Autor: Aparicio, Juan. 
   Los adioses     
 
 Pueblo.    15/06/1967.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Un penibético en las Cortes

LOS ADIOSES

«Secundum Lucas», el marqués de Casa-Oriol, primogénito de los Orioles, cuando el segundón finalizaba sus arengas evangélicas y comparaba a España con una minoría inasequible al desaliento, dentro del guirigay universal, se levantó para referirnos su biografía política como música de fondo de su vida de dirigente de empresas industriales, de ejecutivo de riquezas y bienestares, que acatarán la Ley Orgánica del Movimiento y su Consejo Nacional, al aprobarse plenariamente en la* Cortes, aunque su discrepancia haya sido total y absoluta con el proyecto del Gobierno y se le hubiera ocurrido la comezón de que las banderas y símbolos del Movimiento se asilasen en el Valle de los Caídos, creándose otro Movimiento espontáneo, sin la urdimbre legal de los decretos.

Según pronosticó el penibético, don Jorge Vigón no quiso dejar pasar los postreros minutos de la reunión de los procuradores en la Comisión de Leyes Fúndamentales, rompiendo su mutismo aislante y desdeñoso, antes de convertirse en ponente de la ley del Consejo del Reino, sin arrojar no una traca detonante, ni siquiera un triquitraque sonoro, sino el parto minúsculo de sus montañas astures, en vez de la flecha del parto que se esperaba, ingeniosidades de don Jorge, cerebro caustico e independiente, cuya horma la tuvo en la frase del procurador Puig y Maestro-Amado al recalcar que aquella primera disposición final redactada bajo la fórmula ritualista: «La presente ley entrará en vigor, etc.» debiera rehacerse de este modo más explícito: «La ley entrará en Vigón, etcétera», puesto que le había opuesto incompatibilidades y fricciones con la Ley Orgánica del Estado, aun cuando don Jorge Vigón, también, retiró su enmienda, conformándose, mientras su mano derecha se escondía en el bolsillo de la americana, con la generosidad que piden los exiliados drt- Poder.

La última sesión, entrecortada por las largas pausas, por los discursos patrióticos; sin embargo, fue una manifestación palpable y vital de convivencia, ya que el parlamentarismo, si no termina a tiros, como en algunas Cámaras meridionales e hispanoamericanas, es un crisol y un matraz donde se suavizan los esquína-m ¡entos de los hombres, coexistentes y armonizados. El miniparlamento de la Comisión, al cabo de casi mes y medio de confrontaciones diarias, había destilado una simpatía común, salvo en los ínsolidarios que se expatriaron en seguida, porque no les sacaban las castañas a su gusto del fuego. Los restantes y unánimes señores, pese a sus disentimientos aparenciales, estuvieron hasta el desenlace feliz y la despedida, como don Fermín Sanz Orrio, paladín pamplónica de la representatividad y autonomía de las organizaciones y servicios del Movimiento, cuya filosofía no debe convertirse en una academia de baile con varios movimientos simultáneos, para que no estén demasiado mediatizados por la Secretaría General y pendientes de Madrid, ya que el Movimiento no es una entidad, sino una constelación de entidades con patrimonio y vigencia autónoma, gracias a lo que perdurará años y siglos.

O como don Raimundo Fernández-Cuesta, quien hubo de alzar la historia evolutiva y desinteresada del Nacional-Sindicalismo, ante la postura de don José María Oriol, simbólicamente lacrimeante o sudoroso, según las versiones, con lágrimas de llanto tradicionalista, o con gotas de sangre de sus poros y de amargura, desde sus labios conmovidos. Raimundo no pudo admitir esta romántica postura, sin solidez en la política, y le satisfizo que el marqués de Casa-Oriol aceptara, no obstante sus disparidades, la ley con el dictamen aprobado, institucionalizadora del Movimiento acaudillado por Francisco Franco. O como don Roberto Reyes, compenetradísimo con Raimundo y con los otros enmendantes del día, que han solicitado robustez, exenciones tributarias y base popular para las instituciones vigorizadas y coherentes.

O como don Emilio Romero, interviniendo por la mañana y por la tarde en su redoblada demanda de que entre el aparato de la Secretaría General del Movimiento y su Consejo Nacional orientador se evite el riesgo de que la maquinaria burocrática pueda funcionar cual una campana neumática en el vacio, cual un instrumento tecnocrático y absorbente, alejándose ese peligro y neutralizándolo sí los consejeros nacionales, en contacto con el pueblo, ejercieran la jefatura de todas las organizaciones y servicios.

También Romero insistió, posteriormente, sobre su duda, de acuerdo con la voz de 1» calle, de que los factores representativos de la ley sean suficientes como plataforma para ascender al vértice de una pirámide democrática, a cuya cúspide, si no se remedia mediante la amplitud de los Consejos locales y provinciales, faltará una sabia y confianza populares. O cómo don Carlos Pinilla, que nos abruma con sus gentilezas a los periodistas, nos explica el tercio de quites mutuos con que se han despachado algunos oradores, con capacidades intelectuales y financieras, salvando la faena de don José María Oriol, y nos ha devuelto el optimismo cotidiano y rutinario, tras haber asistido en la Comisión a la aprobación consecutiva de tres proyectos de ley cargados de dinamita política, pero que han de ser beneficiosos al país, conforme en que los legisladores na le estropean cuanto él mismo, a las órdenes de Franco, en conjunción y coyuntura armoniosas, lograron durante treinta años.

O como el ponente don José Luis Zamanillo, interviniendo en esta vigésimoquinta sesión de las Leyes Fundamentales y en la jornada de los silenciosos, para aclararnos con una oratoria rotunda, en la que se transparente, el eco elocuente de su correligionario don Esteban de Bilbao, cuáles fueron los objetivos del tradicionalismo en el 18 de julio, y como ninguna boca carlista segregara goterones de acíbar y rezongos de reprobación ante una ley y una esperanza unitarias. El penibético opina que el requeté no fue un subproducto de la ciudad alegre y confiada, en la interpretación clasista de don José María Oriol, sino un retoño agrario y antiquísimo de los españoles rurales, antagonistas de la incipiente industrialización y el liberalismo importado del siglo XIX.

La ponencia se mantuvo en su posición inflexible y cortés, pues por algo está compuesta por el fiel extremeño don Juan Sánchez Cortés, abogado no sólo del Estado y maestro de casi todas sus promociones, sino de sus compañeros, miembros de la comisión y enmendantes. Para todos tuvo un primor y una alabanza, así como don Licinio de la Fuente y don Vicente Mortes, con un reparto de facultades y gentilezas, aceptaron la enmienda que concedía a Ceuta y Melilla sendos consejeros nacionales, y también al Sahara y a Guinea, de acuerdo con el proceso electoral adaptado a sus particulares regímenes.

Don Licinio añadió a la tercera disposición transitoria el párrafo requerido de la representatividad a la nueva estructura de los consejos locales y provinciales, con el tin de obtener la participación orgánica de la totalidad de los españoles afines con un Movimiento firme y ampliado.

Don Licinio se encara con los años nuevos y con la gente nueva, y confiesa que en la ancha, auténtica y congruente participación de España en los cauces orgánicos se ha inspirado en Fernández-Cuesta, en Emilio Romero, en Teresa Loring y en Así Garrote, dispuesto a cambiar su apellido en esta jornada de adioses y de cabalas dichosas, no solamente electorales e inmediatas, sino para un porvenir más futuro. El penibético, que también se despide de sus lectores después de haber escrito veintiocho crónicas parlamentarias, que han llegado hasta un congreso de harineros en Viena en las manos portuguesas que las mostraron al procurador Conde lia mires, en estas postrimerías enternecedoras, echa de menos a la excluida doña Lola Aguado, y a don Torcuato Luca de Tena, el excluyente, sus colegas de procuraduría y periodismo.

El penibético, como cualquier ser humano, se había acomodado a su escaño y comprendido la conducta pública de los partidarios y adversarios de la ley, que, sin embargo, ha servido para acercar a los contendientes. Los reproches de don Jorge Vigón se transforman en elogios confidenciales de la capacidad mental y soltura verbal de muchos procuradores, que no cito para no engreírlos, pero que merecerán avances y premios en su carrera de los honores y de los cargos públicos. Don Luis Sánchez Agesta me atrevería a decir que es un colaboracionista como coopera en el Ayuntamiento, y don Santiago Udina. en el Ministerio de Obras Públicas, y el señor Cotorruelo, en el Plan de Desarrollo, al lado del señor Mortes.

Los adioses son un poco cursis, anacrónicos, melodramáticos y ferroviarios, cuando partir era casi morir y en los andenes de las estaciones tenían lugar estas agonías sentimentales. En la época ubicua de los reactores, los adioses pierden su valor irremediable y representan más bien su invocación religiosa, como nuestro ojalá mahometano, y significan un hasta pronto, hasta la vista. Pero el penibético lia de volver a su Penibética, ya que Sierra Nevada no ha venido a las Cortes, que empiezan a refrigerarse por el aire acondicionado y por las bebidas congeladas del bar, servidas por el gallego Rúa desde mayo de 1934. El Mulhacem y el Veleta se perfilan en mi horizonte alpujarreno y allí retorno para ver la expansión de tres Leyes Fundamentales, bajo los picachos y encima de los valles, cargados dn fruta para Europa.

15 de junio de 1967

PUEBLO

 

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