Autor: Aparicio, Juan. 
   Banderas, emblemas y símbolos     
 
 Pueblo.    07/06/1967.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Un penibético en las Cortes

BANDERAS, EMBLEMAS Y SÍMBOLOS

Ningún procurador es tuerto, como Moisés Dayan, el promovido ministro de la Guerra de Israel, y, sin embargo, cualesquiera procuradores, que no identifico nominativamente, sin venda y con los ojos

inmunes gracias a Santa Lucía, se veían maniobreros y atacantes, como si la Comisión de Leyes

Fundamentales se hubiese convertido en un terreno asediado y centrifugo, donde, a semejanza de los hebreos frente al socialismo islámico, se hubiesen conchabado los «jibuzes» comunitarios y la plutocracia internacional. Pero no sólo se miraba a la Palestina invasora y a los árabes belicosos, sino que disponiendo de unos lentes bifocales, o tal vez con cuatro puntos de mira, también llegaban las imágenes del viaje de Franco en Tarragona, con ubicuidad popularisima por tierra, aire y mar, y las otras visiones del diálogo, simultáneo con la sesión parlamentaria, de ingleses y españoles, en torno a nuestro Peñón de Gibraltar, que ojalá no sea un coloquio de sordos.

El resultado de esos ingredientes coetáneos y dinámicos, en el ánimo de los procuradores, no fue repetir la frase del británico Churchill: «Sangre, sudor y lágrimas», sino la de «banderas, emblemas y símbolos», del Movimiento Nacional, amparadas por las leyes españolas y aprobadas telúrica y metafísicamente por la Comisión, ante la propuesta deliberadora y unánime de la ponencia. Aunque la jornada contuvo la indeleble nostalgia castrense, pues ya se sabe que la política es una manera de continuar la lidia y la lid por otros medios; empero, debe advertirse cierta fatiga en las posiciones tradicionales y un asiduo estímulo de ofensiva, machacona e insinuante, en cuantos combaten al denominado antipartido, que califican ya de monolítico, ya de caduco y exhausto.

Así, don Lucas María de Oriol constataba privadamente que cada día los procuradores se asemejaban más en proporciones asintóticas; así, don Luis Sánchez Agesta se presentó de refresco por la tarde para convenir que en el texto del dictamen el Movimiento híspido se estaba flexibilizando en la convergencia; así, el ponente don Licinio de la Fuente, al encararse con el par adó jico y tenacísimo doctor Balcells, le hizo notar que en el informe se había concedido la máxima beligerencia a la unidad y a la diversidad, para concertarse en una superación pacífica dentro de un Movimiento más habitable de vez en vez, aunque don Roberto Reyes adujo con acierto que la cédula de habitabilidad había sido otorgada por el referéndum del 14 de diciembre.

Entre la infatigable arremetida del señor Balcells y las intervenciones vespertinas sobre la concurrencia política, el legítimo contraste de pareceres y la pluralidad de opiniones, hubo una proposición de don José María Mendoza, sin opositores, para que la Organización Sindical, autónoma y representativa, pueda participar en la política de la nación a través del Movimiento, aprobándose que este derecho se incruste en un artículo 7.°, tercero; pero hubo, además, más que un debate, un desfile militar en el área de la oratoria, para añadir al yugo y las flechas emblemáticos e incorporados definitivamente al escudo de España, la cruz de Borgoña, insignia carismática, aparecida en monumentos románicos del siglo IX, reaparecida en la batalla del Salado, enseña de la Santa Hermandad, emblema de los legionarios y de las banderas de paracaidistas, según expuso con inimitable humor y elocuencia, patetismo y sabiduría, don José María Codón, burgalés más que burgués, simbiosis de familias republicanas, demócratas-sociales y carlistas.

Codón representa un huracán de erudición y gracejo para defender, junto a la bandera blanca con las aspas de San Andrés, de la comunión tradicionalista y los tercios de requetés, la bandera rojinegra del nacional-sindicalismo y del cura Merino, su paisano, el guerrillero. El procurador coruñés don Rafael Salgado, vieja guardia y jonsista, coopera al ensanchamiento emblemático para abarcar a los soldaditos «fandiños» y a los voluntarios bajo las trémulas banderas con las flechas yugadas y el aspa de Borgoña, cuyo símbolo heroico y mágico lleva bordado en el pecho el primer oficial provisional que alcanzó el generalato y asiste como procurador a las sesiones. La señorita Sedeño, manteniendo la apología de las banderas enhiestas, que se izaron y ondean todavía encima de los vítores de Tarragona y de la vida cotidiana en escuelas, albergues, campamentos y municipios, replicó al doctor Balcells, que había demandado una estadística de militantes, contestándole que una .manera de ser, esencial y permanente, auna a ana infinidad de personas desbordante» de la cabida estática de un fichero.

El procurador señor Bárcena alega otros razonamientos emocionales y advierte que para referirse a este artículo 3.º no existe ninguna jurisprudencia y que debe aprobarse su generosa reforma sin votación, por una aclamación de todos. Don Pastor Nieto le sigue y ayuda, ensanchando el ámbito de la cordialidad perenne a las estrofas de los himnos, entonados a coro y a porfía en todos los pueblos del trayecto de Franco, en todos los caminos y lugares de la Península. Le secunda el procurador Fagoaga, enlazando Montejurra y Montserrat con Valladolid y Villagarcía de Arosa y remachando esta corriente de unificación, que v lo tuvo unos obstáculos discursivos en el señor Oriol y en el señor Valero Bermejo, al solicitar que este patrimonio del Movimiento será defendido por la Jefatura Nacional, asistida por el Consejo Nacional, emanado de esta ley, la personificación viviente de la fundación histórica encarnada en Pilar Primo de Rivera, el actual duque de Primo de Rivera, con los mismos años vivaces que José Antonio en 1936 y Raimundo Fernández-Cuesta.

Fernández-Cuesta ha recibido millares de telegramas de los españoles que le confían el panegírico y defensa de los emblemas y banderas, amparados legalmente por el artículo 164 bis del Código Penal.

Miguel Primo de Rivera, en nombre de su estirpe y de las promociones del porvenir, con unas incomparables palabras alusivas en el pasado a su árbol genealógico, mutilado, heroicamente, en demasiadas ocasiones y con el acento de la juventud espiritual en su vocabulario, solicita que este debate no se alargue y que se reparta la fuerte y humana justicia distributiva a los símbolos perdurables y a las banderas que tremolan. Y don Roberto Reyes, antes de la unanimidad final en presencia del nuevo texto de los ponentes, recordó el valor de la simbología, que no puede condensarse en los slogans de ;Viva la peseta revalorizada! o ¡Viva el Plan de Desarrollo!, como el señor Hernández Navarro hubo de contabilizar la aportación de Tercios y Banderas honradas con colectivas laureadas de San Fernando y medallas militares, cuyo significado no se ha desvalorizado con el tiempo, ni soporta los perjuicios y reveses de la inflación.

Habría que releer el libro del reusense don José María Fontana acerca de los catalanes en la guerra de España, porque el relato de su gesta puede conexionarse con los testimonios de Hernández Navarro y puede referirse, asimismo, a la intervención inicial del rector Balcells y Gorina, quien insistió en su propósito de un esquema del Movimiento como federador de diversas asociaciones políticas, para impedir la abulia y la apatía general, e incompatible con la exasperación clandestina y subversiva de grupos radicalizados y con la politización desbordada en el interior de la Iglesia y de la Universidad, según este catedrático contradictorio y homeopático, que tanto menciona a su difunto padre, afinado a 1a Unión Patriótica primorriverista, cuanto apologiza a don Francisco Cambó, que, con el lema y título de su obra

«Por la concordia», se opuso a don Miguel Primo de Rivera, alentad_o por el camboismo al golpe anticonstitucional del 13 de septiembre, y luego abandonado para traer a Barcelona a los intelectuales madrileños encabezados por Azaña. Frente al todo o nada de los españoles castizos, al «totorresismo» denostado por Cambó a la par que por Balcells, don Mariano Navarro Rubio y don Luis Arellano, el primero con prudencia y el segundo con maximalismo, se han referido a la necesidad y vigencia de lo plural en la sociedad española organizada democráticamente, conjeturando Arellano que el Consejo Nacional habrá de cambiar la mentalidad de los españoles antes de que el Movimiento, culminada su labor, desanarezca v sucumba gloriosamente en aras de España. La concurrencia política, organizada y capilar desde la base, la presentan como privativa de un Movimiento imborrable, perfectivo y fecundo, don José María Mendoza y don Luis Valero Bermejo, y el siempre preciso señor Lamo dp Espinosa. El consejero nacional por Avila, don Emilio Romero, ofrece su opinión en contacto con la opinión pública, esperanzada en el aperfirismo de la Ley Orgánica del Estado y deseosa cíe aue desde la Cámara Renresentativa nueda formula»1*!»» una constante crítica v fontrol del Poder v de lo« nrocrramas do Gobierno. como npontpp.p ahora PTI las facultades de la Prensa y one sp extenderán con el reconocimiento ´´** J>* pluralidad política económica y social de los españoles.

El doctor Balcells habló por la mañana invocando a Juan Español y le contestaron otros procuradores PA« M rn!«mo Juan Español Pn ´" hnn>\. **•>- «-«nf-v h^b»1* «lllp •>oon«!p´™- •> -1-" T--------¡- "~— ""» «o atrpva a ´´pcir: «Juan Español tiene la palabra.»

7 de junio de 1967

PUEBLO

 

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