Participar     
 
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PARTICIPAR

El coloquio sobre la participación política celebrado en la Asociación Nacional para el Estudio de los

Problemas Actuales presenta dos temas principales de comentario: uno, la participación; otro, las Cortes

como medio de participación. Se ocuparon de ellos, de modo destacado, los señores Sánchez Agesta y

Serrats y Urquiza, respectivamente. Dejando para otro comentario el segundo de dichos temas, nos

ocuparemos del primero.

Hay que partir del hecho de que la sociedad española, como toda sociedad desarrollada, necesita una

fórmula de participación. "Participar no es tanto gobernar—explicó el señor Sánchez Agesta— como ser

tenido en cuenta en el proceso de formación de decisiones." La participación es, añadimos, un derecho a

cuyo reconocimiento ha urgido constantemente el magisterio pontificio. Últimamente, la "Octogésima

adveniens" se ha referido a la "participación en la elaboración de las decisiones, en su elección misma y

en su puesta en práctica", añadiendo que "el grado de participación y de responsabilidad son no menos

significativos e importantes para el porvenir de la sociedad que la cantidad y la variedad de los bienes

producidos y consumidos". La participación podrá no ser ejercitable plenamente en sociedades poco

desarrolladas; evidentemente, la nuestra no es de esas. Tiene, pues, el derecho y la posibilidad de

participar. La participación no sólo es un derecho de la sociedad y un deber de los Gobiernos, sino una

conveniencia para éstos.

La participación, para que sea auténtica, ha de partir del pluralismo. Nuestra sociedad es una sociedad

plural; éste es "un hecho que está ahí y que no se puede desconocer". Salta a la vista; no hay más que salir

a la calle. Hablar de unanimidad social en ese sentido es cerrar los ojos a la realidad. Sí que hay

prácticamente unanimidad, en cambio, en el deseo de paz, de evolución ordenada, en la aceptación de

unos principios para esa evolución, que pueden estar muy bien entre los de la legalidad presente; esto nos

parece suficiente; ¡qué decimos suficiente!, nos parece mucho, si tenemos en cuenta que no lo tuvimos

hasta ahora en nuestra historia.

Las llamadas "tendencias" no son más que manifestaciones de ese pluralismo al que acabamos de

referirnos; manifestaciones informes, no organizadas ni articuladas, de intereses, necesidades y creencias.

Pero, por eso, decir que no puede haber asociaciones, pero sí tendencias, nos parece que es relacionar dos

conceptos muy diferentes: las asociaciones han sido una propuesta—nacida en las mismas entrañas del

régimen—de solución para dar expresión a esas tendencias, sin que se pudiese convertir en partidos,

puesto que habrían nacido dentro ya de unos Principios, encajadas en una organización y con unas

limitaciones funcionales muy precisas. ¿Debemos considerar que esa fórmula ha sido archivada, que es

sólo el primer capítulo de la historia de la participación, como dijo en el coloquio don Francisco de la

Caballería? Pues por nosotros se pueden archivar, pero sin perder de vista que otra forma de articular el

pluralismo de las tendencias será indispensable. Si no, el problema seguirá sin resolver, pero

enconándose. Y cada día será más grave, con vistas al futuro inmediato.

Las formas de expresión del pluralismo (aunque hasta ahora ninguna ha sido propuesta) no tratan de

dividir, sino, al contrario, se trata de "simplificar y sintetizar lo que en sí es vario. No se trata de hacer una

sociedad pluralista, sino de acomodar a esa sociedad pluralista instituciones que simplifiquen y resuelvan

la pluralidad en la unidad". De todo lo que ha dicho el profesor Sánchez Agesta, esto nos parece lo más

importante porque pone al desnudo la equivocación de los que han denunciado el asociacionismo como

una cuña que separa, cuando su finalidad era la opuesta, unir lo plural como se puede únicamente unir: no

en su totalidad y desde abajo, sino en lo fundamental y por arriba.

¿Es esto posible dentro de nuestra Constitución? Se afirmó en el coloquio; lo hemos defendido

reiteradamente nosotros. Pensamos que el problema está legalmente resuelto; que sólo falta llevarlo a la

práctica; que se iba resueltamente a ello cuando sin motivo se dio marcha atrás, y que, por consiguiente,

no sería necesario más que volver a reanudar el avance allí donde se detuvo.

 

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