Peligroso triunfalismo     
 
 Ya.    09/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

9-VI-77

EDITORIAL

PELIGROSO TRIUNFALISMO

TODA campaña electoral exige un mínimum de triunfalismo por parte de los candidato! y

propagandista»: es la dosis de optimismo que se aplica a los indecisos, a aquellos que suelen optar, en la

duda, por el más fuerte.

FALTOS de experiencia en el campo electoral, los partidos espa-notes han acentuado, a nuestro juicio, la

dosis, hasta el punto de saturar al elector. Tenemos los españoles la sensación, acrecentada por algunos

supuestos sondeos, de que todos los partidos están en la recta final del triunfo, de que todos los electores

tenemos perfectamente definido eI voto y de que ese voto coincide con cada uno de ellos. Alguien,

lógicamente, está engañando o trata de engañarnos.

I O malo del triunfalismo, por otra parte, es la falta de concreción y hasta de incapacidad para abordar los

problemas a fondo y tratar de resolverlos. Los auténticos, los verdaderos problemas, siguen huérfanos de

soluciones programáticas. Mucho nos tememos que «sos pórfidos, llamados—es una hipótesis—al

Gobierno de forma inmediata, tendrían que volver a partir de cero y a replantearse los supuestos, con una

pérdida de tiempo imperdonable y con resultados muy dudosos por tardíos. Más aún, y aunque en la con-

fusión de la campaña no puedan percibirlo con exactitud, este vicio de vaguedades sigue condicionando el

voto del elector, que no acaba de ver con claridad el abanico de opciones.

JVJO digamos nada de aquellos partidos que para disfrazar su incapacidad de abordar los problemas

reales y concretos, los de cada día, los del ama de casa y los del padre de familia, los del niño sin escuela

o sin guardería, optan por los "grandes" problemas, los temas profundos que el pueblo llano considera

superados, y que, de hecho, lo están. Citemos a modo de ejemplo el de ia forma de Estado—monarquía o

república—, perfectamente resuelto y sancionado democráticamente en el pasado referéndum. Temas

como éste resbalan sobre la sensibilidad de los españoles, mucho más afectados por los verdaderos

problemas de cada dio, que están exigiendo una solución urgente. Tampoco basta con llamarse de-

mócrata. Eso está pasando. La democracia no es un fin, sino un medio, y cuando se consigue lo que hay

que plantearse son lo* fines, los auténticos problemas.

No quisiéramos omitir una suerte de triunfalismo que noi parece tanto o más peligrosa que las anteriores.

Que el presidente Suárez quiera mantenerse al margen de la campaña electora! nos puede parecer

humanamente un rasgo de elegancia que le honra, pero que olvide que el centro sociológico cuya

representación pretende encarnar le está exigiendo un poco de más de riesgo, se nos antoja peligroso. La

política tiene sus servidumbres, y no es la menor abdicar de su propio convencimiento para identificarse

con el de aquellos a los que, al menos teóricamente, se quiere representar. Cuando, como en el caso

español, quienes aspiran a representar la opción de centro han puesto en el presidente Suárez un buen pu-

ñado de esperanzas, creemos sinceramente que negarse a salir a la palestra resulta tan peligroso como

deformante de la realidad que pueda salir de las urnas.

DOR eso señalamos la necesidad de someterse un poco más al juego de la campaña y salvar el

riesgo de la decepción.

 

< Volver