Con un profundo diagnóstico del cardenal Tarancón sobre el momento actual de España se abrió ayer la plenaria del Episcopado  :   
 "Los obispos estamos dispuestos a colaborar a un desarrollo que, con realismo y justicia, supere las divergencias y de paso a una sociedad unida y en paz". 
 ABC.    26/11/1974.  Página: 43-44. Páginas: 2. Párrafos: 30. 

LA IGLESIA EN EL MUNDO DE HOY

CON UN PROFUNDO DlAGNOSTICO DEL CARDENAL TARANCON SOBRE EL MOMENTO ACTUAL DE

ESPAÑA SE ABRIÓ AYER LA PLENARIA DEL EPISCOPADO

El purpurado estudió el papel de la Iglesia ante la pluralidad de opciones

políticas, el derecho de participación eficaz y libre de los ciudadanos y el

peligro de las minorías que pretenden imponer su opinión a todos

«LOS OBISPOS ESTAMOS DISPUESTOS A COLABORAR A UN DESARROLLO QUE, CON REALISMO Y

JUSTICIA, SUPERE LAS DIVERGENCIAS Y DE PASO A UNA SOCIEDAD UNIDA Y EN PAZ»

En un gran silencio oyeron ayer los obispos españoles el importante discurso con

el que el cardenal Tarancón inauguró la XXI plenaria de nuestro episcopado. El

arzobispo, de Madrid prefirió en esta ocasión no tocar los que serán temas

centrales del estudio de la conferencia y ofrecer en cambio un diagnóstico sobre

los momentos actuales que vive nuestra Iglesia y nuestra patria.

Tres partes claramente distintas tuvo su intervención. En la primera, el

presidente de la conferencia presentó un panorama del reciente Sínodo de obispos

que ha sido —dijo— «el más rico, más positivo y esperanzador" de los celebrados.

Examinó las aportaciones de los diversos episcopados y se detuvo especialmente

en el tema de la evangelización de la juventud que ha de ser —dijo— «tarea

urgente y prioritaria, que va a exigirnos mucho a todos».

En la segunda parte de su intervención el arzobispo de Madrid se planteó el

problema de la reconciliación en nuestro país. Habló del documento que los

obispos están preparando sobre este tema y señaló su especial dificultad con

estas palabras:

No es un clima de reconciliación el que se respira dentro de la Iglesia y de la

sociedad en que vivimos. Y me estoy refiriendo, claro está, a la Iglesia de

España.

Tampoco en nuestra sociedad se respira en estos momentos un ambiente de

concordia, allí donde las relaciones humanas sellan hecho más difíciles por

nuevas dificultades económicas, por las frecuentes crisis laborales y por las

divergencias que se están manifestando en el campo de la convivencia política.

El permanente recuerdo y la exaltada evocación emocional de algunos

acontecimientos históricos pueden ser causa de separación entre nuestros

hermanos y un obstáculo grave para la reconciliación.

Ya sé hermanos, que tenemos el peligro de ser incomprendidos y aun interpretados

peyorativamente, desde distintos puntos de vista que cada persona o cada grupo

considera no sólo justos, sino únteos. Pero por difícil y arriesgado que sea en

estos momentos nuestro ministerio de la palabra, las exigencias radicales que

ésta plantea en nosotros y el testimonio al que nos obliga, hace más difícil

todavía nuestro empeño.

A continuación, el cardenal Tarancón, con un admirable esfuerzo de sinceridad,

planteó a los obispos la necesidad de que la propia conferencia episcopal y los

obispos den al país un ejemplo de esta reconciliación. En este sincero examen

dijo entre otras ocas:

Nuestra palabra de reconciliación —el documento que preparamos— es necesaria e

ineludible. Pero no será aceptada y si acremente discutida y «contestada» con

fuerza, si no acertamos a confirmarla con signos claros e Inteligibles. De lo

contrario, se dudará en nuestra sinceridad de la eficacia de nuestro ministerio

de salvación y aun de nuestra fidelidad al Evangelio.

No es la hora de echar culpas a nadie. Creo sinceramente que todos somos

responsables de ese fenómeno que estoy señalando. Creo también que nosotros —

todos nosotros— hemos de ser evangelizados para poder evangelizar, los primeros

reconciliados para poder reconciliar.

DIAGNOSTICO DEL MOMENTO ACTUAL DE ESPAÑA

De cara a la opinión pública fue, sin duda, la tercera parte la más importante.

Sin ella monseñor Tarancón analizaba, con mesura en las formas, pero con

evidente realismo y claridad, los problemas del momento español y la postura de

la Iglesia ante ellos. Dado el interés de esta parte de su discurso, la

recogemos a continuación en su integridad:

Con grave preocupación, no exenta de legítima esperanza, debo referirme a algo

que, sin ser objeto directo de nuestra misión pastoral, la puede condicionar

positiva o negativamente y, en todo caso, constituye como una conciencia

generalizada de nuestro pueblo sobre la cual estamos, llamados a proyectar la

luz del Evangelio.

La Iglesia se encarna en los distintos pueblos y naciones. Nuestra Historia

demuestra basta qué punto los españoles hemos acunado en la fe cristiana nuestra

conciencia nacional. Nuestra misma labor pastoral nos obliga a vivir de cerca, a

obispos y sacerdotes, los interrogantes y los problemas que viven en este

momento los hombres de España.

Nosotros también somos españoles. Y queremos ser buenos españoles. Y queremos lo

mejor para nuestra Patria y estamos dispuestos a sacrificarnos por ella. El

patriotismo, siempre que sea ordenado, es ana virtud cristiana y es un deber de

todo corazón bien nacido el trabajar para que se den en la sociedad aquellas

condiciones que hagan posible, y hasta más fácil, el bienestar de todos en una

convivencia fraterna.

Yo no descubro nada nuevo si digo que nuestro pueblo está atravesando momentos

difíciles. En el orden económico, como consecuencia de la crisis mundial y por

incidencias Internas, los responsables del bien comun se ven obligados a imponer

normas restrictivas que van a poner a prueba nuestra capacidad de austeridad y

aquella virtud tan cristiana de la solidaridad, qué, tópicamente, dicen no ser

característica de los españoles. La Comisión Episcopal de Apostolado Social ha

dicho ya una palabra orientadora desde el Evangelio, precisamente para ahondar

en esa colaboración necesaria con la autoridad en estos momentos difíciles y

para que la crisis no cargue más fuertemente sobre las espaldas de los más

débiles. Y estoy convencido de que con esa advertencia hemos cumplido un deber

de nuestra misión pastoral.

EL EPISCOPADO NO PUEDE INHIBIRSE

Por otra parte, ya sé que nosotros ni somos políticos, ni podemos actuar como

políticos en el sentido que se da comúnmente a esa palabra. Tampoco queremos

influir para llevar adelante una determinada, opción política, porqué no es de

nuestra incumbencia. Pero, tenemos que predicar la fe a hombres que, lo queramos

o no, viven hoy preocupados por dar una solución a corto y a largo plazo a una

serie de problemas políticos. La Iglesia —y en nuestro caso el Episcopado

español—no puede inhibirse ante esa realidad. Sin salimos de nuestra misión

iluminadora, y siendo siempre instrumentos de amor, de justicia, de libertad y

de paz, muchos esperan de nosotros que sepamos en estos momentos asumir la

responsabilidad de llevar la serenidad a las conciencias para que no se lleguen

a enfrentamientos innecesarios y para que se eviten los traumas que pudieran

originarse.

Esta reflexión que estoy iniciando, puede parecer a primera vista extraña y casi

impropia de este lugar. Creo, sin embargo, que expreso la preocupación y el

sentir de muchos de vosotros si digo que en esta hora somos conscientes de esa

responsabilidad, que no tratamos de esquivarla, y yo considero que es más leal,

más honesto y, sobre todo, más cristiano, decirlo aquí públicamente. Estamos

dispuestos a prestar la colaboración que puede pedirse a nuestro ministerio

apostólico, para que en orden a un desarrollo político, todo se resuelva con

realismo y justicia, para que se superen las divergencias extremosas y se dé

paso a una sociedad más unida, próspera y en paz.

No pretendo, como es lógico, dar soluciones, sino tan sólo llamar vuestra

atención sobre algunos aspectos de este problema. Lo cual no quiere decir que

como cristianos y como obispos podemos mantenernos indiferentes ante cualquier

rumbo que pudiera darse a la cosa pública. Nuestro deber pastoral nos obliga a

prever y a descubrir, en cuanto sea posible, los caminos anchos y plurales del

Evangelio.

PLURALIDAD DE OPCIONES TEMPORALES

El Concilio dice muy claramente que no es lícito asumir en exclusiva el

Evangelio para potenciar una determinada opción temporal que será siempre

discutible.

«El cristiano debe reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales

discrepantes y debe respetar a los ciudadanos que, aun agrupados, defienden

leahuente su manera de ver» («Gaudium et Spes» número 75). Para evitar

compromisos puramente temporales que no son propios de la Iglesia ni de la

jerarquía, será necesario afirmar una vez más que en nombre de la Iglesia o del

Evangelio no es lícito imponer una solución concreta de orden temporal o

pretender potenciar a un determinado grupo político. Sería gravísimo esgrimir

este nombre santo en exclusiva o invocarlo para enfrentarse en la palestra

política con otros españoles que. también son cristianos dignos de este nombre y

que proceden honestamente.

Esta afirmación si ensancha, por una parte, el campo político de opciones

legítimas para el cristiano, a su vez lo delimita, ya que excluye de raíz

aquellas otras opciones que, al postular sistemas en los que se desconocen o

conculcan en la práctica los más elementales derechos de los ciudadanos, tales

como los de asociación, reunión y expresión, comportan un fragante atentado

contra la inviolable libertad de las personas. Tampoco podrá asimismo el

cristiano hacer suyos aquellos sistemas que por la concepción filosófica que los

anima, resultan intrínsecamente inseparables de su propia doctrina atea y

contradigan los principios cristianos.

PREDICAR LA FE CON AUTENTICA LIBERTAD

No faltan las críticas de los que, desde una mal entendida concepción

espiritualista, consideran que los obispos nos preocupamos excesivamente de los

problemas temporales. «Pero es de justicia —nos dice el Concilio— que pueda la

Iglesia en todo momento y en todas partes predicar la fe con auténtica libertad,

enseñar su doctrina sobre la sociedad, ejercer su misión entre los hombres sin

traba alguna y dar un juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden

político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la

salvación de las almas, utilizando todos y sólo aquellos medios que son

conformes al Evangelio y al bien de todos, según la diversidad de tiempos y

situaciones.» («Gaudium et Spes» número 76.) A la luz de este principio que

carga sobre nuestra conciencia de pastores estas responsabilidades, también

tendrían razón los que nos acusaran ante Dios de que nuestro silencio, como pudo

haber sucedido en ocasiones, fuera interpretado como tácitas aprobaciones desde

el Evangelio.

Los cristianos hemos de ser los mejores ciudadanos y por eso dice también el

Concilio: «Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí

unidad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las

tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les

obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal

de cada uno.» «Gaudium et Spes», número 43.) Nuestra condición de pastores del

pueblo de Dios nos obliga a exhortar a todos los fieles a la participación en el

trabajo por el bien común, a fin de que todos cumplan debidamente esos deberes

que tienen como ciudadanos y como cristianos.

LA PARTICIPACIÓN EFICAZ DE PERSONAS Y GRUPOS

Ahora bien, para que podamos hablar en conciencia de la existencia de este

deber, es requisito previo —según la mente de la «Gaudium et Spes»— la

existencia de unas condiciones políticas que hagan efectivamente posible la

participación de los ciudadanos desde su propia identidad ideológica, con

efectivo reconocimiento de facultades y medios para hacerla valer, con plenitud

de garantías jurídicas y sin más límites que los rectamente encaminados a

asegurar el pacífico y ordenado concurso de los grupos y corrientes de opinión.

Nosotros —toda la Iglesia— hemos de ser. instrumentos de unidad y de paz. Los

«extremismos» que ejercitan la violencia, aun verbal, y que cuartean la

esperanza de la convivencia en la libertad; la hegemonía de una «clase" o una

minoría, que pretende imponer.su criterio o su fuerza a toda la sociedad; las

ambiciones y discordias, los recelos y las animosidades, etcétera, aunque

pretendan ampararse bajo intenciones aparentemente nobles o incluso cristianas,

no se compaginan con el Evangelio ni con la condición, de miembros de la

Iglesia. Nosotros somos de todos y para todos. La Iglesia no excluye a nadie que

no quiera voluntariamente excluirse de ella. Como pastores de la misma tenemos

el deber de no ahorrar esfuerzo para crear un clima de comprensión, de respeto,

de libertad justa y humana, propicio a la reconciliación de todos los españoles,

que, por añadidura, son también todos ellos hijos de Dios y miembros de su

pueblo santo como bautizados.

Creo, hermanos, que en estos momentos y en las presentes circunstancias no

podemos prescindir de prestar nuestra atención a toda esa problemática y de

reflexionar serenamente sobre lo que podemos y debemos hacer, cumpliendo nuestra

dobla responsabilidad de obispos y da españoles. Y estoy plenamente convencido

de que es» reflexión y preocupación nuestra puede servir de estímulo y de

ejemplo los cristianos y a todos los españoles de buena voluntad para que se

apresten a colaborar eficaz y solidariamente en el bienestar de nuestra Patria.

 

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