se integran en él.

Nuestra reflexión ante el 1 de mayo ha de atender directamente a estas

aspiraciones y reivindicaciones obreras, que hoy como ayer ofrecen el rostro

dolorido de millones de hombres y mujeres heridos por la injusticia, la

explotación o la marginación económica y social. Las aspiraciones básicas del

mundo del trabajo en nuestra sociedad de consumo siguen siendo en el fondo las

mismas que hace un siglo, aunque el desarrollo económico y el progreso de la

justicia social hayan en muchos casos paliado los más llamativos excesos del

viejo capitalismo. La lucha por unas condiciones humanas de trabajo, por una

retribución justa, por una digna consideración social del obrero, por un Derecho

laboral que garantice plenamente los derechos de los trabajadores, y por la

legalización de un asociacionismo sindical representativo, sigue en pie.

Mucho se ha alcanzado, ciertamente, pero mucho más es lo que se puede lograr.

Todavía existen grandísimos desequilibrios en la distribución de los beneficios

empresariales; todavía se dan graves situaciones de inseguridad laboral y

aparecen nuevos problemas apremiantes: emigración, crisis de la economía

agraria, discriminación endémica de la mujer trabajadora, cuya presencia activa

en la estructura laboral es cada día, cuantitativa y cualitativamente, más

decisiva. La actual crisis económica mundial recae especialmente sobre la clase

obrera, parte siempre desfavorecida en los riesgos empresariales, y la escalada

enloquecida de los precios vacía de posibilidades reales los aparentes aumentos

salariales. El panorama mundial, con millones de hombres del Tercer Mundo en

situación de dramático subdesarrollo, pide una solidaridad internacional,

sentida profundamente por el mundo obrero, con exigencia de una nueva sociedad

basada en la justicia, la libertad y la igualdad de todos los hombres.

Los grandes temas están en pie, pero una conciencia social más madura y

desarrollada se abre hoy a otras exigencias de mayor hondura y trascendencia. El

obrero moderno no puede quedar satisfecho con un trato paternalista ni con una

protección meramente material; reivindica como derecho fundamental su

participación activa y eficaz en la vida de la empresa, en las decisiones de la

dinámica económica nacional, en los procesos del desarrollo y en la gestión

política. Quiere ser protagonista y no simple sujeto pasivo de toda esta

actividad elaboradora de los grandes provectos que condicionan el presente y el

futuro de la vida económico-social, que repercuten inexorablemente en su propia

existencia, en la de su familia y en el porvenir de sus hijos. La conciencia del

derecho a la participación está íntimamente unida a la conciencia de la propia

libertad y dignidad, dos principios que animan vigorosamente todos los esfuerzos

de superación del movimiento obrero mundial.

Entre las nuevas aspiraciones obreras destacan, como imperiosas necesidades del

momento, el reconocimiento de los derechos a una real igualdad de oportunidades

en el campo cultural y profesional y una sincera valoración de la vocación

profesional del trabajador. Es evidente la urgencia de que en toda sociedad a

todo hombre se le considere por lo que es y no por lo que tiene, superando

viejos prejuicios y discriminaciones que todavía se mantienen en muchos

sectores.

Ante estas reivindicaciones del mundo trabajador la sociedad no puede permanecer

indiferente y a la defensiva; el espíritu humanitario y cristiano piden una

colaboración leal, un reconocimiento de los derechos y de los deberes, una

integración de estas aspiraciones en el bien común, ordenado justamente por los

poderes públicos. La Iglesia, por su parte, ha expresado claramente su postura

en favor de la justicia y de la paz social. "La Iglesia —afirma Pablo VI—

defiende a los trabajadores. No se contenta sencillamente con mirar. Ha

precisado su doctrina; ha empleado su autoridad en la tutela y en la promoción

de los trabajadores, y ha hecho suyos sus derechos a la dignidad y a la justa

retribución. Toma con ardor y resolución su defensa.»

 

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