El Príncipe de España, Doctor "honoris causa" por la Escuela de Ingenieros Industriales de Bilbao. 
 "Afirmo rotundamente que hemos de escuchar a la juventud"     
 
 Informaciones.    14/10/1974.  Página: 1, 6. Páginas: 2. Párrafos: 27. 

EL PRINCIPE DE ESPAÑA, DOCTOR «HONORIS CAUSA» POR LA ESCUELA DE INGENIEROS INDUSTRIALES DE BILBAO

"AFIRMO ROTUNDAMENTE QUE HEMOS DE ESCUCHAR A LA JUVENTUD"

BILBAO, 14. (INFORMACIONES.)—A las nueve menos cuarto de la mañana, en el expreso «Costa Vasca», llegaron a Bilbao los Príncipes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, acompañados del presidente del Gobierno, don Carlos Arias Navarro, y del ministro de Educación y Ciencia, don Cruz Martínez Esteruelas, junto con sus respectivas esposas.

Al pie del vagón esperaban a los visitantes las primeras autoridades vizcaínas. La esposa del gobernador civil de Vizcaya, señora de Coll de San Simón, hizo entrega a la Princesa de España de un ramo de flores, mientras que el Principe portaba el bastón de mando del Ayuntamiento de Bilbao, que en su primera visita oficial a Vizcaya le entregó la Corporación bilbaína.

Los Príncipes de España, el presidente del Gobierno y el ministro de Educación y Ciencia fueron cumplimentados en el andén por un consejero de Renfe en representación del presidente de la compañía; gobernador civil de Vizcaya, don Fulgencio Coll de San Simón; presidente de la Diputación de Vizcaya, don Pedro de Aristegui; alcaldesa de Bilbao, doña Pilar Careaga de Lequerica, y otras autoridades y representaciones.

Sus Altezas Reales fueron aclamados por numerosas personas que se habían congregado en las inmediaciones de la estación, quienes expresaron de este modo su simpatía y adhesión hacia sus personas.

A continuación, los Príncipes de España y acompañantes subieron a sus respectivos automóviles y se dirigieron al Gobierno Civil, donde don Juan Carlos recibió en audiencia privada a diversas corporaciones vizcaínas.

A mediodía, el Príncipe de España fue investido doctor «honoris causa» de la Escuela Superior de Ingenieros Industriales de Bilbao con motivo de cumplirse el setenta y cinco aniversario de este centro, creado en el año 1899 por decreto de la entonces reina regente doña María Cristina, bisabuela del Principe don Juan Carlos.

Es la primera vez que una Escuela de Ingenieros concede esta máxima distinción universitaria en España.

En dicho acto, el Príncipe pronunció un importante discurso, en el que, entre otras cosas, dijo:

«Es para mí un gran honor recibir de una institución tan prestigiosa este titulo de doctor "honoris causa" en ingenieria que me habéis otorgado al cumplirse los setenta y cinco años de la fundación de vuestra Escuela Superior de Ingenieros Industriales.

DISCURSO DEL PRINCIPE DE ESPAÑA EN BILBAO

Se ha definido la ingeniería como la profesión que mediante la adecuada preparación científica y técnica es capaz de utilizar los grandes recursos de la Naturaleza en servicio del hombre. Su campo de actuación es muy amplio y los fines que persigue son muy atrayentes para el mundo actual.

NORMAS ETICAS

No pretendo señalar aquí los rumbos específicos que debe seguir vuestra actividad Investigadora, pero si quiero decir unas palabras sobre las normas éticas de actuación que pueden ser de utilidad en vuestra trascendental misión de abrir nuevos caminos para la ingeniería española.

Nada, en verdad, sustituye al talento individual, pero en ocasiones es necesario estar dispuesto a renunciar al brillo personal y aceptar con gusto tareas de menor relieve para lograr resultados más eficaces.

También hemos de aprender a. someternos de buen grado y trabajar a las órdenes de personas que quizá puedan parecemos menos capaces, pero que con una mayor experiencia hacen posible la coordinación de esfuerzos, necesaria para que una labor tenga éxito. Y esta disciplina ha de servir para preparar a alguno en la tarea de dirección que en un futuro habrá de realizar.

Muchas veces se subraya la necesidad ineludible de que el investigador disponga en su tarea de una total libertad como condición indispensable para desarrollar su capacidad creadora.

No seré yo quien niegue esa necesidad, pero me gustaría hoy añadir, con palabras del premio Nobel doctor Heisemberg: "La libertad de volar consiste en el conocimiento de las leyes de la aerodinámica. De igual modo, la libertad en las decisiones de la vida sólo es posible por la adhesión a normas éticas, y quien pretenda despreciarlas, como si fuesen una coacción, pondría sólo desenfreno en lugar de libertad."

Como las tareas de investigación no admiten ordenamientos excesivamente rígidos, ni es posible obtener mediante la coacción resultados auténticamente innovadores, se hace necesario que la coherencia funcional del equipo investigador y su ideal de servicio nazcan de una vigorosa y voluntaria autodisciplina por parte de los miembros que lo integran. Por cierto que la contemplación viva de un trabajo de investigación así realizado no es la menor de las lecciones que daréis a vuestros colaboradores.

La solución que las nuevas demandas sociales esperan de la ciencia y de la técnica exigen que esta virtualidad innovadora y esta potencia de creación no estén jamás ausentes en la tarea ordinaria del investigador.

No es escaso, a este respecto, el genio imaginativo y la originalidad de nuestro pueblo. Tampoco es cierto que seamos gentes carentes de tesón para las tareas de investigación; en este, como en otros aspectos, es preciso desterrar de una vez para siempre infundados complejos de inferioridad y de singularidad.

También creyó el pesimismo de alguna generación pasada que eran escasas las posibilidades de industrializar nuestra Patria, y ahí está la realidad actual de nuestro desarrollo industrial que tanto os debe a vosotros los ingenieros españoles.

ESCUCHAR A LA JUVENTUD

Ahora se os exige que forméis ingenieros con capacidad de innovación, preparados para aportar su imaginación al proceso de investigación y al desarrollo que el país reclama. Yo afirmo rotundamente que hemos de escuchar a la juventud.

Ante esta nueva exigencia van a ponerse a prueba vuestros criterios de actuación y vuestra capacidad de autogobierno para encauzar la aportación creadora y la de vuestros más jóvenes colaboradores.

A veces suele aparecer entre estos equipos de investigadores noveles una tendencia a postular un cambio radical de todo lo existente, como condición previa a cualquier inicio de labor que merezca su interés.

Esta ambientación pesimista y muy dañosa por sus consecuencias de esterilidad, pretende encontrar su justificación en las deficiencias que lógicamente pueden existir, y de hecho existen, en toda tarea humana.

Ciertamente habrá que tratar de subsanar por todos los medios estas deficiencias.

Pero cuando en esas posturas se observa una terca tendencia a señalar exclusivamente lo negativo, a ignorar el valor de lo hecho previamente por otros, y a insinuar que sólo un cambio destructor puede ser el fundamento de una solución válida, hay que sospechar que en esas actitudes falta un verdadero deseo de servir a la sociedad a la que se pertenece y que el cambio que se postula está condicionado por motivaciones bien ajenas a las de la ciencia y tecnología.

Por encima de la independencia de criterio que el investigador ha de poseer, están los eternos valores que el Creador mismo ha impreso en la conciencia del hombre. En último extremo es esta ley inmutable la que determina la moral de toda actuación humana.

Por eso, cuando el objetivo mismo de una actividad investigadora se aparta claramente de esa suprema norma, ya no hay una verdadera búsqueda, ni de la verdad, ni del bien. Por muy espectaculares que puedan parecer los resultados, se tratará de falsa ciencia o de pseudotecnologia, cuyas innovaciones no las queremos para nuestro pueblo ni para ninguna nación de la Tierra.

Y para poner fin a este acto, con el que iniciáis el curso 1974-75, quiero recordar unas ideas que mi abuelo, el Rey Alfonso XIII, dedicó a los ingenieros españoles, como presidente de honor que fue de su Instituto.

“Nada es tan grato como enaltecer en justicia a los hijos valiosos de la Patria, presidir las abnegaciones de la virtud, las obras del talento, los arrojos del valor y todos los frutos excelsos de una raza.

Que si la autoridad no fuera tutela de esas noblezas espirituales, seria cosa bien menguada y en verdad nada atrayente.” «Considero que estas palabras conservan toda su vigencia para los ingenieros españoles.»

 

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