Integración de la juventud     
 
 ABC.    24/02/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

A B C. DOMINGO 24 DE FEBRERO DE 1971.

INTEGRACIÓN DE LA JUVENTUD

Vamos —según manifestó programáticamente el presidente Arias— hacia una política de juventud resueltamente imaginativa. Sin paternalismos de las viejas generaciones, y sin adscripción a unas vivencias del pasado más que por los caminos del respeto y del reconocimiento a unos orígenes políticos que son fundamentalmente comunes. Más de la mitad de la población española, pese a que la esperanza de vida ha aumentado sensiblemente en las últimas décadas, tiene hoy menos de treinta años. Más de la mitad de cuantos convivimos hoy en España, entre dieciséis y diecisiete millones de personas, no han conocido otra España que la de Franco; de la posguerra y el aislamiento al desarrollo, a las relaciones con China y a la prosperidad, ahora exterior-mente amenazada, en el terreno de la economía.

La participación de la juventud en las tareas políticas, condición ineludible para acceder a un desarrollo político auténtico, no se llevará a cabo, lógicamente, hasta que las asociaciones sean un hecho. No quiere esto decir que no haya jóvenes que ya estén plenamente integrados, participando en la Administración.

Pero lo que se busca es una participación en las responsabilidades, en las decisiones, que sea mayoritariamente representativa. Se busca también despertar un sentimiento, una conciencia que, para esa importante mitad de españoles, se encuentra en estado letárgico, que no ha tenido oportunidades válidas para mostrarse en estado de vigilia.

La urgencia que esta situación debe imprimir a los trabajos para la puesta a punto del proyecto de asociaciones, parece obvia. La esperanza se ha formulado de modo inequívoco y concreto, pero las palabras deben dar paso a los hechos a la mayor brevedad, aún manteniendo alejada toda sombra de improvisación o ligereza. Y también debe irse mentalizando el país, tanto las generaciones que, por razones de edad y fisiología política, no quisieran contemplar la obligada evolución, como aquellas otras, con menos años, cuyo objetivo parece ser el de la división a ultranza, como si el meridiano, amplio, de los cuarenta o cincuenta años de vida, sirviese de canal o de barrera cronológica insalvable, con relación a quienes les suceden biológicamente.

Resulta ya necesario señalar la aberración que representa, de cara a ese futuro

que la declaración del presidente Arias nos ha acercado ostensiblemente, el mantenimiento, aunque sólo fuese a niveles puramente formales, de cuanto signifique, implícitamente, una separación. La simple existencia de grupos profesionales, laborales o culturales, con posibilidades ciertas de acción política, que añaden a su denominación el apellido de «jóvenes», parece ahora poco congruente.

La integración de la juventud en el hecho político, con todas sus consecuencias, no será sumisa ni incondicional, pero la distinción entre jóvenes y viejos no debe producirse. La presencia de esa juventud en la que el país tiene puestas sus posibilidades de reserva y de creación, ha de traducirse, únicamente, en una vigorización del Régimen.

No postulamos, ciertamente, la puesta en práctica de una mera política de juventudes. Lo que quisiéramos subrayar es la necesidad, advertida, de una política joven que, por ser tal, suscite por ella misma la participación de las nuevas generaciones, sin fallas, brechas o soluciones de continuidad.

No se nos oculta la dificultad de la tarea, ni el tacto y potencia necesarios para llevarla a cabo. Pero deseamos y confiarnos en su realización.

 

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