Autor: Armero, José Mario. 
   Crónica retrasada de un verano caliente     
 
 ABC.    31/10/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

CRÓNICA RETRASADA DE UN VERANO CALIENTE

EN Madrid apretaba el calor en los meses de julio y agosto. Pero casi se olvidaba, inmersos, como estábamos, en la inquietud por los grandes temas. El Jefe del Estado en la clínica, después en el Pazo de Meirás y todos los españoles pendientes de los boletines médicos. Y en las esferas políticas muchas reuniones y pactos. Pero sobre todo, paz y sentido común.

Fue un experimento importante. Todas las informaciones eran cuidadosamente filtradas en cien conversaciones. Se hacían muchas cabalas y se seguía con preocupación e interés la evolución de la enfermedad de Franco. Todos teníamos médicos amigos que nos explicaban una y otra vez lo que es un trombo, y una flebitis, y la vena femoral. Y todos teníamos siempre algún contacto «enterado» que nos decía de las visitas recibidas, de las conversaciones de antesala y pasillo. Las noticias eran positivas respecto a la actuación del presidente Arias y su Gobierno en tan difíciles momentos. Hubo serenidad, pese a que algún día parecíamos estar sobre un volcán.

La actuación del Príncipe, en funciones de interinidad, consiguió una reacción de apoyo y simpatía desde todos los sectores. Aunque algunos decían que el Príncipe era contrario a la interinidad y que hacía expresa manifestación, en su actuar diario, de que no estaba ejerciendo las funciones de Jefe de Estado. O mejor dicho: que dejaba continuamente bien claro, por su actitud, que estaba ejerciendo el cargo en sus aspectos más extremadamente imprescindibles.

Pero que no quería tomar alguna iniciativa con un mínimo de carga política. Esto se desprendió también de las informaciones que trascendieron, incluso a la Prensa, de su actuación en los dos Consejos de Ministros que presidió. Ciertamente, al Príncipe, en rigor, desempeñó el papel de Jefe del Estado. A muchos nos pareció, apurado el matiz, que lo representó. Esa es la impresión que daba: la suya era una Jefatura «en nombre de». Y no tuvo un gesto de Poder.

La Princesa, en el homenaje a José María Pemán, en Cádiz, dio, a través de televisión, a toda España, una gran imagen en su alta y cultísima faceta de conferenciante. Todos los españoles vimos una mujer de preparación óptima para su destino futuro.

El país, por tanto, aunque inquieto y expectante ante la evolución de la tromboflebitis del Jefe del Estado, no escoró hacia alarmas fuera de tono.

La clase política, y no me refiero sólo a la oficial, unía, sin embargo, a la inquietud natural de todo el país por la enfermedad de Franco, la inquietud por las reacciones y los rumbos que pudieran tomar los grupos de siempre preocupados por los asuntos públicos. Y hubo muchas reuniones entre personas de muy diversas tendencias.

E incluso hubo pactos. Ya sé que muchas de estas reuniones y muchos de estos pactos pueden antojarse ingenuos. Pero no todos, ni mucho menos. Y fueron días muy positivos porque la clase política se conoció mejor y se mostró más comprensiva en sus respectivas posiciones y con ánimo de transparencia. Hubo una voluntad firme de aunar esfuerzos, de olvidar viejas rivalidades y de arrimar el nombro, hombro con nombro, para evitar cualquier sacudida.

Tengo para mí que el Gobierno Arias estaba al tanto de muchas idas y venidas, de muchas conversaciones y de muchos pactos. Y que actuó con tolerancia y respeto. Fue una actitud inteligente que le supuso abundante y muy valiosa información aplicable en su momento. Y también ahora, cuando el presidente ha venido a reiterar algo así como «la apertura no es pecado»; «la apertura es necesaria y exigida».

Pasó el verano y las aguas volvieron a su cauce. Franco reasumió la Jefatura del Estado y el Príncipe ya no preside los Consejos de Ministros ni es cabeza de la nación. Aquellos pactos veraniegos, muchas veces hechos al aire libre y cálido de las terrazas madrileñas o mediterráneas, son sólo un recuerdo. Pero pusieron de manifiesto, sobre el tapete, muchos aspectos positivos que sería una pena arrinconar en el olvido.

Por primera vez, hombres hasta entonces recelosos entre si por pruritos ideológicos, se planteaban, cara a cara y positivamente, una colaboración sana. Los diálogos estaban presididos por un profundo respeto a la opinión ajena y así podía llegarse a terrenos fértiles en comprensión para una andadura común. La violencia, el revanchismo, la venganza solapada, se rechazaban con energía y «a priori». Incluso los que estaban dispuestos a colaboraciones más extremas lo hacían por razones tácticas o de conveniencia pero no se llegaba, ni se pretendía llegar, a cualquier forma de totalitarismo. La línea medular de las conversaciones era la idea de libertad y evolución, siempre medida y calculada. El Príncipe, en fin, era el eje y la esperanza. El Príncipe como arbitro de la evolución y de las contiendas dialécticas.

Fue un verano importante. Fue un examen. Fueron unos hombres preocupados, pero serenos.

Fue, para mí, una garantía de futuro si se sabe, como se intuye, andar el paso de una evolución pacifica y resolutiva. No hubo eso que se llaman contubernios. Ni eso que se llaman conspiraciones. Se produjeron por generación espontánea, por generación libre, unas preocupaciones, unas inquietudes, unas voluntades, un cerrar filas, un pensar en el futuro...

Ha llegado el otoño y, la verdad, es que no sé muy bien qué quedó de todo aquello.

Desaparecidos los supuestos que se manejaban, desaparecieron las palabras formales. Pero creo que se preserva el espíritu. Ha quedado la confianza. Por eso creo que, de todo aquello, ha quedado muerto y bueno.

José Mario ARMERO

 

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