Autor: Crémer, Victoriano. 
   La Cuadratura del centro     
 
 Informaciones.    09/06/1977.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 22. 

La cuadratura del Centro

Por Victoriano CREMER

COMO mi pueblo debe haber en Es-paña, cuando menos, un centenar. Son lugarones, que

también llaman ciudades, porque las nominaciones implican un concepto jerárquico y en estos

sitios las gentes se hacen muy susceptibles. Entre lugareño y ciudadano, piensan, aún hay

clases.

En estas entidades de extramuros (porque los muros quevedescos de la Patria han ceñido

perímetros muy estrictos) casi nunca pasa nada o lo que sucede corresponde ya a las

atribuciones de la costumbre: De vez en cuando, y como para desterrar el tedio natural, los

ladrones de Ja noche se llevan, entre sombras naturalmente, cuanto se les pone por delante; o

los aficionados a las competiciones de fórmula uno deciden apoderarse de los coches situados

en la pista pública y se ejercitan con ellos para su puesta a punto personal. Es lo normal y

nadie se siente conmovido ni preocupado siquiera.

De vez en cuando, sobre la costra de la piel urbana, aparece una víctima normal de la anarquía

circulatoria o surge —inevitable forastero— el timador, que es siempre un personaje de farsa...

Pero si borramos el chafarrinón de feria, la pacífica certidumbre de cada día constituye su

peculiaridad para la reforma.

Yo creo que mi pueblo es feliz, relativamente, claro, con su pereza histórica, con su limitación

de armamentos ideológicos, con su tendencia quijotesca a la caza y a la pesca, con sus sopas

de ajo con ajo, con sus vinos elaborados a brazo, con su catedral, naturalmente gótica, y con

su equipo de pelotón en Segunda Regional, con competidores del contorno únicamente. ¿Para

qué más, si, como es bien sabido, la avaricia rompe el saco? No se puede decir que mi pueblo

esté anclado en el pasado, porque jamás a nadie se le ha ocurrido investigar en el pasado.

¿Pasado, para qué?, se debían preguntar los más reflexivos, al modo corrió Lenin se planteara

su estremece-dora interrogante sobre la libertad.

La forma más cómoda de vivir —es un decir de la gente de mi pueblo— el presenta y de no

pensar en el futuro es desconocer el pasado. Las gentes de mi pueblo parecen formar parte de

un Limbo apacible, ingenuo y aburrido, donde nunca pasa nada... Los mismos señores —es

otro decir—, con los mismos collares, apacentando tanta calma, tanta felicidad...

Hasta que, inopinadamente, sorprendentemente, llegaron las elecciones. Los hombres, las

mujeres, los niños, el cabo del puesto de, la Guardia Civil, e! cura integrista, el cacique de

siempre felizmente reinante, como alcalde desda lo del Movimiento, se preguntábanla la salida

de misa de once: «¿Para qué?»... El médico arriesga tímidamente, porque uno nunca está

seguro, una explicación:

—¡Leche! Para lo de la democracia, digo yo...

Y corrió por la espina dorsal del pueblo un escalofrío. Todavía no había sido rehabilitada,

admitida y cristianamente bautizada la Democracia. Habría que esperar algún tiempo para que

las gentes se dasintoxicaran, se descontaminaran, se aligeraran de prevenciones. ¡Cuarenta

años y cuarenta noches lloviendo sobre sus cabezas condenaciones, anatemas, culpas,

pecados mortales de necesidad, delitos de carne y hueso, es mucho diluvio! Quizá, mediante

unos cursillos Intensivos, corno los que se preparan para enderezar las vocaciones para

guardias de la circulación... En fin, algo, menos aquella irrupción increíble. ¿Qué podría hacer

nadie en el pueblo con la Democracia, si la desconocían por completo, si nadie se la había

presentado, si ni si-quierc. sabían sí se trataba de una operación política honesta o como slem-

pre?...

Se reunieron las fuerzas vivas. Supongo, porque es lo que sucede siempre que ocurre algo de

particular en el territorio o se espera la llegada del gobernador, para tratar del suceso. Al final

de la reunión, el cura, en representación de sus compañeros de Asamblea, declaró a ios

vecinos que se hacía imprescindible, para hacer frente a las exigencias que los nuevos tiempos

comportaban, la politización del pueblo.

Cundió la alarma, naturalmente, porque las buenas gentes, al cabo de tanto y tanto tiempo de

desentendimiento, de no coger un libro y de entregarse al tute subastado como medio de

encontrar la verdadera personalidad, entendieron lo de la politización como si se tratara de la

aplicación de un nuevo impuesto, como e´ de radicación, o de una vacuna antirrábica.

Cuando consiguieron la suficiente información como para saber que la politización a que se les

encaminaba.y para la que se les conminaba no tenía nada que ver ni con el recaudador de

contribuciones ni con el veterinario, entraron en un estado como de abstracción mística. Y así

siguen.

Es increíble. MI pueblo, como el resto de los burgos perdidos de España, supongo, está ya

superpolitizado. Ha sido como una brusca conmoción telúrica que ha afectado —pienso que

beneficiosamente— a mis gentes lentas, quietas y escasamente dotadas para el aventureris-

mo imaginativo, y menos aún, por tanto, para la construcción de castillos políticos en la arena.

Ya nadie pregunta, a la salida de misa o en la solana, cómo fue la partida de pelotón entre los

del pueblo y los de la Vega. Ya disponen de un argumento sobre el que ensayar su

reconcentrada dialéctica aldeana, tan maliciosa a fuer de experimentada: las elecciones y su

cir-cunstancia. El mitin y su consecuencia.

De tal manera este viento del mitin se ha entrado por las calles y por las plazas del pueblo, que

se ha convertido en el espectáculo de mayor atracción y apasionamiento, aparte, claro es, la

fiesta lúbrica de la vaca enmaromada, perseguida a garrotazos por la pradera comunal. Y tanto

da que se trate de un mitin de las derechas como de los comunistas, porque en el pueblo todo

aquel que no es de derechas, es comunista.

Todos los mítines que se celebran en mi pueblo obtienen una concurrencia masiva. El salón del

baile se abarrota. El público sigue con atención y respeto las intervenciones de los oradores y

no regatea aplausos ni complacencias, salvo errores de bulto u omisiones.

A mí, personalmente, este comportamiento de mis paisanos me encanta. Pienso que es lo

mejor que conviene para la rehabilitación del cuerpo social, que lleva politicamente cuando

menos cuarenta años en cama, sin poderse mover. Y así, hasta ahora, en que lo político está

imponiéndose de modo irresistible e irreversible, según dicen. ¡Ya veremos, que dijo el ciego! Y

esto que nos coge a todos, absolutamente a todos, a culo pajarero, es decir, sin saber

exactamente, con rigor científico, el significado correcto de algunas de las denominaciones en

curso, como, por ejemplo: «Independientes», o «Populares», o «Centristas»... ¡Jo-pela! ¿Cómo

se puede ser independiente en materia de Política? O se es o no se es. Lo que no se puede ser

es no siendo ni lo uno ni lo otro. Ni siquiera lo contrario... ¿Y lo de! centro? ¿Qué me dice usted

del centro? ¿Cuáles son sus fronteras? ¿Cuál su cometido?... Porque en lo deportivo, pues el

que más y el que menos sabe lo que es un centro-campista, pero en política.. ¿Quiénes están

concretamente en el centro?

¿Es centro Alianza Popular?... Pues, hombre, en relación con Fuerza Nueva, por ejemplo,

puede ser...

¿Y también es centro la Unión Democrática?... A lo mejor, si lo comparamos con el Frente

también democrático, pero de izquierdas, pues quién sabe... ¿Y el Partido Socialista Obrero

Español y el Socialista Popular y todos los demás grupos socialistas desplegados, son cen-

tro?... Pues ya es amolar, claro, porque si bien se mira a la derecha aliancista y a la izquierda

comunista, pues qué quiere usted que le diga...

¿Y el Partido Comunista?... Pues según proclaman los partidos no legalizados que se sitúan a

su izquierda, más centro no cabe...-

De lo que se desprende, salvo más sustanciosos análisis, que todos los partidos que figuran en

la tabla son el centro. Y a esta conclusión han llegado en mi pueblo. Todos somos centro, todos

estamos en el centro. Todos jugamos a centrocampistas. Mis gentes están. alborozadas por el

descubrimiento: «¡Asi da gusto, don Justo!»

Porque el Centro es, política y futbolísticamente, el puesto más socorrido. El Centro nunca

pierde. Nunca tiene culpa de nada. Si no se meten goles, la culpa es de los delanteros; si se

encajan goles, la culpa es de la defensa... Refunfuña el médico:

—¡Leche! Los políticos españoles son listos como conejos. ¡Todos son del centro!...

 

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