Izquierda, oposición y Estatuto del Movimiento     
 
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Izquierda, oposición y Estatuto del Movimiento

Va a ser muy difícil, en el futuro, que el texto del Esta tato Orgánico del Movimiento Nacional, tal y como h: quedado aprobado, pueda desligarse del todo del contexto polémico en que se ha producido dicha norma. Desde el mismo instante en que se hizo pública la primera redacción del anteproyecto hemos reiter do nuestras reservas ante algunos aspectos concretos, pero muy significativos, del Estatuto.

Si repetimos ahora que ej texto de. finitiro tampoco nos satisface plena, mente no hacemos sino ser consecuentes con nuestra postura. Si el Est tuto, tal y como pedía el señor Bailarín, "ha de ser un puente hacia el mañana"; será preciso que salte con mayor decisión hacia el tiempo nuevo y que se desprenda de un excesivo Epego a las orillas de la historia pasada.

Las propias imperfecciones del Estatuto, por lo demás, han quedado per. fectamente concretadas en el propio seno del Consejo Nacional. Sus lagunas, en el terreno ideológica han sido plasmadas en textos vibrantes y lúcidos de los consejeros señores Labadie y Ballarín. El primero, invocando la necesidad de que exista una oposición legal colaborante, que contraste de manera ?ctiva las decisiones y medidas de gobierno. £1 segundo, al insistir una vez más en la necesidad de abrir un cauce para la participación y expresión pública de las ideas de la izquierda ampliando así la base de sustentación ideológica, de centro derecha, de los sectores participantes en la política española.

Ninguna de estas dos ideas está recogida, ni siguiera insinuada en el Estatuto. Sin embargo, todas las posibilidades de futuro de la norma aprobada ayer dependen de que el realismo y la prudencia del Consejo Nacional permitan que en el Movimiento queden integradas las corrientes de izquierda y legitima la actitud crítica.

Las asociaciones politicas, gran novedad del Estatuto, tienen que ser un efectivo instrumento de contraste o no serán nada, pero para ello, en el terreno de los principios, hay que admitir hasta sus últims consecuencias el hecho de que no puede existir unidad de disciplina ni unidad de criterio, ni tan siquiera unidad táctica.

La sociedad pluralista tiene que encauzarse a tr´vés de un pluríverso asociativo proyectado hacia formas dialogantes y contrapuestas de entendimiento de los problemas políticos de España. Y los gobernantes tienen que admitir que sus discrepantes no queden a extramuros del sistema sino legitimados por el carácter integrador y participante del propio sistema.

Sólo en la medida en que el Estatuto pueda modificar las estru:tur"s men-tales de la clase dirigente, y no sólo sus planteamientos coyuntnrales u oportunistas, será poáble que la nueva norma arraigue en supuestos prácticos de convivencia y de ejercicio de los derechos concretos, reconocidos ahora de manera abstracta y general.

El futuro no está aún garantizado. Sigue haciéndose con el trabajo de cada día. Por ello es preciso insistir en la necesidad de seguir revisando constantemente la leg lidad hasta adaptarla por entero a la realidad.

 

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