El mito de las constituyentes     
 
 Diario 16.    03/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

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El mito de las constituyentes

Todo el mundo hu dado por hecho que las próximas Cortes serán constituyentes. Tomando sus deseos por

realidades los demócratas entienden que la primera tarea a abordar por los parlamentarios es la redacción,

discusión y aprobación de una constitución. Nadie puede discutir la urgencia de este* objetivo después de

cuarenta años de inexistencia de normas constitucionales, durante fos cuales todos los poderes

constituyentes y constituidos han estado cifrados en la voluntad ilimitada e incontrolada del dictador.

Hace falta una Constitución que exprese y concrete la nueva legitimidad democrática, que represente el

pacto entre los diferentes sectores políticos y sociales del país y que cimente el, nuevo conscnsus basado

en la libertad. Pero sería peligroso pensar que, porque esto debe ser así, vaya a ser así. Los demócratas

harían bien en pensar que las cosas pueden discurrir de una manera muy diferente de como imaginan y

desean,

Es sabido que en ningún texto oficial, ni desde luego en la ley de Reforma .Política, se establece que las

próximas Cortes deban ser constituyentes. Simplemente se admite que puedan serlo. Con la anómala

situación originada por el carácter bicameral del nuevo Parlamento se crea una seria dificultad adicional,

pues es sabido que no hay precedentes en la historia política de asambleas constituyentes compuestas de

dos cámaras. Si a esto añadimos las enormes posibilidades de freno y cortapisa que puede desarrollar la

Presidencia de las Cortes —figura jurídica que permanece como ahora y que no es arriesgado suponer

estará desempeñada por el actual titular— puede concluirse, sin ceder al pesimismo, que cuando veamos

la nueva Constitución lo creeremos. Sobre todo si tiene éxito la supuesta estrategia electoral del Gobierno

orientada a lograr que ningún grupo parlamentario disponga de una mayoría sustancial.

Los nuevos parlamentarios, en efecto, deben contar con que aun disponiendo de la lógica facultad de

aprobar los reglamentos de las Cámaras —lo que implica ya tiempo y debate y exige acuerdo y

transacción—• no hay ninguna norma que dé al Congreso y al Senado autonomía para fijar un orden del

día. El Gobierno puede reservarse extensas competencias en este sentido, fijando como primeros asuntos

a discutir temas diferentes de los constitucionales. Nuestros diputados y senadores» ungidos por el crisma

del sufragio universal, pueden así verse forzados a ocuparse de materias propias de legislación ordinaria,

mientras se escamotea su propósito constituyente posponiéndose la redacción y debate de ra nueva

Constitución. No es difícil imaginar que dado este planteamiento el Gobierno dispondría del apoyo de

Alianza Popular además del de los nuevos grupos oficialistas en vías de constitución.

También debe tenerse presente que l;t iniciativa de l¡» reforma constitucional la comparte el Congreso de

Diputados con el Gobierno, lo que puede implicar que éste "sorprenda" al Parlamento con un proyecto de

Constitución que además de gozar de todas las ventajas de la iniciativa obligue a los grupos

parlamentarios del centro y de la izquierda a la incómoda posición de la defensiva y de la oposición. No

se olvide, además, que el Rey puede someter directamente al pueblo una opción política de interés

nacional, aun cuando sea de carácter constitucional, lo que supone una amenaza permanente a los

parlamentarios No sería difícil presentar al Parlamento como un heterogéneo mosaico de grupos

contrapuestos incapaces de ponerse de acuerdo y dedicados al obstruccionismo y a la oposición

sistemática de las "razonables" propuestas gubernamentales. No hay que ponderar las ventajas para el

Gobierno del procedimiento del referéndum que, según la propia ley de Reforma Política, obligaría a las

Cortes a someterse o a disolverse.

Bastan estas consideraciones para mostrar que no estamos en la recta final de la democratización. Queda

mucha tela por corlar, ^obre todo si el Gobierno insiste, como lodo ahora hace creer, en l,i (acfic.i de

barrer para dentro.

 

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