Autor: Baró Quesada, José. 
   Un hombre ante la justicia     
 
 ABC.    18/12/1971.  Página: 52. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

UN HOMBRE ANTE LA JUSTICIA

Don Juan Vílá Reyes comienza pausadamenté su propia defensa ante el Tribunal. Detrás de él hay una pareja de guardias de la Policía Armada. Luego, estamos cuatro periodistas. En la pequeña sala, decorada sobriamente en tono encamado, cabemos muy pocas personas. Se encuentran presentes la esposa y los hijos del apelante. A la entrada del edificio se pide a los informadores el carnet oficial de Prensa. Fuera, en la calle Genova, empieza a llover.

El señor Vilá Reyes dice que los indultos te promulgan para los culpables, que él es inocente y quiere, en consecuencia, la absolución. Mientras le quede un soplo de vida—subraya—luchará por la verdad del escándalo Matesa. Un escándalo, a tu juicio, injusto, antipatriótico y, fundamentalmente, político. Base todo ello de una maniobra política entre grupos antagónicos.

Una hija suya—continúa su exposición el inculpado—hizo la primera comunión en la cárcel, para que el su padre, pudiese presenciar la familiar ceremonia. Otra hija se casará muy en breve, en la prisión de Carabanchel también, con el mismo íntimo y filial propósito. Vilá Reyes sigue hablando y consultando notas. De vez en cuando vacía parte de una jarra en un vaso y bebe agua con cierta avidez. Insiste: sólo aspira a ¡a absolución, al reconocimiento de tu inocencia, a la restauración de su honor difamado, al legado de un apellido limpio a sus hijos... y aquí te le quiebra la voz en un mal contenido sollozo. Dirijo mis ojos a la esposa y lo» hijos. Todos lloran. Es un llanto silencioso, terrible, estremecedor. Nada te oye en la sala. Vilá Reyes ha dejado de hablar. Algunos asistentes bajan la vista y te remueven incómodos en sus cómodos asientos. Más de seis, de doce, de veinte corazones palpitan a un ritmo más rápido que el normal. Yo trazo con el bolígrafo sobre mis cuartillas unos signos Incoherentes.

No, no entro, no puedo entrar, no debo entrar en la verdad, harto difícil, de un caso que sólo a los jueces y, en última e inapelable instancia, a Dios compete. Pero estas escenas me conmueven, me entristecen, llevan a mi alma la más pavorosa desolacion. Sentimentalismos, sensiblerías!», dirán los espíritus fuertes y curtidos, los ciudadanos crudos y de pelo en pecho, los españoles fríos y cerebrales. No me importa.

Desdeño su desdén. Al margen de veredictos y juridicidades que no me corresponden, sin opinar acerca del meollo legal de la cuestión, siento, por ser hijo de Dios y hermano de mis hermanos —los malos y los buenos en la pobre opinión de las gentes—, un infinito dolor ante el dolor de los demás. Nada humano y terrenal me e» ajeno por ser humanidad y barro yo mismo. ¿Quién podrá tirar la primera piedra? Un hombre ante la Justicia de este mundo me hace pensar en la comparecencia de todos nosotros ante otra Insoslayable justicia superior. — José BARO QUESADA.

 

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