Autor: Martín Descalzo, P.. 
   Pablo VI ha procurado conservar la esencia ignaciana de la Compañía de Jesús  :   
 Al excluir la extensión del cuarto voto, pese a la votación favorable de la Congregación General de la Orden. 
 ABC.    13/03/1975.  Página: 35-36. Páginas: 2. Párrafos: 18. 

LA IGLESIA EN El MUNDO DE HOY

PABLO VI HA PROCURADO CONSERVAR LA ESENCIA IGNACIANA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Al excluir la extensión del cuarto voto, pese a la votación favorable de la

Congregación General de la Orden

ROMA, 12.

(De nuestro enviado especial, por télex.)

Cuando Pablo VI concluyó su discurso a los jesuítas, el pasado 3 de diciembre,

les propuso, en su frase final, una meta empinada, casi imposible de

conseguir humanamente: «Caminemos juntos —dijo en su frase final—, libres,

obedientes, unidos en el amor a Cristo, para mayor gloria de Dios.»

«Libres, obedientes». Me parece que en el juego de estos dos adjetivos se resuma

el verdadero fondo de lo que algún periódico sensacionalista ha bautizado como

«la batalla de los cien días».

Si en mi crónica de ayer dije, sin rodeos, que me parecía injusto resumir esta

XXXII Congregación General de los Jesuítas como un gesto de rebeldía resuelto

con un tirón de freno amordazante, hoy diré también que sería ingenuo y falso

negar que en esta Congregación ha habido un verdadero conflicto, aunque puede

que, en algunas vertientes, sea justo presentarlo —como hace dos días titulaba

«Le Fígaro»— como «un conflicto ejemplar».

Que en la Congregación de los Jesuítas habría problemas era fácil de predecir.

La Compañía ha dado en los años posconciliares muchos pasos al frente, tal vez

con más audacia que ninguna otra congregación en la Iglesia, v es imposible

caminar sin equivocarse alguna vez, y aún mucho más imposible conseguir que un

grupo tan amplio como son los jesuítas avance todo el al mismo paso. Los

jesuítas han pagado un precio caro por su renovación. Por un lado la cifra de

abandonos es alta: lo» 36.000 Jesuítas de hace diez años se han reducido a

29.000, si bien hay que señalar que el promedio de abandonos en la Compañía es

prácticamente idéntico al do las demás órdenes religiosas de la Iglesia, y que

esta hemorragia, aunque continúa, ha perdido la intensidad que tuvo en los años

70-73.

Se esperaba (por todo ello) que en el interior de la Congregación se produjeran

no pequeñas tensiones.

Pero a todos aguardaba la sorpresa de que estas tensiones sa producirían no

entre los miembros de la Congregación, sino entre ésta v las altas autoridades

vaticanas.

En el interior de la Congregación se alcanzaba el máximo de unanimidad que se

puede conseguir en una comunidad, humana y libre. Tal vez porque la elección de

los representantes de las 85 provincias jesuíticas recayó en hombres de

mentalidad media, quedándose en la cuneta los hombres de las puntas más

extremas. Significativamente, la edad media de los miembros de la Congregación

era de cincuenta años y en ella intervenían sólo ocho padres menores de cuarenta

años y sólo otros ocho mayores de sesenta y cinco. Asi surgió, aun proviniendo

de. órbitas muy distintas y aun contando con el gran pluralismo ideológico que

la Compañía permite a sus miembros, una fácil coincidencia en los modos de

pensar, que se expresaba a la hora de los votos en amplísimas mayorías de 90 y

de 95 por 100.

El conflicto iba a surgir en cambio, entre la Congregación y el Papa y por un

tema que, en realidad, era marginal, aun cuando en él quedará envuelto el

problema de la obediencia al Papa, realmente central para los jesuitas. Me estoy

refíriendo al famoso conflicto sobre los «grados» en la Compañía y

consiguientemente, al cuarto voto de especial sumisión de los jesuitas al Papa.

EL PROBLEMA DEL CUARTO VOTO

Es sabido que San Ignacio fundó su Compañía como una congregación sacerdotal en

la que también podrían cooperar algunos seglares que ayudasen a esa vanguardia

sacerdotal en sus tareas apostólicas. Padres y hermanos formaban así dos

agrupaciones de jesuitas autenticas las dos, pero distintas. San Ignacio vio,

además. Que no Pocos sacerdotes de su época, eran lo que durante siglos se llamó

«curas de misa y olla», que podían ser magníficos apóstoles, pero que carecían

de aquella formación que era necesaria para la avanzadilla misionera que San

Ignacio deseaba poner en manos de los Papas. Decidió, por ello, que sólo

aquellos sacerdotes que alcanzasen un determinado grado de formación fueran

considerados profesos y formularan, por tanto, ese cuarto voto de especial

fidelidad al Pontífice. Existían, pues, y existen aún hoy en la Compañía tres

«grados» de jesuítas: los hermanos, los sacerdotes no profesos y los profesos.

Sólo estos últimos hacen el cuarto voto y sólo, estos últimos pueden ocupar

carffos de dirección en la Orden o participar como miembros en la Congregación

general. En la actualidad —aparte de unos 5.000 estudiantes— hay en la Compañía

7,770 profesos, unos 13.000 sacerdotes no profesos y 4.580 hermanos.

La razón primaria que movía a muchos era suprimir una discriminación que para

muchos resulta dolorosa. Hoy se entiende mal que un sacerdote no pueda llegar a

cargos directivos y otro sí por la simple razón dé que uno ha obtenido y otro no

Una alta nota en un examen de Teología. y el aumento de impórtamela del papel

del seglar en la Iglesia hace a muchos pensar por qué el concepto de hermanos

habría, de reducirse a miembros que prestan una ayuda puramente material y por

que junto al jesuíta hermano jardinero no podría haber el jesuíta hermano

profesor de Universidad, que pueda tener vocación jesuística, aunque no

sacerdotal.

Frente a éstas razones ha opuesto Pablo VI su negativa, evidentemente no sin

otras serias razones. En sus textos, el Papa, evitando entrar en, una discursión

impropia, ha preferido atenerse simplemente a su obligación, como garantizador

del carisma de la obra, de mantener a la Compañía tal y como San Ignacio la

fundó, pero es claro que Pablo VI no ha hecho esta defensa por un puro aferrarse

a la historia pasada.

Quien conozca al actual Pontífice sabe que mira mucho más a la historia futura.

Y es sin duda de cara a ese futuro como en este caso ha actuado.

Pablo VI no ignora que estamos en tiempos en que, junto a una justa

revalorización del movimiento seglar, vivimos una injusta desvalorización del

sacerdocio. En la misma Orden de los jesuítas se están multiplicando los casos

de estudiantes que, al llegar la hora de la ordenación, prefieren no recibir el

sacerdocio, pero querrían permanecer siendo jesuítas desde una condición laical.

De multiplicarse esta tendencia ¿no nos encontraríamos al cabo de algunos

decenios con que los jesuítas habrían dejado de ser una Orden sacerdotal y

contarían, en cambio, con mayoría de jesuítas seglares? Son muchos los que

piensan que esta sería, una hermosa Orden, pero no sería la que San Ignacio

fundase. Sería una mezcla de Orden e instituto secular como hay otros

admirables, pero habría dejado de ser la Compañía.

LAS ETAPAS DEL CONFLICTO

Me toca ahora describir, aunque sea someramente, la evolución de este conflicto

que no guerra; de los cien días.

Inicia la congregación y el problema el 3 de diciembre. En su discurso público

prefiere Pablo VI no tocar directamente el problema, aunque, eso sí, acentúa muy

claramente el carácter sacerdotal de la Orden. Pero en esa misma fecha el

cardenal Villot escribe al padre Arrope una carta, que es evidentemente

complemento del discurso del Papa. En ella dice que el Santo Padre había

«considerado cuidadosamente las implicaciones de una posible propuesta por parte

de la Congregación General respecto a quienes podían pronunciar el cuarto voto».

El Santo Padre añadía: «Desea informar al sadré general que un cambio semejante,

examinado atentamente, parece ofrecer serias dificultades que impedirían la

concesión de la necesaria aprobación de la Santa Sede» (pues un cambio así no

puede hacerlo la Congregación sin la aprobación del Pontífice).

Cuando esta carta es leída a los reunidos, éstos discuten si esta decisión

previamente tomada por el Papa impide el que ellos estudien el tema y presenten

al Papa sus razones, dando por supuesto que el Papa es plenamente libre dé

estudiarlas o no y de atenderlas o no, y dando igualmente por supuesto que la

Congregación aceptará la definitiva decisión pontificia.

Puesto el tema a votación hay práctica unanimidad en la idea de estudiar el

problema (sin que se oponga siquiera el grupo más conservador de la

Congregación). Se dice que en el intervalo, el padre general, a título privado,

ha preguntado a la Secretaría de Estado si lo que el Papa quiere es que no se

tome una decisión o que ni siquiera se estudie el tema. Se dice también que él

padre Arrupe no logró obtener una respuesta clara a su pregunta.

El 11 de enero la Comisión encargada del tema presenta en el aula la serie de

opciones posibles dentro de este problema. Ante la sorpresa de la mayoría —que

espera Que la propuesta del cambio de la fórmula ignaciana no alcance la

mayoría—, la postura reformista de pedir el cambio al Papa, se impone por más de

los dos tercios necesarios. El resultado de esta votación se envía al Papa con

las actas, como todas las demás que han ido enviándose diariamente al Santo

Padre.

La respuesta es una dura carta del cardenal Villot —carta que no se ha

difundido—, en la que él secretario de Estado reprende al padre Arrupe por haber

ñutido un debate y votación sobre tema.

La postura del Papa sería aún más clara en la carta que el 15 de febrero dirigía

al padre Arrupe, y en la que decía: «Como supremo garantizador de la "fórmula

del Instituto" y como pastor universal de la Iglesia no podemos permitir que se

toque mínimamente este punto, que es uno de los quicios fundamentales de la

Compañía de Jesús. Y al excluir la extensión del cuarto voto nos mueve no un

sentimiento de menor consideración o un menor profundo conocimiento de los

problemas, sino, por el contrario, el respeto profundo y el amor apasionado que

sentimos hacía la Compañía misma y con la certeza del gran incremento que ella,

conservada tal y como el fundador la quiso —aunque con la oportuna puesta al

día, siempre que no vaya más allá de los límites de su fundamental identidad—,

está llamada a dar a la tarea cada vez más difícil de la Iglesia en el futuro.»

Pienso ahora que esta historia, vista en profundidad, no puede en justicia

calificarse de guerra. Ha sido un conflicto cristiano, en el que el Papa ha

sufrido al tener que mandar y los jesuítas al tener qne obedecer. Un conflicto

cuyo planteamiento y cuya solución sólo puede entenderse desde la fe. Y que como

ha sido vivido desde la fe, tiene forzosamente que dar frutos positivos en el

futuro.

P. MARTIN DESCALZO.

 

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