El gran salto ante el artículo 11     
 
 Pueblo.    08/06/1967.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Un penibético en las Cortes

EL GRAN SALTO ANTE EL ARTICUL0 11

Ha cuajado psíquicamente la relajadora distensión dentro de la atmósfera parlamentaria, aun tratándose de un articulo sobre el que han tamboriteado medio centenar de enmiendas de impugnación; pero cuyo redoble terco y resonante no ha sacado de su éxtasis a la Comisión y no ha sido impedido por la ponencia, puesto que más bien su presidente, en señal de armonía y estimulo, regaló a don Roberto Reyes un minúsculo tambor, para que el tamhorcito le recompensara de no haber podido parchear a su antojo el tambor del Bruch, tocándole a arrebato frente a don Santiago Udina. Cuando se ha desenvuelto el «blitz» de los judíos, el ambiente en las Cortes es emoliente y casi soporífero, escuchando los atosigados procuradores los hipnóticos discursos del señor Cotorruelo, del señor Rivas Guadilla, del señor Martínez de Bedoya, del señor marqués de la Encomienda, aunquo esta sarta de propósitos afines se iniciara por «I brinco de este gimnasta combatiente, llamado, sin equivocación por mi parte, don Pastor Nieto García; pero que fue conclusa hacia las nueve y media de la noche, por el penibetísimo profesor Sánchez Agesta, el que se ha pasado con armas y bagajes al terreno de los ponentes y a la compenetración con el Gobierno.

Enumerar y describir uno por uno este carrusel o esta noria de oradores en sus turnos reglamentarios fatigaría al lector, como ha sumido en la beatitud a una comisión concordante, que no se sobresalta porque don Pastor le conjure a no triturar la ley reduciendo el derecho de los españoles para elegir a los consejeros nacionales. Como don Pastor, muchísimos procuradores idóneos del Movimiento Nacional-Sindicalista o de la estricta y anchurosa Organización Sindical se han emulado para convencer que es nocivo el proyecto gubernamental y el informe de la ponencia, cerrando, antes de abrirlo, el orgánico aperturismp democrático y prefiriendo a que las Diputaciones Provinciales destaquen sus compromisarios de segundo grado, a las delegaciones representativas de las asociaciones específicas, profesionales y familiares, de los círculos con pluralismo de criterios, de los antiguos combatientes y ex cautivos, de los encuadrados en el Frente de Juventudes y que todavía conservan la juventud anímica y biológica.

Esta reiteración, principiada por el señor Mendoza, la continuaron el señor Bonilla, don Antón Riestra, el señor Gías Jové, don José Maria Gutiérrez del Castillo, el señor García Valdés, la señorita Sedeño y Loring, los sindicalistas Megolla y Dadín, el señor Hernández Navarro y don Pablo Arredondo, quienes, en general, abogaron porque lío se retrocediera, mermando la amplitud electoral de 1964, que concedió el sufragio activo y condujo a las urnas a todos los afiliados del Movimiento, eligiéndose así por La estructura política de las provincias cincuenta consejeros del Consejo Nacional que finiquita. Los consejos locales y provinciales, reorganizados y porosos, les ofrecen una plataforma, que debería completarse con compromisarios de las entidades asociativas en el plexo del Movimiento y con los emisarios del sindicalismo, aceptándose la intervención municipal, donde convergen las familias, los Sindicatos y las sociedades culturales y recreativas, oponiéndose más reparos a la injerencia de las Diputaciones Provinciales, re vitalizadas, como si persistiesen los burgos podridos y se desconociera la resurrección de los pueblos, a pesar de la emigración, modernizados por el desarrollo y la técnica.

Antes de que se defienda la ponencia, reflexione y digiera los razonamientos adversos, para lo ijue ha pedido tiempo y solaz durante la mañana de] jueves. le han favorecido los elogios y confianza de don Diego Salas Pombo, el apoyo de don Antonio Rens, la disertación de Herrero Tejedor y el capote de don Luis Sánchez Agesta. El fiscal del Tribunal Supremo esgrime nuestro orden constitucional y el punto octavo de los Principios Fundamentales, regulándose la participación pública de la vida española de un modo taxativo, a través de entidades naturales o de origen legal.

El catedrático de Derecho Político Sánchez Agesta produjo la fórmula de aproximación a los ponentes y al Gobierno, proponiendo que por una única vez se apruebe el cauce proyectado, pero que en una disposición transitoria se esboce un comienzo de apertura, brindando a los españoles su inscripción en un censo de votantes, previamente crismados por su adhesión expresada a los principios fundamentales, que se Improvisaría en un plazo brevísimo, consiguiéndose un equilibrio entre el Movimiento y la democracia. Según su opinión, el Consejo Nacional es una Cámara «sui generis» para la protección y promoción de los españoles, sin recurrir a la herrumbre de una Cámara senatorial ni al figurín de una Cámara rabiosamente política.

Los máximos oponentes, con un sonsonete o con una virtualidad conceptual y verbal, cuales los consejeros nacionales don Diego Sevilla Andrés y don Emilio Romero, fueron el susodicho marqués de la Encomienda, el locuaz señor Cotorruelo, el apaciguado señor Udina y el ampuloso don Javier Martínez de Bedoya, junto al impávido don Lucas María de Oriol, alaveses ambos, que nos ha descubierto que en su Valle de Ayala, donde desempeña una concejalía, conviven blancos, amarillos y negros. Aunque también don Antonio Correa y don José Redondo manejaron cifras y porcentajes para mostrar la desproporción en el número de compromisarios que se proponen, emanados de las urbes o de tas aldeas rurales; sin embargo, quien martilleó la paciencia imaginativa de la Comisión con guarismos espectaculares, comparando los electores de 1964 en Valencia o en Albaida y los que votarían en 1967, colosalmente inferiores en número y representación, fue don Diego Sevilla, quien solicitó el voto directo y secreto, de igual manera que en el referéndum del 14 de diciembre, de todos los españoles mayores de veintiún años.

Coincidente con don Diego es don Emilio Romero, que habla sostenido una intervención mañanera con réplicas referidas a don Jesús Fueyo, y que se las mantuvo tiesas, como su gallito peculiar, frente al profesor, oponiéndole que no se debe oscurecer la política ni tecnificar demasiado un proyecto de ley, dándose, por lo contrario, paso libre al pluralismo político existente en la sociedad para que las Cámaras representativas puedan criticar diariamente la política cotidiana del Poder en sus aspectos socioeconómicos, culturales y exteriores, sin que la Prensa ejerza ese monopolio de control, bastante relativo, ya que está enfeudada a los grupos de presión y a las grandes familias minoritarias; don Emilio se lanzó, asimismo, por la tarde, a quitarle a la ponencia sus escrúpulos, y a la oposición, aparentemente liberal y en el fondo retrógrada, sus bazas de juego.

Porque no basta el eje de marcha enmarcado por la prudencia de los ponentes, pues, aunque la eficacia ha de tener sus servidores, la libertad tiene sus partidarios, entre los que se encuentra el portavoz de las opiniones dispares que es Emilio Romero, augurante de que cuando se apruebe este articulo 11, tan controvertido en medio del sopor, la Comisión de Leyes Fundamentales, por la boca de la ponencia, exhalará un suspiro de alivio y podrá entregarse a su digestión legal, salvo el triquitraque postrero, que acaso prepare el asturiano y pirotécnico don Jorge Vigón. Pero no hay que ser tan meticulosos y prevenidos, reduciendo el cuerpo electoral, cuyos compromisarios van a ser en Avila unos seiscientos, mientras que hubo más de cinco mil votantes en 1964, puesto que la mecánica ideológica de los primeros artículos aprobados de esta ley indica una amplísima apertura, para sacar al Movimiento de un «gheto» y embarcar a la totalidad de los españoles en un compromiso dinámico ante el mundo circundante y acuciante.

Para tal empresa se necesita un salto olímpico, el salto del nuestro conquistador en América, el gran salto metafórico aludido por el profesor Fueyo, cuya disertación ante un rector Balcells ausente consumió el primer pedazo de la mañana, con citas a otro opúsculo de Cambó, contrario al parlamentarismo e inserto en su libro sobre las dictaduras. Fueyo conoce como nadie la esencia parlamentaria inglesa y el secreto revelado de la oposición a Su Majestad británica, como el señor Díaz Llanos es ducho y redicho en los meandros del Reglamento de las Cortes y casi siempre se sale con la suya. Sin embargo, el que ozonopina y corrige las pesadeces, pedanterías y envaramientos, pecados veniales de la Comisión, es el procurador don José María Codón, con sus intervenciones extraordinarias y extemporáneas, que después han de relatarse por ciudades, tertulias y villorrios, Yo no los recojo aquí, puesto que las agencias de Prensa las habrán transmitido y se harán inmortales sus aleluyas, paradigmas y palabras de este abogado del individuo, entre tantísimos abogados del Estado, quien antes de tomar el Talgo hacia Burgos y dejar el «ter» del artículo 8.º respondió a la interrogación general: ¿Después del Generalísimo Franco?, con la triple redundancia generalizada de «Franco, Franco, Franco», o sea, la continuación de su obra.

8 de junio de 1967

PUEBLO

 

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