¿A quien votar?     
 
 Diario 16.    10/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

¿A quién votar?

Se supoqjl que a lo largo de la campaña electoral iba a disminuir el ÉHmero de indecisos, pero todo

parece indicar que no ha sido KL Son muchos los hombres y mujeres "de la calle" que confi^Ei no saber

aún a quién votar, confirmando así los resul-tadfll de- los sondeos que reflejan un porcentaje de indecisos

su-pjBor al 50 por 100.

El diluvio de carteles, pasquines, panfletos, mítines e intervenciones en radio y televisión no han servido,

según parece, para aclarar las dudas del elector medio. Por el contrario, no son pocos los que aseguran

que su confusión ha aumentado. El tono moderado de todos los líderes (o aspirantes al liderazgo) que se

han asomado a la televisión, ha contrastado con el contenido de los programas electorales o con el

ambiente de algunos mítines mucho más radicalizados.

Ante este panorama, muchos electores se han sentido estafados, víctimas de ana fenomenal operación de

seducción que busca los votos a cambio de todas las seguridades. Los objetivos políticos propuestos por

los líderes de los partidos no pueden ser más razonables. ¿Cómo no compartir los buenos deseos

expresados por la derecha, la izquierda y el centro de frenar la inflación, acabar con el paro, proteger a los

minusválidos o mejorar la calidad de vida? Pero al escamado ciudadano español, despolitizado a la fuerza

por él franquismo, tanta coincidencia y tanta sensatez le parecen sospechosas y se pregunta cómo van a

lograrse tantas delicias.

Por todo esto no es extraño que muchos estén tentados por la abstención. Ningún partido les convence

porque el torneo de ambigüedades y lugares comunes en que ha venido a parar la campaña ha apagado el

entusiasmo y la expectación que esta primera gran fiesta electoral había suscitado. La indiferencia es una

de las características de esta breve campaña qué se pensó iba a constituir un magno carnaval democrático.

Los marathones de los líderes políticos, Convertidos en aspirantes al récord de tragamillas, han ratificado

el convencimiento de los previamente convencidos, pero no han aclarado la confusión de los indecisos

El elector español, bisoño en estas lides, no sabe todavía que votar por un partido no significa una

adhesión entusiasta a todo lo que representa y propone, actitud más propia del militante. El elector debe

considerar su voto como una contribución a la consolidación de la democracia, como un aporte a la

estabilidad política y desde ese punto de vista, lo bueno será que no haya ganadores absolutos y que en el

Parlamento estén debidamente presentes y equilibradas todas las tendencias importantes. Por eso si el

elector no vota al partido que más le atrae, porque ninguno le atrae suficientemente, debe inclinarse por el

que menos le disguste. Todo voto democrático es provisional, no supone un compromiso indisoluble, está

sometido a control ulterior y puede ser ratificado o modificado en elecciones posteriores. Sólo votar a los

que no tienen probado su carácter democrático (porque hasta ayer mismo perseguían, por ejemplo, a los

demócratas) puede ser un trágico viaje de irás y no volverás.

 

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