La leal oposición     
 
 ABC.    09/07/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

9 DE JULIO DE 1977. PAG.

LA «LEAL» OPOSICIÓN

PARECÍA que todos estábamos de acuerdo en un punto concreto: vencedores y vencidos en las urnas

iban a sumar constructivamente -y las criticas constructivas son siempre necesarias, no sólo en

política- sus esfuerzos en un auténtico intento nacional de restablecer unas bases equilibradas para

nuestra deteriorada economía. Al menos, la coincidencia en lo esencial de los diversos programas

económicos permitía esa presunción. El consenso, o el debate, sobre los detalles vendría después.

Poco Importa que un partido, por ejemplo, otorgue la prioridad de sus preocupaciones del momento al

problema del desempleo, anteponiéndolo al de la inflación, cuando es bien consciente -aunque tal

conciencia no se aplique a sus proclamas electorales- de que la inflación es la causa principal del paro y

también de que entraña el mayor costo social para la colectividad.

ESTAS premisas conformaban el contexto en el que habría de moverse la acción política, en materia,

socioeconómica, en los próximos e inmediatos meses. Pero una dura e ingrata realidad se ha abierto

camino a la luz de lo que se dijo en ese primer contacto informal entre Centrales sindicales y empresarios

españoles, auspiciado por la Asociación para el Progreso de la Dirección. Vaya por delante que tales

organizaciones, en período de acuñación todavía, con denominaciones históricas o siglas poco conocidas,

en algunos casos, no representan por el momento nada más que una voz minoritaria, no suficientemente

representativa de lo que piensa, siente y quiere el trabajador español.

Pues bien, empresarios en trance aún de integrarse, es decir, empresarios individuales, escucharon de

labios de las agrupaciones sindícales la negativa a aceptar una fórmula de pacto, contrato o, simplemente,

consenso social.

PERO en esta actitud se manifiesta un síntoma que nos preocupa sobremanera y que ya apuntábamos en

nuestro editorial de ayer. Detrás de algunas de las recientemente legalizadas Centrales sindicales se

muestran, sin tapujos, determinados grupos, precisamente con voz y voto en el Parlamento. Y nuestra

sorpresa viene, precisamente, de que cuando los parlamentarios no han tenido aún ocasión de defender

legítimas reivindicaciones o de oponerse a lo que juzguen injusto o antisocial, sean los sindicalistas

emparentados estrechamente con unos o con otras tos que anticipen -creemos que bien torpemente-

futuras posiciones.

NO negamos el derecho a la afiliación política de los trabajadores ni de los líderes sindicales. Pero nos

parece que los intereses que incumbe representar y defender a los políticos no tienen que identificarse

necesariamente con aquellos por los que luchan los Sindicatos de Trabajadores. Estos, los Sindicatos,

deben constituir un grupo de presión, pero social y no política.

El caso británico es bien ilustrativo. La alternancia en el ejercicio del poder de las dos grandes fuerzas

políticas del país convierte a una de ellas, tradicionalmente y necesariamente, en lo que ha dado en

llamarse la «leal oposición». Los poderosísimos Sindicatos ingleses desempeñan un papel al margen de la

ideología del sector gobernante. Y puede suceder, como ahora, que un Gabinete laborista se encuentre en

grave peligro de crisis —con la consecuencia inmediata de una nueva consulta electoral— precisamente

por la contestación de los Sindicatos.

Si aquí, en España, se identifican centrales sindicales y partidos políticos, no podrá haber nunca una

oposición constructiva; a lo sumo, el peligro de una «desleal» oposición.

 

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