Autor: Greciet, Esteban. 
   De la izquierda y la derecha     
 
 Arriba.    23/04/1977.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

DE LA IZQUIERDA Y LA DERECHA

ESTABA el pobre Pascal, de niño, encerrado por prescripción paterna para purgar sus

aficiones científicas. Y es sabido que aquel prodigio de criatura, con sólo unos papeles en

blanco, reinventó la geometría.

Sin llegar a tanto, aquí estamos los españoles en la tarea de sacar de la nada una democracia,

a solas con el encerado y un pizarrín. Parece seguro que la cose va a salir bien, pero no sin

algunos traumas inevitables.

Por ejemplo, los partidos. Los estamos construyendo con imaginación, con alguna patente

extranjera, ciertos materiales de deshecho, bastantes prejuicios, un espíritu de trinchera,

egoísmos, intereses, y pasiones, más derivados de una situación que de un propósito

programático.

Si miramos el panorama general, hay, sobre todo, dos aspectos negativos que resaltan a

nuestra diestra y a nuestra siniestra.

Fijémonos en la Izquierda más llamativa. Su error, a mi juicio, estriba en producirse de tal

modo que Izquierda y oposición se identifiquen. Pero una oposición sistemática y definitiva, no

democráticamente «colaboradora». Con ello rebaja su indudable atractivo y se enajena buena

parte de muy sustanciosas adhesiones. Porque no todo es definitivamente negro o blanco,

bueno o malo. Hay que matizar. La estrategia del "no" absoluto puede quedar para quienes ven

el juego político desde el tendido de la intelectualidad, como el profesor Aranguren, sin

convenir a los actuantes efectivos.

La Izquierda, sin renunciar a su capacidad de lucha, necesita sosiego y rigurosidad. Y no

erigirse en pretendida depositaria de las mis puras esencias del espíritu democrático. Decir "yo

soy la democracia" es una actitud airada y reaccionaria. La Izquierda es vanguardia, fermento;

pero no amargura ni pataleta. Si quiere ser democrática no ha de mostrarse excluyente. Se ha

techado a la derecha de monopolizar el patriotismo (el tema de la «anti-España»). ¿Habría que

tachar de lo mismo a una izquierda casi recién nacida?

Y ¿la derecha?

¡Ah, la derecha! Nuestra vieja derecha, ahora recelosa, digna, con un atisbo de elegante y

viscontiana decadencia, altiva frente a unos tiempos que empiezan a ser adversos.

La derecha tiene poder, residual, hereditario, efectivo. Lo hará valer ante las urnas. La derecha

tiene veteranía en el ejercicio de la autoridad y de la política, que es tanto experiencia como

amaneramiento: resabios, prejuicios, acaso ciertos modos poco democráticos y una pizca de

soberbia.

La derecha, es, sin embargo, la brillantez, la personalidad consolidada en sus cabezas

rectoras. Todo su aparato descansa sobre un sólido sustrato de cultura y de potencia material.

Sus fundamentos teóricos carecen de fisuras aparentes.

Y hay ya mucha gente en este país que tendría algo que perder en el hipotético caso de un

triunfo de la Izquierda. La derecha civilizada -nunca hablamos de extremismos- ofrece a

estas clases la defensa de un interés consolidado.

Es aquí, no obstante, donde la derecha española podría padecer una quiebra táctica y de

imagen pública. Porque hay grupos derechistas que se sitúan abiertamente a la defensiva. Al

menos, su literatura propagandística hace temer una política de reducto, de «bunker», en

definitiva.

Que grupos ligados al conservadurismo se precipiten, por ejemplo, a aleccionar al pueblo fiel

sobre la maldad intrínseca de las nacionalizaciones (y con argumentos «camp», para mi gusto)

me parece, sencillamente, pueril. Tiene más de respuesta que de programa.

¿Por qué esta postura innecesaria? La derecha sigue siendo legítima y respetable, aunque no

militemos en sus filas. Mejor diríamos, ahora será más auténtica, puesto que no es

«obligatoria». Situarse a la defensiva, declararse «anti» supone confesar una debilidad. De eso

a la necesidad de enemigos, tan característica, de los partidos «ultras», no hay mas que un

paso.

Esteban GRECIET

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