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 Monseñor Guerra Campos elogia la tarea de Franco como Jefe de Estado     
 
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INFORMACIÓN RELIGIOSA

MONSEÑOR GUERRA CAMPOS ELOGIA LA TAREA DE FRANCO COMO JEFE DE ESTADO

MADRID, 23.

(Resumen de CIFRA.)

«El 38 aniversario de la exaltación de Francisco Franco a la Jefatura del

Estado, además del relieve que todo el mundo le reconoce en la historia de la

sociedad civil, constituye un signo Imborrable en la historia de la Iglesia

contemporánea, por doble motivo: por el empeño, singular en esta época, con que

un hijo de la Iglesia ha tratado de proyectar en la vida pública su. condición

de cristiano y la ley de Dios, y por las manifestaciones emitidas acerca de él

por Papas y obispos, que, si se atiende a su contenido y también a su unanimidad

y persistencia, difícilmente se hallarán en relación con ninguna otra persona

viviente en los últimos siglos», afirma el obispo de Cuenca, monseñor Guerra

Campos, en un documento Que bajo el titulo «Ante el 1 de octubre: la iglesia y

Francisco Franco» publica el «Boletín Oficial del Obispado de Cuenca».

Monseñor Guerra estudia las relaciones entre la Iglesia y el Estado, y señala

que la Iglesia no prejuzgaba las cuestiones de política contingente sujetas a

diversidad de opiniones, pero no por una Inhibición evasiva. La Jerarquía

española proyectaba su influencia sobre el campo civil en varios aspectos; en

primer lugar, en relación con las necesidades primarias que afectaban al pueblo,

que durante varios lustros se encontró en difíciles condiciones materiales. Cita

en este sentido la Conferencia de Metropolitanos de 1951, y manifestaciones del

cardenal Bueno Monreal en las que elogia la labor del Gobierno en este sentido.

En segundo lugar, en relación con la estructura política del país, pero señala

en tercer lugar, no, debe olvidar la frontera en que el influjo de la Iglesia ha

de respetar la autonomía del orden político, ya que «la Iglesia cree que la

prudencia y la oportunidad políticas en las aplicaciones concretas de su

doctrina social son cosas del gerente del bien común, que es el Estado».

Cita luego manifestaciones del cardenal Pía y Deniel, en las que subraya la fe

católica del Jefe del Estado, y elogia cálidamente la obra realizada. «La

Iglesia no hubiera bendecido un mero pronunciamiento militar ni un bando de una

guerra civil. La Iglesia bendijo, sí, una cruzada.» «Hemos de reconocer que, en

general, desde muchos siglos no se había reconocido, tanto teórica y

prácticamente la independencia de la Iglesia como por el actual Gobierno.»

Monseñor Guerra Campos recree a continuación palabras del cardenal Quiroga

Palacios y de monseñores Olaechea y Herrera Oria, en el mismo sentido que las

anteriores.

Tras citar testimonios elogiosos de los nuncios Antoniutti y Riberi, se recoge

en este documento, a modo de resumen de la posición de la Iglesia ante Franco,

la siguiente declaración del cardenal Bueno Monreal:

«La Iglesia respeta y ha repetado siempre la legítima potestad civil. Pero

cuando la Iglesia encuentra un gobernante de profundo sentido cristiano, de

honestidad acrisolada en su vida Individual, familiar y pública, que con justa y

eficaz rectitud favorece su misión espiritual, al tiempo que con total entrega,

prudencia y fortaleza trata de conducir a la Patria por los caminos de la

justicia, del orden, de la paz y de su grandeza histórica, que nadie se

sorprenda de que la Iglesia bendiga, no solamente en el plano de la concordia,

sino con afectuosidad de madre, a ese hijo que, elevado a la suprema jerarquía,

trata honesta y dignamente de servir a Dios y a la Patria. Ese es precisamente

nuestra caso. Gracias sean dadas al Señor.

Afirma monseñor Guerra Campos que las palabras de la Iglesia corresponden en

Franco «no tanto a declaraciones como a un lenguaje de hechos y actitudes, de

ejemplaridad personal, de gobernante que da cuitó a Dios (entrega su espada a

disto, pone la Patria en manos del Apóstol Santiago, la consagra al Corazón

Inmaculado de María, la ofrenda reiteradamente a Jesucristo en el Santísimo

Sacramento) y que legisla y gobierna con inspiración cristiana y la intención

puesta en el bien integral del pueblo».

Tras la enumeración de los Juicios" elogiosos de la jerarquía, monseñor Guerra

Campos afirma que «no se trata sólo de muestras de cortesía o halago

ocasionales; no se trata solo del respeto debido a la autoridad; mucho menos

supone una adscripción a lo que en política es contingente y opinable; ni es lo

principal la afirmación de éxitos o aciertos, con ser muchos. Lo que se elogia

primordialmente es una ejemplaridad y unos criterios adecuados, es la dedicación

a unos valores fundamentales que la Iglesia cree imperativos, cualesquiera que

sean las modalidades admisibles en el campo de la autonomía política».

Monseñor Guerra Campos sale al paso de los que ahora pretenden declarar la

posición de Franco incompatible con el Evangelio y la doctrina social de la

Iglesia. Si nos atenemos a la voz del magisterio de la Iglesia, no veo nada que

permita modificar sustancialmente lo que la Iglesia ha deseado o ha alabado en

la obra de Franco en relación con los valores fundamentales arriba señalados. De

hecho, con las vaiantes que imponen sus propias situaciones contingentes y la

diversa estructura de los sujetos de la responsabilidad civil sigue

postulándolos ahora mismo.

Insiste monseñor Guerra Campos en que las declaraciones de la Iglesia en

relación con el Jefe del Estado no valen únicamente como un hecho del pasado,

sino que están Implicados unos valores permanentes que hay que promover ahora y

en el futuro. Pone en guardia contra tes actitudes sugeridas por los que

administran sus manifestaciones según los cálculos del medro personal, los que

por el bien de su causa preferirían el silencio sobre la conducta de la Iglesia

en tiempo de Franco, y los que desean congraciarse con un futuro hostil, fuera

de las previsiones constitucionales. Afirma que la Iglesia no podrá traicionar a

Cristo por miedo a la hostilidad.

finaliza su estudio monseñor Guerra Campos haciendo suyo el voto que formuló el

Episcopado español cuando expuso la doctrina del Cóncilio Vaticano II sobre el

orden temporal: «Que el Señor ilumine y asista a los hombres beneméritos, de

modo especial al Jefe del Estado, en cuyas manos está principal mente la obra de

conservar la paz y de ordenar, seguí Dios y según los legitimos deseos de todos,

la comunidad temporal de los españoles.».

 

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