Autor: Martínez Reverte, Javier. 
 Elecciones 77. La campaña electoral. 
 Se gana la libertad pueblo a pueblo     
 
 Pueblo.    10/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

ELECCIONES 77

La campaña electoral se gana la libertad pueblo a pueblo

Mítines en las escuelas, campos de fútbol, plazas de toros, cines y teatros de toda España

Los partidos contratan gitanos y parados para pegar sus carteles de propaganda

Como lina mancha de aceite, la politización va estendiéndose de una punta a otra del país. Realmente, la

campaña electoral en. sí misma constituye ya un verdadero proceso democratizador. Los partidos han

sacado sus banderas en todos los pueblos donde han podido llegar; los candidatos congregan a los

campesinos en las escuelas de los pueblos, acuden a las minas a exponer sus programas a los hombres de

los pozos, inundan de octavillas y carteles todos los rincones de un país que va naciendo a la libertad con

ojos de asombro. Mítines en los cines, en los teatros, en los patios de las escuelas, en iglesias´ y con-

ventos, en campos de fútbol, en las plazas de toros... Tras cuarenta años de pan y circo, hoy no hay

espectáculo en el país como la política. El voto parece una anécdota al lado de esta inmensa fiesta de la

libertad que está segando palmo a palmo el miedo acumulado durante largos años de silencio.

Campo de Criptana, tierra de Alonso de Quijano; molinos en la colina con las aspas rotas por el granizo y

el desuso. En la ancha explanada de la escuela municipal, un mitin comunista. Al - otro lado, en un cine,

mitin socialista. Más en el centro del pueblo, mitin de la U. C. D. Es sábado; no hay que labrar los

campos, y los habitantes de Campo de Criptana se reparten para escuchar a los- candidatos de su

preferencia.

En el mitin comunista, dos viejas campesinas lloran en silencio. «Aquí fusilaron a bastante gente después

de la guerra», me comenta un lugareño. «Ellas son viudas de socialistas. Van a todos los mítines de la

izquierda, y en todos lloran, sobre todo cuando suena "La Internacional". A pesar de todo, Campo de

Criptana ha guardado la tradición de ser pueblo de izquierdas»

Los .candidatos, de uno ü otro partido, hablan de los problemas de aquellas tierras Piden la extensión de

la Seguridad Social en todos los casos. Socialistas y comunistas, por su parte, reclaman una nueva política

de precios para el campo, la sindicación libre, la formación de cooperativas, el control campesino de las

Cajas de Ahorro Rural. «Ya está bien —clama un candidato— de que las Cajas utilicen el dinero de los

campesinos en beneficio de los caciques.»

Cacique es la palabra clave. El caciquismo ha jugado siempre en España un papel dominante en las elec-

ciones desde .el pasado siglo. No lejos de Campo de Criptana, también en la Mancha, se alza otro pueblo

de tradición cervantina: Carrión de Calatrava. Tres veces han intentado los candidatos socialistas y

comunistas celebrar mítines. Tres veces han fracasado. Los ocho o diez caciques del pueblo se plantan en

la puerta del local donde el acto está previsto, y ni un solo campesino se atreve a acudir y ser visto por el.

patrón. La amenaza es clara: e) despido. En algunos pueblos, los caciques han convocado a los peones en

un breve mitin despojado de retórica: ,«Ya sabéis: se vota a (y citan a un partido). Y el que vote otra cosa,

se queda sin trabajo.»

«Nuestra campaña —me dice José Ortega, número uno en la lista del P. C. E. por Ciudad Real— sé

basa, en primer término, en convencer a la gente de que el voto es secreto, que cada uno puede y debe

votar según su preferencia. Hay mucho miedo acumulado. Nosotros pedimos el voto para los partidos

democráticos, y explicamos que !a democracia significa luchar desde el Parlamento contra el paro, por la

Seguridad Social, por las cooperativas, contra los gmn-des latifundios y los intermediarios.»

«Al principio —me explica un líder socialista de Campo, de-Criptana— costaba mucho que la gente se

acércase a los mítines. Temían ser vistos. Ahora ya van viniendo más y más. Algunos se quedan todavía

en las inmediaciones, paseando con aire indiferente, mientras escuchan los altavoces.

RECONCILIACIÓN

A la noche, en un bar céntrico de Campo de Criptana, el candidato de la U. C. D. y el del P. C. E; se

encuentran casualmente. Se dan la. mano y se sientan a charlar un rato ante una jarra de vino fresco. Soy

testigo de la cordialidad del encuentro. «¿Cuántos mítines lleváis en la provincia», pregunta el

candidato del centro. «Unos treinta», responde él comunista. Bromea el del centro: «Nosotros somos más

señoritos; llevamos unos pocos menos.»

Sigue ´ el diálogo. «Para nosotros, lo importante es que se vaya realizando la reconciliación, la concordia

entre todos los españoles», dice el comunista «Eso ya va siendo una reali d a d». apostilla el del centro,

«La democracia es lo que importa. Y luego, que gane el mejor.» La despedida es también cordial.

Plaza de toros de Valdepeñas, domingo por la mañana. Un sol de justicia. Nuevo mitin. Seiscientas,

setecientas personas. -Cuesta que vengan a oírnos», dice un can. didato. Una, oradora que frisa los sesenta

años se dirige al público, que se concentra en el tendido de sombra. Lee una carta de una anónima

comunicante: «Me dirijo a -ustedes —dice la carta— para decirles que pienso votarles. Pero tengan en

cuenta que hay una campaña por ahí que dice que los comunistas van a cortar el cuello a los curas y a las

monjas en cuanto tengan el poder». La oradora se dirije al público: «¿Cómo vamos a cortar la cabeza a

nadie si durante estos años los curas y las monjas nos han prestado sus conventos y sus iglesias para

refugiarnos?» José Or t e g a toma luego la palabra: «Votad a los partidos democráticos. Ganad la libertad

con vuesto voto. La democracia es la seguridad de vuestra la familia la que .propone Alianza Popular, que

sólo quiere dar seguridad a unas pocas familias.» Mitin centrista a la misma hora, en un teatro o> Valde-

peñas. El público varia respecto a los actos socialistas o comunistas. Aquí vienen pequeños comerciantes,

propietarios de explotaciones medianas, funcionarios del Ayuntamiento, pequeños nú. cieos de

profesionales. A los mítines de la izquierda van los campesinos sin tierras.

«Votar el Centro es votar la democracia —pregona el candidato de la U. C. D.—. Es votar la continuidad

en paz de un´ progreso social y recuperar territorios- de libertad que habíamos perdido. Votad la concordia

entre los españoles.»

EL PARTO DE LA LIBERTAD

En Porzuna. también Ciudad Real, un grupo de Fuerza Nueva rodeó un Land-Ro-ver que llevaba

propaganda comunista. La Guardia Civil acudió en su d e f ensa, que pudieron finalmente, pegar sus

carteles en todas las paredes del pueblo.

En Chillón, siempre Ciudad Real, el P. S. P. prestó sus altavoces y sus micrófonos a un mitin del P. C. E.

En Membrilla, no muy lejos dé Puerto Lapice, la labor d» los partidos no acaba de prender. Allí, durante

unas pocas semanas, cuando la guerra, se fundó la República Libertaria de Membri-lla. El corazón

anarquista del pueblo se resiste a, tomar partido en tanto no´ lleguen los anarquistas, que aún no han

llegado. En ¡a Solana, los gitanos y los parados se ganan unas pesetas pegando carteles de cualquier

partido político, que quiera contratarles. Las tarifas varían: 4 pesetas paga el P. S. O. E. por cartel; 8 ó 7

pesetas, el centro; hasta 15 pesetas Alianza Popular.

Poco a p^cb, los pueblos van asomando a la democracia. Es un parto doloroso el de la libertad. En Quero,

provincia de Toledo, una banda de «ultras» no deja entrar candidatos. En Consuegra, la que dijo «no» en

el referéndum y luego resulto que había «pucherazo», ya los partidos han creado sus primeros núcleos

organizativos. Había unos doscientos militantes de partidos democráticos en toda la provincia de Ciudad

Real hace dos me. ses. Hoy, me aseguran,... pasan ya de tres mil.

Ese amanecer de libertad tiene sus problemas, claro. Un simpatizante de Alianza Popular, director de una

empresa, encerró a su mujer en casa para que no acudiese a un mitin democrático. Con cerca de sesenta

años, la mujer se escapó por la ventana y fue al mitin.

En San Carlos del Valle, el comunista Antonio, que pasó treinta años en la U. R. S. S., ha llenado la

fachada blanca de su casa con propaganda de su partido. A pocos metros, su vecino ha llenado la suya, de

propaganda de Alianza Popular. Antonio no va al casino,, de doíi´de le echaron en una disputa política en

el año 36. Su vecino da siempre un rodeo, para no pasar ante la puerta de Antonio.

Poco a poco, pueblo a pueblo, mitin tras mitin, la propia campaña electoral está rompiendo las últimas

amarras del silencio. Este pueblo empieza a ganar su derecho a la palabra, a ganar su derecho a no tener

miedo. «Ese es el interés común de todos los demócratas —me dice Ortega—, ganar la libertad, sea quien

sea el que se Ueve la mayoría del nuevo Parlamento. Derrotar el miedo y construir la recon c i 1 i a-ción.»

Texto y foto:

Favicr MARTÍNEZ REVERTE

 

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