Autor: ;Claret Serra, Andreu. 
   Cena política en la DGS     
 
 Cambio 16.    09/12/1974.  Página: 14-16. Páginas: 3. Párrafos: 47. 

Cena política en la DGS

Para reconstruir los hechos, Consuelo Alvarez de Toledo, Román Orozco e Ignacio Fontes, en Madrid;

Andreu Claret Serra, en Barcelona, y Ander Landaburu, en Bilbao, han hablado con los principales

protagonistas. Esta es la historia.

El hombre se volvió la solapa izquierda, dejando ver la gruesa placa. "Policía, señorita".

Así comenzó, poco después de las siete y media de la tarde del martes 26 de noviembre una de las más

extrañas aventuras político-policiales de la España moderna, en la que un ex ministro de Franco insistiría

repetidas veces para que lo detuvieran "como a los demás", mientras unos versallescos policías se

negaban en redondo a ello.

El hombre de la placa, ya mayor, permanecía en la puerta, acompañado de cuatro jóvenes, tres de ellos

con aspecto de estudiantes contestatarios. La secretaria los dejó pasar.

En el interior del piso, un segundo que hace primero en el número 14 de la calle Segre, en la zona residen-

cial de El Viso, en el nordeste de Madrid, catorce hombres habían estado hablando del presente y del

futuro de España. En otro país se les hubiera podido identificar como socialistas, socialdemócratas,

demócrata cristianos... Oposición. En Madrid, y antes de las asociaciones, simples clandestinos.

Horas más tarde, los catorce se encontrarían cenando juntos en la Dirección General de Seguridad y

conocerían en rápida secuencia los interrogatorios, la pérdida de corbata, gafas y zapatos, los calabozos,

las incontenibles ansias de orinar, las esposas, las declaraciones ante un juez de Orden Público, la

liberación... Menos de veinticuatro horas. ¿Para qué y por qué? Nadie parece saberlo a ciencia cierta.

Al acecho

Los hombres que vigilaban el 14 de la calle Segre desde las tres de la tarde no pasaron inadvertidos para

el portero de la finca. Tampoco para el chófer de Joaquín Ruiz Giménez, ex ministro y presidente de Pax

Romana. Había patrullas del 091, parejas que miraban hacia las ventanas del primero... Desde la calle se

podía observar a veces a los ocupantes del piso, el mismo donde el mes anterior se había anunciado a la

prensa nacional y extranjera la creación de la USDE (Unión Socialdemócrata Española), donde el

abogado y empresario Antonio García López tiene los despachos de su compañía, Crédito Federal.

Dieron las cinco y media. Estaban todos y la reunión podía comenzar. En torno a una mesa de despacho

prolongada con otra portátil, los catorce clandestinos iniciaron su coloquio informal, sin orden del día,

pero con el propósito de estudiar "diversos puntos de vista para proyectar un programa que sería expuesto

en una revista de aparición próxima", según declaró el anfitrión.

Fuera continuaban las idas y venidas. A las siete, dos horas después de iniciarse las conversaciones, el

juez del Juzgado de Guardia número 10 de Madrid firmaba un mandato "para entrar en el local, registrarlo

y detener a los reunidos en relación con una posible reunión de la USDE".

Con el documento legal en el bolsillo los policías siguieron esperando. Dieron las siete y media. Por el

portal aparecieron las señoriales figuras de Ruiz Giménez y de Fernando Alvarez de Miranda, uno de los

"Tácitos". Se iban.

Mientras el ex ministro subía a su coche, para dirigirse a un acto conmemorativo del primer centenario

del padre Poveda, fundador de las Teresianas, la policía se puso en movimiento, como obedeciendo a una

señal.

Mientras el coche se alejaba y el chófer informaba a Ruiz Giménez que había visto patrullas de la Policía,

otro chófer, el de García López, era interpelado en el portal por los agentes. "¿Qué sabe usted de la

reunión de arriba?" "Bueno, han venido unos señores para hablar de negocios..."

El chófer deja a los policías con el portero y se lanza al teléfono de una lechería próxima: "¡La policía

está abajo!"

Los agentes, acompañados de dos testigos y de un representante del Juzgado de Guardia, subían ya. En

torno a las mesas, madrileños, catalanes, gallegos, andaluces, jóvenes y menos jóvenes seguían hablando

de España.

Estaban Dionisio Ridruejo, falangista de primera hora; Felipe González Márquez, abogado sevillano;

Manuel Gómez Reino, sociólogo gallego; José María Gil Robles y Gil Delgado, abogado demócrata

cristiano como Jaime Cortezo, también presente; José Pallach Canola, profesor de Pedagogía catalán,

socialdemócrata; Amadeo Cuito Hurtado, Heriberto Barrera Costa, Francisco Javier Cassassas Miralles y

Antonio Cañellas Balcells, también catalanes, y José María Benegas Haddad, Nicolás Redondo Urbieta y

Juan Ajuriaguerra Ochandiano, tres vascos, los dos primeros de ideología socialista y el último, del PNV,

tendencia demócrata cristiana. Otro vasco, miembro del partido nacionalista vasco, se había ido ya, al

mismo tiempo que Ruiz Giménez, por encontrarse enfermo.

Durante las dos horas y media de reunión, otras personas habían estado entrando y saliendo. Nunca

pasaron de diecinueve en total, para no alcanzar la cifra fatídica de veinte que, según las normas legales,

hace de una chachara de amigos una reunión ilegal.

Llaman a la puerta y abre la secretaria.

De sorpresa en sorpresa

"Eran cinco. Todos de paisano. Uno más viejo, que debía ser el comisario, con un chaquetón; otro,

clásico, con una gabardina; y tres chicos más jóvenes. Llegarían como a las siete y media más o menos.

Estuvieron hablando con Antonio en su despacho y luego pasaron a la sala de juntas.

donde estaban todos. Hubo que traer una máquina de escribir portátil para que hiciera el acta, porque

todas las de la casa son eléctricas. Se pusieron en lo que hace de cocina y los de la reunión estaban en fila,

por los pasillos; dejaron que el que quisiese avisara a sus casas. Fueron tomando los nombres de los que

iban a detener. Algunos, como Manuel Diez Alegría y Carlos Alonso Velasco, no los detuvieron, porque

justificaron su presencia como miembros de la empresa: Diez Alegría como abogado y Alonso

Velasco como secretario de administración de Crédito Federal; a mí ni a otros señores que estaban

resolviendo cosas en otro despacho tampoco nos detuvieron.

La mayoría estaban entre nerviosos y sorprendidos; algunos, dos o tres, muy tranquilos. La policía fue

muy amable; yo creía que entrarían como se ve en las películas americanas, poniéndolos manos arriba

contra la pared para cachearlos; pero que va, ni siquiera registraron ni miraron los papeles que había

encima de la mesa de la sala de juntas. Tampoco los maletines de los que habían venido de fuera y que

estaban lodos en el despacho de García López.

Luego el portero nos dijo —porque después, claro, se empiezan a saber detalles— que él había estado

observando durante la tarde movimientos extraños de algunos coches, que se iban y volvían y aparcaban y

desaparcaban. Pero la alarma nos la dio el chófer; había bajado a la calle a no sé por qué y, en la puerta, le

paró la policía y le dijo que qué sabía de la reunión que se estaba celebrando arriba; él dijo que no sabía

nada, que habían llegado unos señores para hablar de negocios. Entonces se fue a la lechería y desde allí

me llamó: "Señorita, que la policía está abajo". Yo pasé a la sala de juntas y le dije a Antonio García

López que tenía que darle un recado: "Antonio, la policía está abajo". "Bueno —dijo— ya veremos". A

los cinco minutos llamaban al timbre; yo les abrí. El que iba delante se volvió la solapa que escondía la

chapa: "Señorita, policía". Antonio salía en ese momento a recibirles, y les condujo a su despacho.

A las nueve menos cuarto o así se fueron. Cada uno recogió su abrigo y, el que lo había traído, su maletín

y se fueron. Luego volvió un policía a ver sí se había olvidado algún maletín; pero, en la misma puerta, le

dijimos que no y se marchó sin comprobarlo siquiera. Antonio estaba citado esa noche para una cena en

su casa con Alvarez Miranda y un alto cargo de la Presidencia y me encargó que dijera en su casa que

llegaría a la cena, aunque un poco tarde. Así lo hice, pero como a las diez de la noche no me había

llamado, volví a llamar; la muchacha me dijo que la cena estaba preparada y que esos señores ya habían

llegado. Hablé entonces con Alvarez Miranda y le conté lo que había pasado. Como ya estaba lista la

cena. comieron y luego Alvarez Miranda se presentó en la Dirección General de Seguridad para ser

detenido, pues él había estado en la reunión, aunque se había ido un poco antes por otros asuntos."

´´´¡Hombre, don Dionisio! ¡Hombre, don Joaquín!"

Ruiz Giménez tenía que cenar aquella noche con el profesor Tierno Galván. Pero, al llegar a su casa a las

diez menos cuarto después del acto religioso, su hijo mayor le comunica las detenciones.

A partir de ese momento, la principal preocupación del presidente de Pax Romana es que lo detengan a él

también.

Menos de una hora después está en la Dirección General de Seguridad, hablando con Saturnino Yagüe,

jefe de la Brigada Social de Madrid. "Me tienen que detener porque me hago solidario de los demás y

porque, como participante en la reunión, sí no me detienen, van a pensar que..."

—¡Hombre, don Joaquín, por Dios, quién va a pensar eso de usted...!

Don Joaquín no consigue que lo detengan. Logra, sin embargo, hablar con Cortezo, de cuya detención se

siente un poco culpable. "Cortezo, no faltes —le había dicho el lunes por teléfono— porque yo me tengo

que ir a las siete y media." Cortezo, el pobre, no faltó y allí estaba.

Como los otros, como Ridruejo, que encontró en la Dirección General de Seguridad a un "viejo

compañero de trabajo, de los tiempos de la emisora nacional en Burgos, cuando la guerra. Es de la Policía

Armada. "¡Hombre, don Dionisio! ¿Qué hace usted aquí?"

Lo mismo parecía preguntarse Yagüe, al enterarse de que uno de los dos "indocumentados" detenidos era

el autor de la letra del "Cara al Sol".

—Pero, cómo, ¿Dionisio está ahí?

Cortezo fue el que le dio la noticia, cuando se quejó de ser el primer interrogado y explicarle Yagüe que

entraba el primero por ser el más importante.

Cuenta Cortezo.

"Le dije a Yagüe: oiga, encantado, pero ¿por qué me llama a mí el primero? Y me contestó: "Porque es

usted el más conocido". Bueno, le dije, le agradezco el honor, pero ahí está el profesor Ridruejo. Dijo:

Pero, cómo, ¿Dionisio está ahí?" Pues sí hombre, ahí al lado lo tiene, contesté. Y es que él había visto el

acta y en el acta no figuraba Dionisio porque estaba indocumentado. Entonces los policías habían dicho,

bueno y qué hacemos con este señor. Y Ridruejo contestó: "Hombre, no se apuren ustedes; en cuanto me

vea don Saturnino Yagüe, quedo identificado". Eso fue el primer momento. Luego ya nos pasaron a

declarar. No hice yo más que empezar a decir mi nombre, cuando hubo una conferencia de Barcelona. Me

hicieron salir del despacho, porque seguramente era para pedir antecedentes de los catalanes. Me quedé

otra vez solo en el vestíbulo, y en esto llega Joaquín Ruiz Giménez con Eurico de la Peña. Nos dimos un

abrazo y en ese momento nos retiraron. Total que pasé otra vez a declarar con un comisario y a

continuación nos dijeron que pasáramos a cenar. Nos reunimos en aquellas mesas que hay al lado del

cuerpo de guardia, juntaron dos mesas y de la cafetería nos subieron una cena que estaba francamente

bien. Nos dieron una tortilla de jamón, muy sabrosa, un lomo frito que estaba muy bien, con un vino de

Valdepeñas corriente, bien, y luego nos ofrecieron café y copa. De la cafetería hemos conservado la

bolsita de azúcar que pone, aquí lo ve usted, "Muchas gracias por su visita".

Nos pasó que estábamos reunidos cenando y hubo uno que dijo: "¡Bueno, no se considerará esto una cena

política!" Y entonces Dionisio dijo: "Pues si esto no es una reunión política, ¿qué es una reunión

política?"

Uno que sí consiguió que lo detuvieran, sin esfuerzo aparente, fue Alvarez Miranda, quien también se

presentó en la DGS después de hablar por la noche con Ruiz Giménez.

"No me trataron mal, pero tampoco con amabilidad —afirma—. Parecía que les molestaba nuestra pre-

sentación. Pero ustedes ¿a qué vienen?, me dijeron, ¿a constituirse en detenidos? Les contesté que venía a

correr la misma suerte de mis compañeros que habían estado conmigo en la reunión. Se miraron todos y

me mandaron al calabozo, donde me encontré con todos los demás. En la celda de al lado estaba Dionisio

y yo le escuché cómo pedía unas píldoras para el tratamiento que tiene. El guardia le dijo que sólo podía

tomar una y llamó al comisario. Ridruejo les dijo que bueno, que él ya había vivido bastante, pero que si

le pasaba algo, ellos eran los responsables."

Los detenidos pasaron una noche de perros, con frío en los pies descalzos, inquietos por los que sabían en

mala salud, con constantes deseos de ir a los lavabos... Algunos daban palmadas para llamar a los

guardias y que los dejaran salir. ¡No somos serenos!, les contestaban.

"Yo tardé tres horas en que me autorizasen a salir —cuenta Cortezo—. Pero lo peor es que a Juan

Ajuriaguerra, que estaba con nosotros, que es un hombre de sesenta y tantos años ya y que hacía días que

le habían operado precisamente de las vías urinarias, también le retuvieron tres horas sin hacer pipí."

Por la mañana los subieron a prestar declaración, esposados, espectáculo que entristeció profundamente a

Ruiz Giménez, que había acudido igualmente a prestar declaración. Alvarez Miranda subió a las doce y

dijo que había sido miembro del Consejo Privado del Conde de Barcelona. "Su Alteza Real el Conde de

Barcelona", le corrigió el interrogador.

Se les sometió a todos un cuestionario con trece preguntas como: ¿Estuvo en Suresnes (en el congreso del

partido socialista español)? ¿Estuvo en la presentación de la USDE a la prensa? ¿Realizan reuniones

periódicas?

Tribunal y suelta

Luego los llevaron a las Salesas a declarar ante el juez de Orden Público don Rafael Gómez Chaparro, del

Juzgado número uno. Ruiz Giménez insistió en quedarse hasta que hubiese prestado declaración el último

de ellos. Menos de veinticuatro horas después de la detención, todo había terminado, estaban libres.

El juez estuvo correcto con todos, pero con Ridruejo pareció dispuesto a bromear.

Le recordó que había sido un hombre del Régimen. Ridruejo contestó que, en efecto, así era, y que había

escrito aquello de "...volverán banderas victoriosas, al paso alegre de la paz...".

No hay sumario ni expediente alguno abierto contra ninguno de los catorce clandestinos de Segre, 14,

pero podría haberlo contra uno o varios, si el juez así lo decide. Ahora, nada. Libertad total.

Ninguno sabe a qué responde todo esto. Quizá sea una advertencia velada, o deseos de ridiculizarlos

dejándolos libres tan fácilmente, según piensa la mayoría. Pero ¿quién ordenó la detención, por qué y para

qué? Uno piensa que fue la Secretaría General, pero los demás no están de acuerdo.

Varios de ellos han recibido cartas del consejero nacional y procurador en Cortes Nicolás Franco Pascual

de Pobill, hijo de Nicolás y sobrino del Jefe del Estado.

"Es una lástima que una vez más veamos ignorados tan elementales derechos como el de reunión y

asociación", comenta en la enviada a García López.

Varias personalidades, gobiernos extranjeros, a través de sus embajadores, políticos de Italia, Francia, Es-

tados Unidos, República Federal Alemana han expresado su simpatía y solidaridad con los catorce,

interesándose por su suerte casi desde el primer momento. Una vez más.

 

< Volver