Pablo VI da a conocer la bula de proclamación del jubileo universal para el año santo de 1975  :   
 A diez años del Concilio, termina un tiempo de reflexión y comienza una fase de construcción doctrinal teológica. 
 ABC.    24/05/1974.  Página: 45-46. Páginas: 2. Párrafos: 30. 

ABC. VIERNES 24 DE MAYO DE 1974.

LA IGLESIA EN EL MUNDO DE HOY

PABLO VI DA A CONOCER LA BULA DE PROCLAMACIÓN DEL JUBILEO UNIVERSAL PARA EL AÑO

SANTO DE 1975

El Santo Padre pide a todos los católicos que den muestras de conversión y

reconciliación en todas las manifestaciones de la vida cotidiana

A DIEZ AÑOS DEL CONCILIO, TERMINA UN TIEMPO DE REFLEXIÓN Y COMIENZA UNA FASE DE

CONSTRUCCIÓN DOCTRINAL TEOLÓGICA

Roma 23.

(Crónica de nuestro corresponsal, por télex.) Hoy ha sido en Roma día de

repique. Por Sania Rita de Cascia y porque, cumpliendo una antigua tradición,

firmó Pablo VI la bula proclamando el jubileo. La firma fue a las nueve, en el

salón del trono, constelado de casos y de cosas.

Tras asistir a la solemne rúbrica del documento, la teoría de protonotarios-

apostólicos bajó al atrio basilical y el decano, su-la bula que el Sumo

Pontífice acaba de promulgar. Cuando sonó, como música de órgano, la última

palabra latina, divina palabra, las campanas de San Pedro anunciaron con voces

de bronce que la noche de Navidad será inaugurado por el Papa el Ano Santo,

abriendo la puerta de la basílica magna de la cristiandad.

Al toque de las campanas de San Pedro respondieron las catedralicias del

luterano, luego las de las otras dos basílicas mayores. Fresco de rocíos llegó

el agudo son de las campanitas casi infantiles, del Araceli.

Daban ganas de recitar los maitines de la liturgia benedictina: "Laeti bibamus»,

«Bebamos alegremente la sobria embriagues del alma.»

Era hermoso ver cómo por entre la columna berniniana, las palomas, creyendo

jugar a la rueda-rueda, perseguían el eco de los bronces jubilosos.

Al filo, del mediodía, el maestro de ceremonias pontificias se dirigió a leer la

bula en el atrio de San Pablo, fuera de los muros. A la tarde se leyó en San

Juan de Letrán y en Santa María la Mayor. En fin, a la hora del crepúsculo, el

cardenal arcipreste Pablo Marella claveteó el texto de la bula en el portón

central de la basílica pietrina.

En la bula le pide Pablo VI a los jefes de Estado que para el Año Santo de 1975

promulguen un indultóla fin de que en todos los países se les devuelva la

libertad a cuantos, hallándose en la cárcel, hayan dado seguras pruebas de

arrepentimiento. El Pontífice insta a que se les consienta a los detenidos

políticos volver a sus hogares, donde sus familias sufren por la forzada

separación.

Esto está en la tradición del jubileo, palabra que viene del jobel, del cuerno

con que se anunciaba en el Año Santo la suma indulgencia, la gran perdonansa y

la restitución de bienes perdidos. Y no hay ningún bien más precioso que la

libertad.

Cuenta Alfarano la impresión que le produjo a los romanos la bula del Papa

Bonifacio VIII, consignando el gran perdón a todos los arrepentidos. Bula que a

caballo de dos siglos, entre el XIII y el XIV, fue cincelada en mármol: epígrafe

que aún se ve en lo alto de la puerta santa de San Pedro, y cantada en verso por

el propio Pontífice. Yo ya sé que una crónica periodística no se puede empedrar

de latines. Pero no resisto la tentación de declamar el tercer hemistiquio:

«Crimina laxantur...". «Se perdonan los delitos de quienes se arrepienten.»

Por cierto, recuerdo haber leído en una vida de Santo Domingo de Guzmán que un

pariente suyo fue traído de niño al jubileo del año 1200, y cien años después,

con un siglo y pico a la espalda, ese castellano viejo volvió desde tierras

burgalesas a la Ciudad Eterna, a besarle el anillo a Bonifacio.

Entonces, entre los años santos se espaciaba un siglo. Perdonadme otros latines.

El poema de Bonifacio comienza precisamente así: «Annus centenus-romae semper

est iubilenus». En Roma, el centesimo años, es siempre jubilar.

Ese poema, está esculpido a golpe de cincel en el arquitrabe del portal de la

derecha de la catedral sienesa, que es cosa de ver.

Los romeros que venían de España por la antigua calzada, hercúlea, en llegando a

Toscana se apartaban un poco de la costa para pasar por Siena y Florencia,

bajando luego al Lacio por la Casia. Me temo que ahora vengan casí todos en,

avión, vehículo con el cual se llega pero no se viaja, como dijo Agustín de

Foxá, gran decidor.

Pese a cuantas dificultades causan los emires del petróleo, va que estamos en

tiempo de vacas flacas, se espera que el Año Santo vendrá», seis millones de

peregrinos, o, mejor dicho, de romeros, pues peregrinos sólo son en verdad los

que van a Santiago de Compostela, como Dante nos enseña.

Dante vino, como también su paisano Giotto, al jubileo del 1300. Nos cuenta que

en el puente del Santo Ángel se ordenasen dos carriles la circulación. Los

visitantes pagaban de cien mil. Ahora pasaron de inedia docena de millones, y la

ciudad de Roma, no obstante las instancias vaticanas, no ha dispuesto

suficientes alojamientos ni suficientes estacionamientos para los autobuses

cerca de la plaza de San Pedro. Tendrá el apóstol que hacer un milagro Así sea.

Eugenio MONTES.

TEXTO DE LA BULA

Ciudad del Vaticano 23.

En el solemne documento que proclama el jubileo que se abrirá oficialmente el

próximo 24 de diciembre, el Pontífice ilustra los motivos, las normas y las

finalidades del XXV Año Santo que la cristiandad se dispone a celebrar.

Tras un preámbulo de carácter histórico relativo a las antiguas peregrinaciones

y a los jubileos anteriores, desde el año 1300, aprobado por Bonifacio VIII.

hasta el de 1950, de Pío XII. la bula de Pablo VI indica que todos los motivos

primarios y fundamentales de los años jubilares quedan resumidos en los temas

fijados para el de 1975: renovación y reconciliación.

«Esta renovación y reconciliación serán, ante todo, inferiores —afirma el

documento pontificio—, porque es en lo profundo del corazón donde se halla la

raíz de todo bien y, ¡por desgracia!, de todo mal», pero también, por lo que se

refiere a la Iglesia universal a diez años de la clausura del Concilio Vaticano

u. este Año Santo «parece como el término de un tiempo de reflexión y de

reforma, y el comienzo de una nueva fase de construcción en la elaboración de la

doctrina teológica espiritual y pastoral».

NECESIDAD DE LA CONVERSIÓN A DIOS

Pasando después a considerar el mundo entero, la bula de Pablo VI destaca que

esta llamada a la renovación y a la reconciliación «se armoniza con todo aquello

que los hombres —allí donde adquieren conciencia de los problemas que mayormente

les afectan y dondequiera sufren desventuras causadas por divisiones y guerras

que saben a luchas fratricidas— anhelan más sinceramente la libertad, la

justicia, la unidad, la paz».

A este respecto Pablo VI añade: «Por más que muchos sectores de las relaciones

humanas actuales estén caracterizados por las formas seculares, sin embargo, la

Iglesia, aun manteniéndose al margen de estos campos, que no son de su

competencia, quiere hacer sentir a los hombres la necesidad de la conversión a

Dios, principio necesario.»

Después de aludir a las indulgencias y a las conocidas normas para ganarlas, la

bula pontificia exhorta a «todos aquellos que tienen una responsabilidad» a

tornar Iniciativas para que el Año Santo contribuya a progresar realmente en la

renovación de la Iglesia, recordando que «parece ahora, muy oportuna una obra de

revisión y de incremento: de manera que teniendo en cuenta las bases seguras

establecidas por la Iglesia, se puedo reconocer y discernir lo que hay que

considerar verdaderamente válido y legítimo en las muchas experiencias que se

han realizado en todas partes y llevarlo a la práctica con ulterior empeño,

según los criterios y con los métodos que propone la prudencia pastoral y que

inspira la verdadera piedad».

EQUILIBRIO ENTRE TRADICIÓN Y RENOVACIÓN

En particular Pablo VI recuerda la necesidad de encontrar un justo y sano

equilibrio entre la tradición y la renovacion, entre él carácter esencialmente

religioso del apostolado y su eficacia en todos los sectores de la vida social:

entré su espontaneidad que se suele decir carismática y la fidelidad a aquellas

leyes fundadas en el mandato de Cristo y de los pastores de fe Iglesia; las

cuales, fijadas y actualizadas constantemente por la Iglesia, permiten la Justa

colocación de las experiencias individuales en el ámbito de la comunidad

cristiana, de modo que sirvan a la edificación y no a la disgregación del cuerpo

de Cristo, que es la Iglesia».

Afirmando que la Iglesia creé necesario alentar las Iniciativas encaminadas a

promover la Justicia y el progreso de los pueblos, el Papa reitera su llamada a

todos aquellos que «por razón de su cargo, pueden y deben contribuir a la

Instauración de un orden más perfecto en el sector de las relaciones humanas y

sociales, exhortándoles a la vez a no cejar en sus esfuerzos ante las

dificultades del momento actual y a no dejarse vencer por Intereses de parte».

Finalmente, Pablo VI expresa en su bula «con toda humildad y franqueza» su deseo

de que «las autoridades competentes de las diversas naciones consideren la

posibilidad de otorgar, según su propia prudencia, un indulto que sirva de

testimonio de clemencia y equidad, en favor, sobre todo, de aquellos

encarcelados que hayan dado suficientes pruebas de rehabilitación moral y civil,

o que hayan sido víctimas de situaciones de desorden político y social,

demasiado graves para que se les puedan imputar a ellos totalmente».

INVITACIÓN A TODOS LOS CREYENTES EN DIOS

El documento pontificio concluye invitando a los obispos y a todos los pastores

de las Iglesias esparcidas por el mundo «sin excluir a las no unidas plenamente

a la Iglesia Romana, más aún, abarcando, incluso, a todos los creyentes en Dios,

a participar al menos espiritualmente en esté convite de la gracia y de la

redención, donde Cristo se nos ofrece como maestro de vida».

Siguiendo una antigua tradición, terminado el acto de la firma, un grupo de

protonotarios apostólicos, clérigos y prelados de la «casa pontificia»,

con´funcionarios de la Secretaría de Estado, se trasladaron en procesión al

atrio de la Basílica de San Pedro, donde, desde un pulpito el decano de los

protonotaros dio lectura a la bula.

Después, el documento fue entregado al maestro de las ceremonias pontificias,

monseñor Virgilio Noe. quien los leyó en el atrio de la Basílica de San Pablo

Extramuros, y sucesivamente, en las otras dos basílicas romanas que tienen la

«puerta santa»: San Juan de Letrán y Santa María la Mayor.

Por último, la bula fue entregada al cardenal arcipreste de la Basílica de San

Pedro, Paolo Marella, quien la fijó en la puerta central del templo.

Efe

 

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