Autor: Cisneros Laborda, Gabriel Fernando. 
   Asociaciones políticas, sí     
 
 Pueblo.    16/11/1968.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

El tiempo político

Asociaciones políticas, sí

CREO honradamente que hay motivos para las exclamaciones. Ayer se dio un paso importante en el proceso de democratización de la vida española. Por supuesto, un paso no definitivo. Pero sí un correcto punto de partida para, desde él, continuar ensayando con honesta contumacia la consecución de objetivos más resueltamente abiertos, menos cautelosos cada vez; más capaces de sustentar la heterogénea pluralidad de la sociedad española, ante la que el Consejo Nacional del Movimiento no tenía sino dos alternativas: reconocer y dar cauce o ignorar. Bien entendido que de adoptar la segunda de las opciones, no por ello la vida del país hubiera dejado de ser menos diversa y plural de lo que ya lo es y habrá de serlo en lo sucesivo. Lejos de ello, si el Consejo Nacional hubiera tomado el camino de la cerrazón, en el propio pecado hubiera llevado la penitencia de caer en el más desolado vacio, en el silencio espantoso dr las fantasmagorías. O el Movimiento reconocía sin ambages las asociaciones políticas, instrumentación concreta de ese contraste de pareceres constitucionalmente prescrito, o se abocaba a la «leucemia política»—en expresión de Jesús Fueyo—; «se cerraba el camino a la imaginación» —Antonio Chozas—; «se obstaculizaba la consecución de ese espíritu de conciliación preciso para la ordenación de la nueva convivencia española» —Sánchez Cortés—; «se ratificaba la validez de la distinción orteguiana en la España oficial y la vital, dejando sin respuesta jurídica el pluralismo político que está en la calle»—Emilio Romero—... Las intervenciones de estos consejeros orientaron una sesión dit´ícil y comprometida hacia rumbos esperanzado-ramente democráticos. Unos rumbos que tuvieron su navegante más decidido en la persona de Francisco Labadíe. Es posible que Labadíe no arranque de este Estatuto todo lo que él—y con él millones de españoles, cuyas voces quizá no tengan en el noble caserón del Senado todo el eco que debieran —pretende; puede, sin embargo, tranquilizarle la convicción de que, sin sus demandas, acaso e] Estatuto no hubiera tenido el alentador perfil que va tomando. Pedir mil continúa siendo una buena estrategia operativa para conseguir quinientos. Junto a la de Labadíe, son también de justicia las menciones separadas de Fueyo y de Sánchez Cortés. El primero, porque su reposada intervención tuvo la rara virtud do propiciar decisivamente lf solución progresista, aplacando al mismo tiempo los temores de los recelosos; el segundo, porque fue el único que, al argumentar en defensa de las asociaciones políticas, cargó el acento en la reflexión de que el asociarse los nombres que piensan de la misma manera no es sólo una necesidad política, una oportuna conveniencia de cara a la evolución democrática del sistema, sino

— antes y por encima de ello —un derecho natural que e] Estado puede reglamentar pero no negar.

DE la lectura de esta antología urgente no debe desprenderse la conclusión de que el debate fue sereno y la consecución de las asociaciones fácil y llana. No; también hubo cautelas excesivas, desmediuos recelos, irrefrenables nostalgias. También se incurrió en el olvido de que pluralidad no significa disgregación; de que temer a la realidad es el camino más certero para divorciarse de ella; de que no se puede creer en la vitalidad de unas ideas bajo palabra de honor, sino en virtud de las pruebas que nos proporcione su exposición a la intemperie. También hubo esas pequeñas suspicacias patrimoniales que hemos denunciado muchas veces. Los falangistas — con tanta obra importante a sus espaldas — debieran de una vez para siempre hacer suya la reflexión de que el mejor destino de- las semillas es dar fruto. No sé qué mejor destino puede tener un cuerpo doctrinal que el de convertirse en una constitución.

EL cronista deja ahora paso al comentarista. Insisto en mis reflexiones iniciales. Lo conquistado ayer es un valioso punto de partida. Sería tan descabellado minusvalorarlo como abrir la espita del triunfalismo.

Quedan pendientes de sustanciación cuestiones tan capitales como la de la participación electoral de las asociaciones. Lo que se impone ahora es comprometerse para que la permisión legal conquistada ayer despliegue toda la fecundidad que lleve dentro. Ha ta extenuarla. La democracia —diría Clemenceau—es la peor de las formas de Gobierno, hecha excepción de todas las demás. Haciendo nuestra la reflexión, sigamos empujando.

Gabriel CISNEROS

 

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